Me regalaron Kafka para principiantes, un librito así de pequeño con lo más adorable que puede haber en el mundo, y los dibujitos de Robert Crumb.

Me lo regaló el librero sin querer. Sin querer y sin saber que me lo estaba regalando porque se dispuso a cerrar la tienda mientras yo observaba a Kafka de niño leyendo horrorizado un panfleto, y me hizo salir cuando aún llevaba el librito en la mano. Quise pararme a dejarlo sobre el mostrador, pero él me fue empujando con su sonrisa amable y su estómago vacío y esos toques suaves de su mano sobre mi hombro. Vamos, vamos, decía, es la hora de comer. Y sin quererlo él y sin quererlo yo, el dueño de la librería me regaló a Kafka para gente que comienza, que es exactamente lo que yo hago todo el tiempo: comenzar.

De vuelta a casa, en el autobús, me puse a pensar en mi regalo. Lo llevaba en el bolsillo del abrigo desde hacía horas y aún no me había atrevido a sacarlo. Pensaba que si lo ponía a la vista, cualquier usuario del transporte me señalaría con el dedo y gritaría ¡al ladrón, al ladrón! o algo parecido. Supuse que lo lógico, si me ocurriese tal desgracia, sería intentar defender mi honor y explicar que no, que el librito no lo había robado sino que había sido un regalo del librero. Un regalo involuntario, pero regalo al fin. Sin embargo, me di cuenta enseguida de que mi explicación quedaría invalidada por su propia falta de consistencia y permanecí más bien inmóvil.

No saqué el librito de mi bolsillo en todo el trayecto, me limité a pensar en él y a tocarlo con las puntas de los dedos mientras imaginaba qué le diría a mi madre.

En la tienda, aparte del librito, había visto también un calendario para el nuevo año. No me interesaba y lo dejé muy rápido. Era grande y de habérmelo obsequiado el librero no hubiese sabido qué hacer con él, aparte de consultar el día en curso y otras cosas que van poco con mi personalidad. Por el contrario Kafka y todo ese vecindario suyo asomando con ojos redondos, perplejos, desde las hojas, me pareció mucho mejor como regalo futuro, aun sin saber que acabaría siendo exactamente eso.

Cuando el autobús me dejó frente a mi portal (tengo la gran suerte de que los transportes públicos que pasan cerca de mi domicilio tienen en cuenta mis itinerarios favoritos y además se detienen justo debajo de la ventana de mi cuarto), me atreví por fin a sacar a Kafka y a toda su familia del interior de mi abrigo, y respiré hondo antes de introducir la llave en la cerradura.

Estaba seguro de que mi madre se pondría muy contenta cuando le contara que el librero me había hecho un regalo. Sin duda creería que era mi amigo y que el obsequio se debía a las fechas en las que nos encontrábamos, y si ella lo creía así no iba a ser yo quien le quitara esa idea de la cabeza.

Entré en casa tras haber subido la escalera y haber saludado a nuestra vecina de rellano que bajaba con bastante prisa. Feliz Navidad, le dije. Buenas Fiestas, me contestó ella inclinando un poquito la cabeza, sin detenerse.

Una vez adentro, me llegó la luz del abeto de plástico y también la luz del techo, que estaba encendida, y la voz de mi madre que miraba la televisión y respondía con monosílabos al locutor que daba el noticiario de la noche. Deposité a Franz Kafka y a toda su gente sobre la mesa y me quité el abrigo. Mi madre me preguntó si hacía frío en la calle, porque acababan de decir que una mujer había muerto congelada en su casa por tener un agujero en el tejado. Yo le dije que sí, pero que no demasiado, que seguramente en Praga a esas horas estaría haciendo mucho más frío. Entonces ella me miró a mí y yo hubiese querido que mirase lo que había encima de la mesa, pero no lo hizo. Al ser un libro pequeño y además para principiantes, no llamaba mucho la atención. Eso supuse.

Cuando colgué el abrigo y regresé al salón, tomé el libro y me senté en el sofá junto a ella. Seguía viendo las noticias y seguía sin reparar en mi obsequio, pero después de algunos minutos de tenerme allí tan cerca con la espalda erguida notó, tuvo que hacerlo, la fortísima presencia crumbiana de Kafka en mi regazo y preguntó, curiosa: ¿qué llevas ahí? Sonreía maternalmente.

Es un libro, dije yo. Kafka para principiantes. Me lo ha regalado el librero.

¿Y eso?, quiso saber, haciéndose la extrañada o tal vez extrañada de verdad.

Nada, un detalle. Por las fiestas, supongo, dije.

Ah, muy bien, muy bien. Una persona atenta con los clientes, eso está muy bien.

No ―me apresuré a poner en claro―, esto no lo hace con todos. Sólo con algunos. Y no siempre regala libros, lo usual es que obsequie calendarios de bolsillo de esos pequeñitos con fotos de perros jugueteando, o de gatos con un ovillo o dentro de una cesta de mimbre. Pero bueno ―no sé por qué sentí un cosquilleo en el estómago y un calorcito trepándome hasta el borde de los ojos―, es que somos bastante amigos.

Mi madre dijo ajá. Sólo ajá (en ese momento supe, o sospeché, que no me había oído bien) y siguió mirando la tele.

Me levanté y me metí en mi habitación. Pensé que lo mejor era estar a solas para disfrutar de la lectura. Kafka me miraba fijo desde la tapa de mi precioso regalo con una arruga enorme entre las dos cejas. Bajé la persiana para que no me molestara la luz que desprendían los adornos de la calle (Papá Noel y compañía. Renos, campanas, todo eso). Luego me senté frente al escritorio y cogí un rotulador de punta fina. Abrí el libro y en la primera hoja hice, con mucho cuidado, que mi amigo el librero me deseara un inmejorable Año Nuevo y una muy Feliz Navidad.