Últimamente pienso en esto: ¿cómo hace la gente para tener… pongamos 50 años, y estar contenta? ¿Cómo puede uno pasarse cinco décadas observando el mundo, la gente, la vida, y sentirse complacido? Es algo que hoy por hoy no me explico, y cada día me explico menos.

A veces me da por pensar que fingen. Me da por imaginar que una abuela simula felicidad para sus nietos porque los quiere. Que no puede actuar con naturalidad por conmiseración hacia ellos, por respeto a su inocencia, por salvaguardarlos de la realidad —del mecanismo interno de las cosas— unos años más.

Me figuro a esas abuelas maravillosas con sus trucos a cuestas, tirando del carrito de la compra o cosiendo disfraces a las hijas de sus hijas, aparentando que la Tierra es un buen lugar donde ser persona. Con sus ficciones cotidianas para niños, para nueras, para vecinas, dando una mano de pintura al mundo y tratando de hacerlo más confortable a los demás, siendo ésta la única forma que tienen de mantenerse ellas mismas a flote.

Quizá este razonamiento parezca cínico pero es la única explicación que encuentro a tanta sonrisa, a tanta amabilidad, a tanta esperanza de quienes ya vivieron lo preciso para saber que el ser humano es un proyecto erróneo. Y me pregunto si no será que al final todos tenemos una abuela adentro, una cuidadora vocacional que pone en marcha sus artes, sus mentiras, en cuanto nota que los cimientos del lugar en el que vive se agrietan.

A mí a los 50, si todavía sigo en el mundo, me gustaría que me saliera la abuela prestidigitadora que presupongo innata en cada uno de nosotros. No por los nietos que quién sabe si alguna vez tendré ni por los demás, sino por mí misma. Porque la capacidad de ignorar la realidad de una forma consciente y sistemática me parece una gran proeza. Porque vivir como si cada cosa que sucede tuviera fines distintos, consecuencias mejores, porqués mucho más inocuos, sin duda ha de ser más atractivo y más cómodo.

Yo quiero ser una abuela de esas. Desde ya lo quiero, pero me está costando…