Esta imagen es de 1988. Han pasado 20 años.

Es mi hijo, tenía cuatro años ahí. La fotografía se la hice yo una tarde en el parque.
Tiene la boca sucia de chocolate y está jugando en las paralelas.
Hoy cumple veinticuatro. Qué raro es todo.
Esta imagen es de 1988. Han pasado 20 años.

Es mi hijo, tenía cuatro años ahí. La fotografía se la hice yo una tarde en el parque.
Tiene la boca sucia de chocolate y está jugando en las paralelas.
Hoy cumple veinticuatro. Qué raro es todo.
Este mes se cumplen cuatro años de la existencia de este cuadernito que nunca supe cuanto sería capaz de mantener.
Más abajo tienen un resumen visual de algunas de las cosas (todas muy buenas) que ocurrieron durante este periodo. Acontecimientos que se dieron fuera del blog, pero que tienen relación directa con él.
Y después de las fotos, algunos comentarios.
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(Gracias, Ber, eres un sol como una casa)
Llegará un día
en el que creeré que no has vivido.
Un día
en el que sabré
que te inventé como inventé
un hermano a los seis años
para procurar
parecerme a todos.
Llegará un día
(sé
que llegará)
en el que me será tan transparente tu recuerdo
que te confundiré con la nada o la ficción
y tal vez
para entonces quedes solo, latiendo
en estas líneas
y en otras anteriores y no en mí.
Y quedes frío,
y estés compuesto de palabras
nada más
y duelas menos.
Hay cosas que uno cree que jamás van a suceder, que jamás van a volver a la realidad de una forma palpable. Cosas que parece imposible poder ver de nuevo con otros ojos que no sean los del recuerdo.
Justamente eso era lo que me pasaba a mí hace algo más de un año cuando escribí este relato. Lo hice desde la memoria, desde el pasado más literal, desde el ayer más lejano y nostálgico de todos; sin considerar, ni siquiera como una posibilidad remota, que mi muñeca y yo un día tuviéramos oportunidad de volver a compartir un secreto o a planear una fuga juntas.
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Todo esto en secreto, claro está
Hay cosas de nosotras que nadie sabe.
Como por ejemplo el nombre con que llamamos a las flores que nacen de los cactus. Como por ejemplo que detestamos la figuración y las sonrisas plastificadas que tanto abundan en nuestro ámbito.
(Todo esto en secreto, claro está).
Pero aun hay más.
Nadie sabe cuantas veces, en el supermercado, robamos expositores de Pastelitos Pantera Rosa con permiso de la cajera, y champús de huevo sin la aprobación de ningún empleado, sólo por justicia.
Nadie sabe tampoco las veces que planeamos burlarnos de los transeuntes cuando yo me levantara de mi silla frente al portal y fingiera caminar con un estilo perfecto por lo menos tres pasos. Tú pensabas gritar en ese momento: ¡Milagro, milagro!
No entiendo por qué al final nunca nos animamos.
Extraño mucho nuestras locuras, Celi, y hablar de las cosas más importantes a primera hora de la mañana. Y compartir el desayuno en función de las necesidades calóricas de cada una y ser ampliamente criticadas por el departamento de contratación, ese lugar extraordinario donde se habla cinco idiomas y todo es tan infartantemente urgente que hasta se oye bramar a la Reina de Corazones.
Te parí, te amamanté y luego jugamos.
Te canté, te bañé, te di biberón y papilla de seis cereales y frutas. Elegí muñecos blandos para ti. Te busqué guardería. Te disfracé de demonio, de chino, de payaso, de conejo, de león, de margarita y de Axl Rose. Decidí que un cursillo de natación te gustaría. Nos fuimos de vacaciones. Supe encontrarte un cole donde enseñaran inglés desde párvulos y la comida fuera de mercado. Te compré una cartera. Te acompañé cada mañana y accedí a cuidar el hamster de la clase cada vez que fue necesario. Te enseñé a patinar, te llevé a que practicaras taekwondo y te puse el kimono blanco reglamentario. Dibujamos y completamos álbumes de cromos de Son Goku y de las Tortugas Ninja. Disfrutamos en el parque cada tarde que tuvimos libre y, si te acuerdas, éramos los últimos en irnos.
Cada año, cuando llegaba el buen tiempo, pasábamos un día entero en el Tibidabo y nos subíamos a todas las atracciones.
Algún que otro domingo merendamos en el cementerio, junto a las lápidas más viejas, e hicimos justicia robando flores a los muertos recientes y repartiéndolas por las tumbas que ya nadie cuidaba.
También fuimos al cine y vimos a Batman, a Eduardo Manostijeras, a la Familia Adams, a los Rescatadores, al Rey León y a tantos más que ya no recuerdo. Comimos cucuruchos de helado en verano y castañas asadas en invierno.
Hicimos guerras de cosquillas. Te enseñé a nadar en diferentes playas (porque el cursillo en la piscina no fue suficiente). Organicé tus fiestas de cumpleaños. Miramos micromachines juntos durante horas, días y semanas hasta que juntamos el dinero para comprar uno. Hicimos deberes, pintamos el ciclo del agua, viajamos en tren, te conté las historias de Tutankamon Cuando era Pequeño y de La Familia de la Casa Plegable (historias que ningún otro niño ha oído todavía). Te regalé un plumier en forma de sarcófago y traté de responder a todas las preguntas que formulabas.
Te di un beso de buenas noches y te arropé cada vez que te fuiste a dormir hasta que cumpliste doce años.