Eran las diez de la noche y nos encontrábamos en una plaza de Premiá de Mar. Una plaza grande, de suelo pavimentado, con una hermosa glorieta para los músicos dominicales y algunos columpios para los niños de cualquier día de la semana. Estábamos sentados en la terraza de uno de los bares situados allí y cenábamos.

En una mesa próxima, un grupo de unas ocho personas tomaban sus cervezas y charlaban tranquilamente. A nuestro lado, también sentados a una de las mesas del mismo bar, se encontraba una pareja no demasiado feliz. Él la insultaba en voz baja. Le decía puta y más cosas interesantes y poco agradables de escuchar. Le recriminaba que se hubiera acostado con tantos y le recordaba episodios completos de su adulterio, intentando que la mujer recapacitara. Ella no asentía, ni negaba, ni contestaba ni hacía el más mínimo intento de defenderse de las acusaciones de las que era objeto, ni tampoco se excusaba ni reflexionaba ―por lo menos de forma audible― sobre su comportamiento marital, que a decir del esposo la situaba en lo más bajo de la escala microbiana.

Llevaban así mucho rato.

Nosotros éramos tres: Xavi, nuestro amigo Piter y yo. Mientras comíamos hablábamos de nuestros asuntos, pero inevitablemente la conversación de la pareja de triste vida nos llegaba nítida a pesar de su poco volumen. Era por los gestos. Él le dedicaba constantes ademanes de desprecio y resoplidos de ira que te invitaban a mirar y preguntarte por qué ella no se levantaba de la silla y dejaba al insultador solo con su copa, su monólogo y su desbarajuste mental.

Entonces aparecieron los niños. No nos habíamos percatado de que tuvieran niños, pero así era. Estaban jugando en los columpios y cuando se cansaron vinieron a sentarse a la mesa con ellos. La nena tendría ocho años y el niño alrededor de cinco. El pequeño apenas se mantuvo un momento como parte de la reunión familiar, pero la grande se quedó y comenzó a hacer un dibujo, y mientras dibujaba, el papá continuaba insultando a la madre. Guarra, asquerosa, puta, le decía. Me quedé mirando el cuadro y le dije a mi amigo Piter que ese hombre debería desaparecer de la faz de la Tierra y nosotros comer rápido y salir de allí. La nena seguía dibujando sin levantar la vista del papel e intentando simular sordera. Pero el papá no debió de considerar suficiente el sacrificio de la hija y le llamó la atención. Escucha, le dijo mirándola fijo a los ojos, tú eres una hija de puta porque tu madre es una puta. Y continuó relatándole a la chiquilla los pormenores del encuentro de la mamá con el último hombre con quien había compartido la cama, mientras el hermano menor, que a esas alturas del discurso ya había vuelto a la mesa, miraba la escena inmóvil y en silencio. La niña empezó a llorar y yo empecé a llorar también atacada por la impotencia. Le dije a Xavi: no lo soporto, vámonos o acabaré gritando.

No hizo falta. De la otra mesa ocupada, de aquella donde estaban las cuatro parejas tomando sus refrigerios, se levantó un chico y se acercó al insultador. No sé si le dijo algo o simplemente le clavó una mirada recriminatoria, pero éste le escupió y al instante los otros tres hombres se abalanzaron sobre el modélico papá, increpándolo, preguntándole si no le daba vergüenza decir todo lo que estaba diciendo delante de los niños. El tipo sonreía cínico y con la mirada bien altiva, por lo que acabó llevándose puestos dos golpes en la cara, y si no terminó con la cabeza aplastada contra una columna fue porque los dueños del bar salieron y detuvieron la pelea.

A todo esto la esposa, cuando vio que el marido era amonestado verbal y físicamente por el resto de la clientela, regresó al mundo de los vivos y pasó a defenderlo como una felina. A defenderlo como en ningún momento había hecho por defenderse a sí misma de la humillación ni por defender a sus hijos de la tortura mental que les estaba suministrando el jefe de la manada.

Nos quedamos pasmados. Yo temblaba de indignación. Para colmo, los dueños del local se pusieron de parte del sádico y la masoquista quienes, según ellos, nunca les habían dado un problema y eso era todo lo que les interesaba, y arremetieron contra el grupo que intentó detener la escena de masacre psíquica infantil a la que estábamos todos asistiendo.

Me repugna tener que escribir esto, pero fue así: los niños lloraron desaforadamente en cuanto vieron al papá reprendido y abofeteado por los cuatro defensores de sus cerebros. Y el papá sonrió descarado y satisfecho cuando la mamá sacó las uñas por él, por lo que a modo de premio la rodeó por los hombros con uno de sus brazos, mientras a las dos criaturas, que se habían aferrado a su pantalón como dos imanes temblorosos, las acogía amorosamente con el que le quedaba libre. Y así se fueron calle arriba los cuatro muy juntos: la viva estampa de la familia honrada huyendo de la mala gente.