Ciencia-ficciónJune 12, 2008 10:15 am

Me molestan mucho los idiotas. Esto es algo que, me imagino, le debe pasar a todo el mundo. Pero como la gente por regla general tiene familia y entre la familia suele haber siempre algún idiota al que le tienen cariño, disimulan. O aguantan.

Yo soy una privilegiada. Con el paso del tiempo fui perdiendo a toda mi parentela, que ya desde la línea de salida prometía ser bastante escasa, pues mi padre se volatilizó en cuanto yo empecé a ocupar espacio en la panza de mi madre, y con él todo el catálogo de tíos, abuelos y primos a los que se suele denominar «paternos».

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Ciencia-ficciónFebruary 22, 2005 12:31 am

Pesaba cuarenta y tres kilos y tenía 15 años. En aquél momento me hubiese ido con la primera criatura de la Tierra que me hubiera susurrado al oído que me quería, y así fué.

Lo triste de amar sin calibrar qué tipo de amor es el que sientes hacia el otro, es que crees estar correspondiendo adecuadamente. Pero a esa edad, lo más normal es que deambules ciega y equivocada.

Un tiempo después, cuatro o cinco años, se fueron presentando cosas no muy agradables pero sí bien disfrazadas, y recuerdo que me apretaba como un vacío constante en la parte donde se halla el corazón, una agitación que me llevaba a tener sólo ganas de tocar, tocar y tocar. Abrazar a mi hijo y tocar. Jugar con él a chutar cajetillas de tabaco arrugadas y tocar. Mirar las ilustraciones de mi colección de cuentos clásicos y tocar. Meterme en la cama con mi nene, verlo dormir un rato, besarlo en la carita, dar gracias por su existencia, y tocar.

Desenchufada para no hacer apenas ruido, dórica arriba me preguntaba cómo iba a poder deshacerme de aquél desastre. Mixolidia abajo me convencía de que algún día me atrevería a escapar.

Y así fue. Porque a veces las cosas que deseamos pasan, a pesar de todo nuestro miedo.