Hace ya algún tiempo que debía haber hablado de Flannery O’Connor, pero si no lo hice antes fue porque todo lo que he de decir de sus historias, de su escritura, me da la impresión de que no va sonar bien.

Me gusta mucho esta escritora y la he releído bastante. Sus personajes desagradables, violentos, necios, muchas veces vulgares y todavía más veces malignos, son la humanidad. Una representación de esa humanidad que reconozco, viviendo en granjas con grandes hectáreas de tierra que explotar. Adolescentes que van a la ciudad por primera vez y se sienten perdidos; negros que trabajan para blancos, mujeres fuertes que lo envidian todo de sus vecinos, gente que se cree lista en su infinita ignorancia. Es decir, lo normal.

Las historias de Flannery O’Connor son casi siempre repugnantes para la niña anticuada que yo soy, y sin embargo, ella sabe contármelas sin provocarme estremecimientos. Sabe hacer que yo me sitúe en el porche de cada casa en la que vive su gente y escuche; que mire los atardeceres por las mismas ventanas que esas personas que en la página siguiente van a morir, o van a sufrir un dramático desengaño, o un abuso, o simplemente van a continuar con sus vidas como si nada terrible hubiese ocurrido cuando la realidad es que intentando cruzar el abismo cayeron en él.

Flannery O’Connor cuenta lo peor de cada ser que ha imaginado, pero es tan pulcra en sus descripciones, tan refinada a la hora de poner el ojo sobre la aguja, que la brutalidad de sus escenas me traspasa sin hacerme el menor rasguño. Sólo me deja la sensación de haber estado allí, de haber tenido la oportunidad de observar el mal muy de cerca, de haberlo visto actuar en varias funciones y haber vuelto sana y salva.