El otro día recibo un email de un lector desconocido que me pregunta por qué escribo tan poco últimamente.

En su carta me cuenta que hace como dos meses que entró por primera vez al blog y que ya se lo ha leído de cabo a rabo, y que siente una nostalgia imprecisa (y yo añado errónea, puesto que es imposible añorar lo que no se ha vivido) de esa época en la que yo escribía a menudo, era cordial con los comentaristas y me quejaba de los orientales que trataban de ayudarme con excesiva solicitud.

Como este amable lector desconocido me escribe sin la más mínima esperanza de respuesta por mi parte (lo cual agradezco enormísimamente), me dispongo a responderle de forma escueta, pero con una total libertad de expresión jamás vista en algún otro de mis correos:

―Ya no voy a quejarme más de ningún oriental en el blog porque me hice un amigo japonés por internet que no es nada pesado ―le digo―. Y escribo poco porque escribir implica estar sentada mucho rato en la misma postura, y ya estoy vieja para eso. Así que olvídate de que vuelva a redactar seguido o diga algo en contra de la gente con los ojos rasgados o en contra de los taxistas. Entre estos últimos no he cultivado amistades, pero ya nunca voy en taxi, por lo que no tengo nada más que añadir.

Después de darle al botoncito de enviar, me voy contenta a ponerle sus zapatitos nuevos a Lucy.

Al cabo de unas horas, miro el correo para ver si ya me ha llegado el chiste de mi amigo Bernardo (otro que tampoco es pesado ni espera respuesta, de ahí el apelativo de amigo) y en lugar de la viñeta me encuentro con un email de vuelta de este amable lector desconocido, que me dice:

―Me siento afortunado de que me me hayas respondido el email. No lo esperaba. Creía que nunca respondías a nadie.

Mi contestación:

―A veces respondo, pero sólo respondo a los que no me siento obligada a responder. Y sólo cuando no me duele la espalda, y sólo cuando tengo algo que decir, y sólo cuando con una frase basta.

El problema del amable lector desconocido es que no sabe cuál es el momento preciso en que debe dejar de comunicarse conmigo para continuar sintiéndose afortunado, y al día siguiente, al abrir mi casilla de correo, me encuentro la viñeta de mi amigo Ber y también una abultada misiva de este lector ―ya no tan amable y ya no tan desconocido― en la que me pone al corriente sobre su vida, sus aficiones, su estado civil, sus preferencias sexuales, musicales, literarias, deportivas, etc.

Con todo, el problema aquí no es levantarte por la mañana y de pronto tener que leer las andanzas de alguien que, a priori, no te interesa un comino. El verdadero problema es que cuando una persona te escribe una carta de diez párrafos o más, no sólo se está explayando por necesidad vital, sino que quiere que le digas algo al respecto. Ese es el auténtico problema de la gente que se comunica demasiado: que esperan una reacción, la que sea, a su catarata verbal… ¡y yo no sé qué decir! Pero no sólo eso: es que mi cuerpo es díscolo y no se deja someter a la tortura de quedarse delante del PC media hora mientras mi cabeza piensa una respuesta delicada y al mismo tiempo tajante, que no dé pie a una nueva avalancha de datos y anécdotas personales que no deseo conocer.

Y bueno, ya mismo tengo que dejar de escribir, el cuerpo manda. Espero que mi lector (o tal vez ya a estas alturas, exlector), ese que alguna vez fuera amable y desconocido, reconsidere su actitud en cuanto al tema epistolar y ambos podamos volver a sentirnos afortunados cuando abramos nuestras respectivas casillas de email.

Gracias a todos los que leen y no escriben al correo esperando repuesta. Gracias a todos los que leen y no dejan comentarios ni rastro visible ni nada (son tenaces y especialmente maravillosos cuando vuelven). Y a los que leen, dejan comentarios y son felices viniendo a pesar de mi antipatía desaforada, más gracias aún.