Los Reyes Magos me trajeron a Germán en invierno. En esta foto ya era pleno verano y Germán aún no había perdido ni su gorra ni sus zapatitos. De hecho no perdió ninguna de las dos cosas nunca. Cuando Germán desapareció, desapareció entero.

No recordaba lo humilde que era la casa donde vivía, ni que el tranco de la puerta estuviera roto. Pero a Germán la memoria me lo devolvió siempre tal como era, con su cabello rubio oscuro, su pantalón a cuadros y unos ojos claros y brillantes como dos centímetros de cielo.