En uno de mis tantos trabajos como furgonetera para empresas de reparto conocí a Edgar. A Edgar le pasaba lo siguiente: era pelirrojo y estaba enamorado. Tenía veintidos años y quería irse a vivir a la montaña, a una isla o a un barco. También tenía la cara más bonita que había visto en mi vida y como me recordaba vagamente a la de un Cabbage Patch Kids, yo lo llamaba Cabish.
Cabish vivía con sus padres y una hermana dos años mayor que él en un tercer piso de la Travessera de Dalt. Cuando le preguntabas por qué se quería ir de su casa y por qué estaba trabajando en aquél asco de empresa siendo que su familia se dedicaba al negocio inmobiliario y estaban hartos de dinero, él ponía cara de cansancio infinito y no respondía nada.
[Leer más]
