Hace más de dos meses que se me estropeó la antena de la tele. Durante un par de semanas estuve pensando en llamar a un técnico para que me la arreglase. Más que nada porque solía hacer coincidir el horario de comidas con los noticiarios, y así, entre la ensalada y la sopa, me enteraba un poco de cómo iba el mundo.
Sin embargo, a los pocos días perder el contacto con la realidad (televisiva), comencé a notar cierta mejoría en mi estado de ánimo general. Menos mujeres muertas, menos guerras lejanas, menos niños defenestrados, menos asesinos en serie, menos jueces, menos alcaldes, menos chicas desaparecidas, menos madres llorando, menos enfermos incurables, menos parados, menos violadores, menos atracadores de joyerías… toda esa gente que ya no estaba obró en mí algo que hacía años no lograba experimentar: la sensación de no vivir bajo amenaza. La sensación de flotar en una especie de limbo donde todo lo que pasa es tan cotidiano, tan mío, tan simple, que de pronto una mañana me fui a peinar y me descubrí frente al espejo sonriendo por nada. Algo muy parecido a lo que me sucedía antes, cuando mi vida transcurría en orden y la gente al verme feliz sin un motivo concreto me preguntaba si estaba drogada o qué.
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