Hace más de dos meses que se me estropeó la antena de la tele. Durante un par de semanas estuve pensando en llamar a un técnico para que me la arreglase. Más que nada porque solía hacer coincidir el horario de comidas con los noticiarios, y así, entre la ensalada y la sopa, me enteraba un poco de cómo iba el mundo.

Sin embargo, a los pocos días perder el contacto con la realidad (televisiva), comencé a notar cierta mejoría en mi estado de ánimo general. Menos mujeres muertas, menos guerras lejanas, menos niños defenestrados, menos asesinos en serie, menos jueces, menos alcaldes, menos chicas desaparecidas, menos madres llorando, menos enfermos incurables, menos parados, menos violadores, menos atracadores de joyerías… toda esa gente que ya no estaba obró en mí algo que hacía años no lograba experimentar: la sensación de no vivir bajo amenaza. La sensación de flotar en una especie de limbo donde todo lo que pasa es tan cotidiano, tan mío, tan simple, que de pronto una mañana me fui a peinar y me descubrí frente al espejo sonriendo por nada. Algo muy parecido a lo que me sucedía antes, cuando mi vida transcurría en orden y la gente al verme feliz sin un motivo concreto me preguntaba si estaba drogada o qué.

Así que esa mañana en la que me hallé de tan buen humor me puse a investigar por qué de pronto me sentía aliviada después de tantísimos años. A qué se debía que estuviese contenta y les hablara a las muñecas sin que mis frases fueran sólo recomendaciones de cuidado y otras alertas. Entonces analicé la situación sopesando los factores susceptibles de haber intervenido en el cambio, y pude concluir que la responsabilidad absoluta de mi nueva manera de percibir el mundo recaía exclusivamente en la ausencia de locutores, de redactores, de testigos o de protagonistas en primer plano.

Me quedé pasmada. Esa era la verdad y no otra: Obama, la duquesa de Alba, el rey Juan Carlos, Rajoy o el euribor, no me aportaban nada. Ya no digamos los ex-maridos chiflados de otras que sin darme yo cuenta me recordaban a mi propio ex-marido y me revolvían el estómago. ¡Y esas pobres madres que lloraban siempre por algo horrible y cada día distinto, me partían el corazón una y otra vez! ¿Qué estoy haciendo?, me dije entonces, ¿qué gano con mantenerme al corriente de todos los desastres que tienen lugar a diario en los cinco continentes? ¿Y qué gana la humanidad con mi empatía silenciosa? Nada. Esa era la respuesta, nadie ganaba nada mientras yo hacía pedacitos la tortilla y miraba con ojos encharcados las noticias.

Así que no, no he llamado al técnico ni pienso hacerlo. Todo lo abominable que ocurre en el mundo va a seguir ocurriendo… pero yo ya he descubierto que no es bueno que vengan a contármelo (mal) a la hora del almuerzo, ni a la de la merienda ni a la de la cena. Que lo mejor es dejar que la realidad se la retransmitan a otros. A los que guardan cola para visitar el templo de la Sagrada Familia o a los que se cambian de teléfono móvil cada mes, por ejemplo.