Sin remedioApril 27, 2008 9:45 am

Tengo un grave problema epistolar: no respondo los emails de la gente que me escribe. Lo siento. Quisiera responder, pero no lo hago porque no sé qué decir a lo que me cuentan… lo que no significa que no me interese, ya que muchas veces soy yo misma la que pide que me expliquen cosas.

Me gustaría que nadie se enfadara por ésto. Ya sé que es una práctica un tanto extraña, lo que pasa es que me siento incapaz de funcionar de otra manera. Fulano, ¿qué tal te fue ayer en tu primera clase de cocina?, pregunto, y cuando fulano me escribe y me responde con todo tipo de detalles, yo simplemente no vuelvo a referirme al asunto. Supongo, entonces, que fulano se cuestiona si es que no me llegó su respuesta, o si es que soy imbécil.

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Sin remedioApril 25, 2008 11:24 am

Mi casa es el más hermoso lugar del mundo. El lugar donde la luz del día entra a raudales por las ventanas, donde suena la música que más me gusta, donde conviven en armonía mis geranios, mi gato y mis muñecas, donde nadie viene a molestar a ninguna hora, donde los vendedores de líneas adsl son despachados con insultos poco graves y se convierten en la máxima anécdota de la semana.

Mi casa es el paraíso donde poder volverse niño o chiflado o las dos cosas al mismo tiempo, y nadie va a reconvenirte ni a decirte que haces mal. En mi casa se puede llorar por las noches con la mayor libertad y la menor culpa, porque ninguno de sus habitantes va a asustarse ya de las lágrimas ni del dolor ni de la desesperación.

A mi casa la separan muchos metros del suelo de la calle.

Mi casa es un castillo de cristal, una jaula blanca para aves exóticas en el último confín de un espeso bosque, al que nadie se asoma a mirar. Mi casa es el lugar donde envejezco sin ningún alboroto y donde el calendario que cuelga de la pared sigue siendo el de 2005, simplemente porque es bonito.

No le debo horas al tiempo, ni obediencia al orden ni sonrisas a la vida.

Me gusta mi casa. Me gusta de la misma forma incondicional con la que se ama a los padres cuando se tienen cuatro años y el mundo es nada.

Sin remedioMarch 20, 2008 7:55 pm

Odio los bailes de salón. Me da igual que quien los practique lo haga bien: es un estilo horrible. La música que los acompaña es igualmente horrorosa y hasta el vestuario que usan los bailarines es absolutamente vomitivo.

Los bailes de salón son algo aún más feo que el patinaje artístico, que en pequeñas dosis hasta puede resultar maravilloso ya sea por el sonido de las cuchillas sobre la pista de hielo o por cómo vuelan las falditas de las patinadoras a causa de la velocidad. Pero a los bailes de salón no hay por dónde cogerlos.

En cambio, adoro los cuentos de Raymond Carver. Y si ahora viniera algún desaprensivo a decirme que en sus ratos libres Raymond Carver era aficionado a los bailes de salón, no sólo no podría creerlo y me reiría con gusto en su cara, sino que me daría un colapso nervioso.

No hay nada en el mundo más diametralmente opuesto a la escritura de Raymond Carver que los bailes de salón. Y eso no hacía falta que yo lo dijera porque salta a la vista, pero lo digo porque no es bonito que los bailes de salón tengan un millón de veces más seguidores que los libritos de Raymond Carver.

Sin remedioMarch 13, 2008 1:49 pm

Lo bueno de sufrir una enfermedad seria, y con seria me refiero a que te impide sentirte bien el 80% del tiempo, es que el resto de cosas que podrían resultar desagradables en el mundo, pierden por completo su importancia.

Un ejemplo de ésto sería quedarse en el paro. Antes, si alguien me decía que se había quedado sin trabajo me parecía una desgracia. Cuando una persona se me acercaba toda consternada a contarme que le habían despedido, yo solía pensar, o incluso se lo decía, «qué mala suerte». E inmediatamente practicaba algún tipo de frase consoladora. Ahora no, ahora yo misma me quedo en el paro y me incomodo diez minutos o así, pero enseguida se me pasa. Pienso que ya haré otra cosa, pienso que habrán nuevas oportunidades, pienso que qué más da todo, lo importante es que no duela nada.

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Sin remedioJanuary 26, 2008 5:49 pm

Estoy leyendo un libro de Eduardo Mendoza que se llama El año del diluvio. Es un libro que compré hace ya bastantes meses en un arranque de poca cordura según el cual, a causa de no poder salir yo cuando se me antoja y acercarme a una librería o a una biblioteca, podría suceder que una tarde me entraran muchísimas ganas de leer algo nuevo y no tuviera ningún libro en casa por estrenar. Así que durante el periodo en que mantuve esa idea estúpida hice acopio de títulos que ahora, en su mayoría, muy bien no sé por qué los escogí.

Este de Eduardo Mendoza, por el contrario, sí lo recuerdo. Lo elegí porque en la tapa salía una monja.

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Sin remedioJanuary 24, 2008 3:25 pm

Hay un ejercicio que me gusta hacer: mientras hierve la sopa en el fuego y espero a que esté lista, camino todo el largo de mi salón (que es muy pequeño) mientras leo algunos párrafos de Vila-Matas. Por ahora es siempre Vila-Matas. Podría cambiar, supongo, pero no quiero.

Me gusta hacer este ejercicio porque mientras leo camino bien, mal o como me sale, y no me doy cuenta de que todo ha cambiado tanto ni de que me canso, ni del tiempo que he tardado en ir de una punta a la otra. Tres metros veinte en los que me caben por lo menos cien pasos y un montón de palabras hermosas.

Luego me siento un ratito, descanso o lo escribo (como hoy) y enseguida se hace la hora de comer.

Sin remedioJanuary 23, 2008 10:49 pm

Juro que todos los días intento escribir algo alegre. Todos. Me levanto de la cama y mientras me preparo el desayuno me digo «Barbarita, piensa en algo alegre de lo que hablar en el blog». Y pienso en cosas alegres, pero me duran muy poco. Es decir, me vienen, pero es como si se me volatilizaran dentro de la cabeza porque cuando me quiero dar cuenta ya no están. No se quedan el tiempo suficiente como para que, cuando la cafetera haya soltado el café y el fogón haya calentado la leche, yo pueda seguir jugueteando con ellas y luego escribir algo optimista.

No sé por qué me pasa esto de que las ideas alegres sean tan huidizas. Es muy molesto porque a mí no me gusta escribir sobre cosas tristes ya que, partiendo de la base de que todo lo que uno escribe de alguna forma lo está viviendo por dentro, escribir cosas tristes me parece una práctica masoquista total.

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