Solía quedarme mucho rato sentado en las escaleras de la estación. Intentaba captar imágenes de la gente que subía y bajaba, y retenerlas en mi cabeza. Creía que con el tiempo podría hilvanar una historia en la que los protagonistas fueran en parte esas personas que alguna vez vi ir o volver con sus abrigos plegados sobre el antebrazo, sus bolsos, sus carpetas, sus revistas. Trataba de averiguar si siempre eran los mismos y lo averigüé.
No lo eran.
Algunos de ellos sí, pero no la mayoría.
No me puso triste del todo este descubrimiento a pesar de que mi deseo, o más bien mi reto al sentarme allí tantas tardes, no había sido otro que el de captar los rostros de esas personas para poder interiorizarlos, compararlos, clasificarlos y, finalmente, elegir un elenco de personajes con sus opuestos en el mundo real para mi historia.
No pensaba preguntarles nada, por supuesto. Jamás se me hubiese ocurrido hablarles, sólo pretendía inventarles una vida a cada uno, dejarme inspirar por sus movimientos, sus reacciones, sus prisas o sus ropas, y a partir de ahí crearles un nuevo pasado y una sucesión de acontecimientos presentes y futuros que nada tuvieran que ver con sus verdaderas vidas… o lo que yo había percibido de ellas.
Sin embargo, mi proyecto se vio momentáneamente interrumpido en cuanto advertí que aquellos rostros veloces apenas me resultaban familiares después de tantos meses de avistamiento continuado. Aunque, como dije más arriba, eso no me entristeció. Comprobar que de la imagen de una persona vista unos instantes no se podía obtener un nexo emocional suficiente como para recordarla y/o recrearla con la debida determinación, sólo supuso un momento reflexivo que a su vez estableció un nuevo punto de partida. Punto, si cabe, mucho más entusiasta que su predecesor.
De esta forma regresé a mi lugar de observación decidido a localizar a algún sujeto en particular y seguirlo. Alguien capaz de atrapar mi atención mediante cualidades poco comunes. Singularidades como podían ser una vestimenta demasiado formal para la hora del día en que nos encontrásemos, un brazo derecho sospechosamente inmóvil junto al cuerpo, una forma susurrante de reproducir una canción de moda, apenas audible para la gente en general pero sí lo suficiente para ser captada por mí, etcétera.
No encontré nada de eso en tres semanas y reconozco que comenzó a invadirme cierta perplejidad. No me sentía particularmente motivado a seguir con mi tarea después de ese tiempo infructuoso, pero por alguna razón esquiva del subconsciente o porque no tenía nada mejor que hacer, continué con ello.
De entre todos los transeúntes que finalmente pude catalogar en esa segunda fase de mi proyecto (y lo tengo todo perfectamente anotado en mi pequeño bloc para que ningún detalle se me pase por alto) sólo dos personas llegaron a entusiasmarme tanto como para emprender un seguimiento concienzudo de sus trayectorias por la ciudad.
Los dos llegaron juntos a la escalinata provenientes de un tren de cercanías, no recuerdo exactamente cuál (ese pormenor no lo anoté). Ella llevaba el cabello largo y ondulado, algo húmedo. No era muy bonita y vestía un suéter verde botella de entretiempo. Era evidente que se había mojado por una lluvia fina antes de subir al tren. Él se acercaba inmediatamente detrás. Iba sentado en una silla de ruedas que empujaba alguien, tal vez su mujer, su novia o hermana; tal vez un amigo de la infancia o un ayudante espontáneo. No quise prestar atención a este particular.
El hombre de la silla no parecía enojado cuando se detuvo frente a la escalera y estudió su longitud. Luego me dirigió una mirada directa en respuesta a la mía. Yo tampoco estaba enojado, claro, pero comprendí que él podía juntar motivos para ello si yo lo seguía observando tan activamente.
Oí una queja de su acompañante, que deseé no haber escuchado, en referencia a la mala suerte de que no existiera un ascensor en esa estación. Luego vi a la muchachita del cabello húmedo acercarse al paralítico y preguntarle si podía hacer algo. Parecía que intentaba formar equipo con aquella gente varada para tratar de solucionar el problema que se les había presentado, pero el de la silla amablemente declinó su ayuda.
Supongo que lo que hubiera hecho de mí una buena persona en aquél momento habría sido guardar mi pequeño bloc dentro de mi mochila, levantarme y ofrecer mis brazos para intentar alzar al desfavorecido, pero algún tipo de complejo o falta de seguridad en mí mismo me lo impidió, así que decidí hundir mi mirada en la libretita que aún tenía entre las manos e intenté fabricarme de esta forma una coartada.
Escuché a la chica del suéter verde hablar y decir que no había derecho a que la ciudad estuviera tan mal, que se pusiesen las cosas tan difíciles a la gente con dificultades físicas, que no fuera un lugar para todos. Escuché entonces al hombre de la silla responder «no, pero no pasa nada, puedo levantarme», con lo que se me disparó un resorte y alcé la vista, poniendo de manifiesto mi incapacidad para mantener la posición discreta que había decidido ocupar.
Efectivamente, el minusválido dejó vacía su silla sin grandes dramas e inició la escalada peldaño a peldaño, con lentitud, agarrado del pasamanos. Su acompañante lo seguía muy de cerca transportando el adminículo, mientras la chica del suéter verde le ofrecía su brazo como sostén, cosa que finalmente él aceptó. Entonces yo me levanté y también comencé a subir, manteniéndome varios pasos por detrás de ellos. No quería perderlos de vista. Sabía que en cuanto llegaran a la calle se separarían en dos grupos y tal vez ya nunca más podría volver a observarlos, al menos juntos.
Vi cómo se detenían a mitad del tramo para que el enfermo descansara. Le sonreía a la chica y no parecía contrariado por tener que subir a pie. No era tímido. Tenía las manos flacas y las movía con lentitud. Imaginé que escribiría con mala letra. Imaginé que su acompañante, al que ahora miré con curiosidad y me pareció un hombre de más de 60 años, era su padre. Imaginé que le gustaría comenzar una relación de amistad con esa desconocida que se había solidarizado con él. Imaginé que aunque no se lo veía un hombre infeliz, yo podría hacerlo sentir muchísimo más satisfecho con su suerte en mi relato.
Para empezar, lo haría sano. Lo haría muy capaz de viajar solo en un tren de cercanías, en uno de larga distancia, e incluso en un avión que volara hacia cualquier otro continente. Le regalaría un divorcio sin odios perpetuos, una nueva pareja y una hija pequeña. Le obsequiaría con un trabajo bien remunerado y de amplio reconocimiento público. Lo inventaría dibujante de historietas, fanático de Frank Zappa e inmune a la mediocridad. Lo llevaría a conocer a la chica del suéter verde una tarde en las escaleras de la estación, mientras trataran de solucionar juntos el problema de accesibilidad de un hermano de ella con esclerosis múltiple. Haría que sintieran una corriente de simpatía el uno por el otro casi al instante, y los haría coincidir días después en un concierto de Petra Magoni y Ferruccio Spinetti en el Palau de la Música, al que habrían asistido con sus respectivas parejas. Los lanzaría a intercambiarse los números de teléfono poniendo alguna excusa banal y los llevaría a comenzar una relación amistosa. Con el tiempo, terminarían enamorándose y agradeciendo la falta de ascensores en algunas estaciones de ferrocarril.
Salí de mis pensamientos y observé de nuevo a los opuestos de mi historia. Estaban llegando a la calle. El acompañante había depositado ya la silla sobre la acera. Varias personas miraban la maniobra y al minusválido no parecía afectarle demasiado que estudiaran sus movimientos. Ella sonreía contenta de haber podido hacer algo bueno por alguien y cuando se despidieron, repitió una vez más que no había derecho a que los transportes no fueran realmente accesibles para todos. Él le dio la razón y se dijeron adiós con la mano.
En ese momento dudé porque debía resolver a cual de los dos opuestos continuar observando. Pensé en ello durante algunos segundos y decidí que seguiría al hombre de la silla y a su acompañante, por lo que apenas me despedí mentalmente de la chica deseando volver a encontrarla en cualquier otro momento para tener la oportunidad de profundizar más en ella.
Los dos hombres reanudaron su marcha calle abajo. Me mantuve en un prudente segundo plano pero sin quitarles ojo de encima. Al cabo de unos minutos entraron en una cafetería y yo me senté en un banco del paseo frente a ella. Tras la cristalera vi cómo preguntaban algo al camarero que se encontraba detrás de la barra y luego se dirigían al baño. Aproveché entonces para entrar yo al local. Me senté a una de las mesas, de cara al fondo, y sostuve una reflexiva alerta hasta que los vi salir de los lavabos y volver a la barra. El padre pidió unos cafés y los tomaron allí mismo. El hijo no sostenía la taza más allá de unos instantes y se la entregaba al otro después de cada sorbo escueto. No conversaban.
De pronto imaginé que el enfermo no tenía amigos. Que viajaba en tren con su padre porque no tenía cerca a ninguna otra persona con quien hacerlo; que en su tiempo libre no charlaba con nadie porque ninguno de sus intereses tenía nada que ver con los de la gente que lo rodeaba. Imaginé que se alimentaba del silencio y se envenenaba con él.
Con disimulo y discreción, me fijé en su rostro y hallé a mi perseguido analizándolo todo, incluso a mí, presa de un interés muy vivo. A causa de ello sentí el impulso de acercarme y hacerle un esbozo de mi proyecto, pero no me atreví.
«Te voy a regalar una vida mejor», hubiese querido decirle ante mi propio asombro. «Voy a reescribirte entero, a arreglar esa existencia fragmentada que te tocó en el reparto. Dime qué te gusta, qué no alcanzas a conseguir y yo te lo proporciono».
Traté de imaginar su respuesta y, al principio, todo lo que se me ocurrió que solicitaba eran experiencias corrientes y deseables por cualquiera, nada especial, como si mi franqueza lo hubiese cohibido o en el fondo temiera que yo no pudiese hacer gran cosa por él. Entonces imaginé que me animaba a explicarle con detalle las ideas que había tenido respecto a su vida dentro de mi historia, y ante mi confesión, para él exótica, estallaba de risa y me llamaba payaso. «Estás grillado», me decía divertido y sin parar de reír. Después de su reacción yo me ofendía porque no entendía cómo podía despreciar de aquella manera mi ayuda moral, y me marchaba humillado y triste.
Por eso y porque jamás en mi sano juicio se me hubiese pasado por la cabeza hacerlo, no le hablé. Continué sentado a la mesa donde me encontraba y me empleé a fondo en observarlo cada vez más profesionalmente. De ninguna forma podía permitirme a mí mismo ser descubierto de nuevo con la mirada puesta en él. Suponía que debía resultarle muy incómodo sentir el acecho de alguien que se propone adivinar su existencia para mejorarla en el papel, y eso me llevaba a respetar nuestra distancia cada segundo que pasaba más que el anterior.
Finalmente salieron del local y yo hice lo propio. Empezaba a sentirme nervioso sin un motivo concreto cuando ellos continuaron paseo abajo y yo decidí que los seguiría un trecho más. La tarde estaba nublada y de pronto quise que comenzara a llover para comprobar el operativo de los dos hombres en esa nueva circunstancia adversa. Me enternecía pensar que se mojarían y se resfriarían, y tal vez el enfermo tuviera que guardar cama durante semanas por culpa de aquello.
Por descontado, en mi historia él tendría un buen automóvil y un paraguas siempre dispuesto en el asiento trasero, junto a la sillita de seguridad de su hija. Me invadió la frustración más genuina al darme cuenta de que era totalmente imposible que pudiera informarle a él de mis buenos deseos alguna vez, compartir mi proyecto y hacerle sentir mejor en su desgracia. Por lo tanto decidí dar por terminado mi acecho, sentarme de nuevo, echar mano de mi libreta y tomar rigurosa nota de todos los datos que había conseguido en esa primera persecución, antes de que mis nuevas ansias por intercambiar impresiones arruinaran toda mi asepsia o se me olvidara algún detalle importante.
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Con todo mi cariño para Bernardo Erlich, a quien le voy a deber siempre las dedicatorias a mano.

Y yo que hago lo mismo pero solo para mi, sin ser el personaje de nadie y en los cementerios.
Me pasó siempre un poco también, pero fue acá que se me desató, acá con esos cementerios llenos de gentes que nunca habría podido conocer, con una fecha de inicio y una de termino. Como una historia con un principio y un final.
(Dibujante, de rulos y fan de Zappa? Con reconocimiento? y suficiente dinero para vivir? Una buena historia, un regalo. La chica de verde? ojalá trabaje bien el escritor también ese carácter.)
Comment by pal — November 2, 2009 @ 11:58 am
Creo que somos muchos los que hacemos eso de mirar y adjudicar vidas postizas. Claro que en mi caso, no con tanta perseverancia como el narrador de este cuento.
Comment by Barbarita — November 2, 2009 @ 12:18 pm
mmmh… debe ser esa la diferencia con el escritor. Yo no adjudico, yo me pregunto por qué tan joven/viejo? y acá está su mujer… cuántos años sin el? y los hijos? alguno fue a la guerra? y este bebé de quien era? y así… debe ser por eso que nunca llegué a escribir nada.
Creo que debería haber sido historiadora… o vieja copuchenta del barrio!! eso vieja cotilla! ese esa es mi real vocación.
Comment by pal — November 2, 2009 @ 7:25 pm
Precioso :)
Comment by Bernardo — November 4, 2009 @ 12:44 am
Gracias, Bernardo. Me alegra mucho que te guste.
Comment by Barbarita — November 4, 2009 @ 1:50 pm
Bonito cuento. El narrador parece un niño.
Comment by José Joaquín — November 4, 2009 @ 5:50 pm
Ups, veo que varios comentarios se han ido al traste…
Bueno, en ellos le decía gracias a JJ. Y a Pal, que podría ser detective :) :)
Comment by Barbarita — November 5, 2009 @ 6:18 pm
Me gusta tu relato, Barbarita. Llevo tiempo entrando al blog pero hasta ahora no habia comentado. Espero que sigas escribiendo.
Comment by Noe — November 5, 2009 @ 9:41 pm
Gracias, Noe. Y bienvenida :)
Comment by Barbarita — November 5, 2009 @ 10:02 pm
Ah, y por supuesto que sigo escribiendo :)
Comment by Barbarita — November 5, 2009 @ 10:08 pm
vaya! que te pasó con los comentarios… se te despelotaron. En fin.
y qué onda?
“silencio en la noche ya todo está en calma, el músculo duerme, la ambición descansa…”
Si, soy tan pero tan fan de los vejestorios que además me gusta el tango. Para más inri, que diría una amiga.
Comment by pal — November 17, 2009 @ 10:37 pm
Hola, llego a tu blog desde el de Transmutación, no se si te das cuenta quién es…
Me gustó tu relato, muy parecido al principio a una parte de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, hasta que se desvía en dos personajes muy distintos pero por un instante unidos.
Me encanta que en tan pocas palabras logres construir un mundo tan completo.
Además, ando en silla de ruedas, y entiendo la situación del personaje, aunque no pueda pararme y subir escaleras.
Saludos!
Comment by JuanT — November 21, 2009 @ 8:45 pm
Gracias por tu comentario, JuanT. Me hace feliz que te haya gustado el cuento :)
Comment by Barbarita — November 21, 2009 @ 11:00 pm