Nací parapléjica, o eso me dijeron mis padres. Desde siempre, desde que tengo uso de razón, me recuerdo desplazándome con ortesis y muletas, o bien en silla de ruedas. No conozco otra forma de moverme.
En la escuela no lo pasé mal. Hubo temporadas que asistí muy poco porque perdíamos a la tata de turno, que era la encargada de llevarme y de traerme, y entonces no tenía más remedio que quedarme en casa repasando lecciones o haciendo tareas. Mis padres pasaban la mayor parte del tiempo viajando, pues los dos eran científicos de renombre, por lo que casi se podría decir que la que me crió y educó fue mi tía Ursula, que era soltera y vivía con nosotros.
De niña me contaron que mi tía nunca se casó por cuidarme a mí. Eso, la verdad, siempre me pareció un poco exagerado, pero con el transcurrir de los años me fui dando cuenta de que esa afirmación tal vez tuviese algo de cierta, pues ella, mi tía, no hubo una noche que saliera de casa a «vivir su vida» (lo entrecomillo, ustedes ya me entienden) y me dejara sola ni siquiera estando presentes mis padres. Si yo necesitaba algo, ella se levantaba. Si había que llevarme al médico, ella me acompañaba. Si había que avisar al ortopeda para que me hicieran revisiones o me pusieran bitutores nuevos, ella se encargaba. En fin, que la tía Ursula hizo por mí todo lo que mis progenitores no podían hacer por su profesión.
Lo único a lo que ella nunca estuvo dispuesta, bajo ningún concepto y ni siquiera bajo amenaza, fue a llevarme a la escuela. Dicen que esto era así porque no podía soportar a los otros chicos y su ritmo de vida frenético. Verlos correr y disfrutar mientras yo estaba condenada a mi silla de ruedas o a los «terribles aparatos de hierro», como ella los llamaba. Que eso la ponía enferma, y por tal razón contrataban a una mujer que cubriera esa parcela insufrible para ella.
También teníamos una cocinera en casa porque la tía Ursula, llena de muchas otras virtudes, nunca llegó a mostrar la más pequeña inclinación hacia el uso de los fogones. Y por supuesto, dos veces por semana acudía a dar el necesario repaso a nuestro jardín, un jardinero diplomado.
De esa forma y junto esa gente amable pasé mi infancia. Nunca conocí a otros chicos impedidos y nunca estuve ingresada en ningún hospital, por lo menos hasta lo que mi memoria da de sí. Dicen que lo estuve siendo muy chiquitita, pero yo de de eso no puedo acordarme.
La verdad es que como persona incapacitada la vida no me ha ido mal. Solo he tenido una experiencia amorosa, pero espero tener muchas otras porque aún soy joven. La experiencia de la que hablo fue con un muchacho que conocí a través de doña Celia, una amiga de mi tía perteneciente al Grupo de Ayuda al Necesitado de la parroquia. El joven era su sobrino y un día que la acompañó a nuestra casa porque traía dos cajas repletas de rosquillas para repartir entre los pobres (ella sola no hubiese podido entrarlas) tuvimos ocasión de charlar. Coincidimos en gustos musicales y literarios y quedamos en que otro día vendría a tomar café. Por supuesto, vino. Volvimos a charlar y volvimos a coincidir, y así iniciamos un corto noviazgo. El asunto se truncó porque el muchacho tenía un interés muy marcado en que saliéramos por la tarde ―o incluso por la noche― a bailes y lugares por el estilo, sitios nada apropiados para chicas como yo. Eso se lo dijo mi tía muy claramente y a él no le gustó su tono de reprimenda. Yo le aconsejé que no se enfadase por lo que mi tía le dijera, que ella nunca hacía las cosas con mala intención, que lo único que quería era que se diera cuenta de que llevar a una muchacha impedida a una verbena no era lo más adecuado, pero Julio se lo tomó muy a mal y ya no volvió por casa.
Los primeros días después de ese noviazgo fallido los pasé bastante aburrida y un poco apenada. Por la noche solía quedarme dormida imaginando lo que habría podido ser: una casa nueva con cortinas azules, varios niños huérfanos adoptados, una cena romántica en nuestro séptimo aniversario de boda… pero con los meses se me pasó y regresé a mi estado de jovialidad natural, a mis escuchas de las obras de Vivaldi, a mis libros de Jane Austen y a mis bordados de punto de cruz.
La verdad es que no entiendo por qué algunas personas creen que la vida de los discapacitados está llena de desgracias o de soledad. Mi vida es rica en todos los sentidos. Siento fluir mi creatividad en tantas cosas que me quedo muchas veces absorta, pensando si haber nacido con esta dificultad no será en realidad un don.
Mi tía, cuando entramos en el tema, opina que sí. Pero claro, yo no puedo hacer demasiado caso a su criterio, porque ella como buena tía soltera me adora y cualquier cosa que yo haga o piense le parece el no va más.
Sin ir más lejos, ayer escribí un poema que decía lo siguiente:
En las calles
la tarde empedrada
cae sin prisa
sobre el silencio
y el color anaranjado
de tu corazón
muerto
Este poema ―como cualquiera con un poco de sentido estético puede apreciar― aunque contenga la palabra «anaranjado», destaca por su tono lúgubre. Pues bien, mi tía dijo a propósito de él: «es precioso, es alegre. Es alegre y dulce como tú.»
Así que es fácil hacerse una idea de lo que es la opinión de mi tía en lo que concierne a mis asuntos: bastante sesgada, ¿no creen? Supongo que debería preguntar a otras personas que se encuentran en mi misma situación. Es decir, a gente que en lo que llevan de vida no conocen lo que es dar un paso en ninguna de sus variantes, y discutir con ellos su visión al respecto. ¿La paraplejia es un don, no es un don? Yo lo veo un gran tema.
A mí, en particular, ya digo que no me parece tan terrible estar en una silla de ruedas. Amigas de mi edad no tengo, eso es cierto. Pero tampoco me importa porque lo que hacen las muchachas de hoy en día en su tiempo de ocio me parece bastante temerario. ¿Qué sentido le encuentran a esquiar, por ejemplo? El otro día dijeron en la radio que había aumentado la tasa de mortalidad por culpa de los accidentes de tráfico. Autos que se dirigen en caravana hacia los puertos de montaña en invierno y muchos de ellos no llevan colocados unos artefactos para la seguridad vial cuyo nombre técnico es «cadenas» (fácil de recordar, ¿no?). Entonces, circulando con nieve, estos vehículos resbalan y caen desfiladero abajo. Y todo por intentar llegar a lo que llaman «Estaciones de esquí». No lo entiendo. Yo, aunque pudiera, nunca lo haría. Y mi tía en esto está totalmente de acuerdo conmigo. Y yo con ella, por descontado.
Una vez me invitaron a montar a caballo. Eso fue hace ya mucho tiempo. Diez, doce años, ¿quién puede acordarse de una fecha cuando la vida es un gran mar de olas idénticas, todas del mismo tamaño y sabor? La cuestión es que me invitaron y a mi tía le pareció oportuno. No que montase a caballo, sino que aceptara la invitación y después la declinara pretextando una jaqueca o algo similar. Yo al principio no entendí su maniobra, pero lo comprendí todo en cuanto las personas que me habían hecho tal proposición, al no creer que realmente tuviera un ataque de migraña (según tengo entendido, es una excusa muy vulgar en estos tiempos), comenzaron a sospechar que habían cometido un grave error invitando a una muchacha que no puede valerse por sí misma a realizar una actividad tan peligrosa, y me empezaron a llegar ramos de flores, cajas con dulces y tarjetas que llevaban escrito con una caligrafía digna del más inspirado amanuense renacentista: «Mejórate pronto» y otras frases de idéntico calado.
De más está decir que a raíz de este suceso lo pasamos de locura decorando el salón a juego con las flores que me iban llegando, y que acabamos con los dulces en menos de una semana. Y que vestí de colores mi habitación con esas preciosas tarjetas que de otra manera jamás hubiera recibido, y que mi tía no se cansaba de preguntarme si yo entendía lo importante que era que la gente me invitara a montar a caballo. Y yo le decía que sí y le daba la razón, porque es verdad, es muy importante que sucedan estas cosas independientemente de que al final te atrevas a probarlas o no, porque incluso negándote a ellas por sentido común, te llenan la vida y aumentan la confianza que sientes hacia el ser humano en general y hacia ti misma en particular. Y lo que es más valioso aún: te hacen feliz al menos cinco días completos.

Tengo un amigo que se casó con una chica llamada Ursula. Nunca vi nadie que hiciera tanto juego con su nombre.
Comment by Bernardo — November 29, 2008 @ 3:52 am
En la clase de párvulos de mi hijo había una nena llamada Ursula. Era impresionante ver a una pequeñaja de 4 años con semejante nombre (que me encanta). Mira si era así, que me acuerdo de su cara perfectamente, de su pelito negro ensortijado y de sus carrillos colorados producto de estar siempre corriendo, saltando y demás. No sé si me acuerdo tanto de ella porque la fotografié mucho -a ella y a sus dos hermanos. La madre hizo un álbum entero con mis fotos- o por el nombre tan recio que tenía.
En definitiva: soy de las que piensan que llamarse Ursula hace marca :)
Comment by Barbarita — November 29, 2008 @ 9:22 am
Mi madre queria llamarme Ursula porque le gustaba el nombre, pero no se atrevió al final.
Por cierto me gusta mucho como escribes, seguire leyendote.
Comment by Anonymous — November 30, 2008 @ 6:23 pm
Gracias, Anonymous :)
Comment by Barbarita — November 30, 2008 @ 8:21 pm
No, si lo que es un don es tener una tía así.
Comment by pal — November 30, 2008 @ 10:13 pm
:) :)
Comment by Barbarita — November 30, 2008 @ 10:16 pm
Una de las polacas que trabaja conmigo se llama Ursula. Y te aseguro que eso no la convierte en mejor persona :)
Comment by Candela — December 2, 2008 @ 12:59 am
Y no, claro, no tiene por qué. Pero seguro que por donde pasa deja huella!!!
Comment by Barbarita — December 2, 2008 @ 1:02 am
Para nada. Jamas conoci persona mas insipida. La que deja huella es Marta, la otra polaca -y mi supervisora-, por la mala leche que tiene, mas que nada. Y por lo que traga (de comida, digo). Se acaba de zampar un plato de habichuelas con una salsa que es como la fabada -y aqui no son aun las 11 de la mañana!
Comment by Candela — December 2, 2008 @ 12:03 pm
Bueno, alguna excepción tenía que haber :)
Lo que me resulta curioso es que para ser polacas las dos tienen nombres muy fáciles de pronunciar.
Comment by Barbarita — December 2, 2008 @ 2:18 pm
Ursula Csernocsea y Martha Maninsckysce?
Comment by pal — December 3, 2008 @ 8:22 am
:D
Es verdad, Pal, ya no me acordaba que en Polonia también usan apellidos!!
Comment by Barbarita — December 3, 2008 @ 11:43 am
Marta Baraniak y Urszula Gajowniczek, lo que pasa es que ella escribe Ursula sin la z.
Comment by Candela — December 3, 2008 @ 1:59 pm