En el colegio yo ya era así como soy ahora: abría la boca y perdía amistades.
Era una habilidad que tenía y que aún mantengo sin mucho esfuerzo. A veces lo hago a propósito y a veces no, pero por lo general acabo jugando sola en el patio.
No es algo que me importe mucho porque me gusta estar sola. Como no soporto la imbecilidad ni el borreguismo, en el fondo es un alivio caer mal allá adonde voy.
Un día me pasó lo siguiente: estaba sentada en una parada de autobús y se me acercó una vieja. Me empezó a hablar de cosas banales hasta que de pronto me dijo: te voy a dar un consejo. Yo no me había pronunciado en nada todavía, sólo le había dirigido alguna sonrisa de persona paciente mientras la escuchaba, así que no sé de donde sacó que yo necesitaba su asesoramiento. Pero la cuestión es que me dijo que me iba a dar un consejo y me lo dio. Me sugirió que cuando alguien me preguntase algo, por ejemplo si me gustaba su vestido o su peinado, yo no le dijera lo que en realidad pensaba, sino lo que la otra persona quería oír. Que le dijera siempre que sí, me gustara o no su aspecto. Porque total, yo no iba a ganar nada siendo sincera en mi respuesta, y sin embargo podía poner muy triste al otro. Que no valía la pena incomodar a nadie en cuestiones que no tenían ninguna importancia, porque nunca se sabe hasta qué punto una observación negativa puede ser crucial.
Durante algún tiempo me estuve preguntando por qué la vieja me recomendó hacer eso. Era una vieja muy bien vestida y no parecía que estuviera loca. De esto hará unos seis o siete años, y fue en una parada de bus que hay en la Travessera de Dalt, muy cerca de la calle Verdi. Yo esperaba el 24 y ella no esperaba nada, porque después de hablar conmigo se marchó muy tranquila para su casa.
Ahora pienso que se me acercó porque dejando aparte que a todas las señoras mayores les encanta entablar conversación con gente que camina raro, ésta tenía una especie de radar para detectar a los que no se integran por falta de entusiasmo hacia la tontería ajena. Una anciana visionaria que se apiadó de mí más allá de mis muletas, y quiso facilitarme la vida en aquella parcela que no quedaba cubierta ni por la medicina ni por los servicios sociales.
Fui amable con ella, le agradecí su charla. Me gusta la gente que se atreve a dar consejos a desconocidos sin venir a cuento, arriesgándose a que le suelten cuatro frescas. Me gustó también porque mientras hablamos ni una sola vez mencionó a Cristo ni a Jehová ni me dijo que ella estaba mucho peor de salud que yo (tres clásicos en las de su especie). Me gustó porque hay que ser osada para tener ochenta años y andar por la calle haciendo encomio de la hipocresía de forma tan poco hipócrita.
Sin embargo, no he hecho el menor caso de su sugerencia. Es un trabajo demasiado arduo para mí. Decir todo el tiempo lo que la gente quiere escuchar es vivir en un almuerzo eterno con los suegros. Además, ese ejercicio requiere de sesiones de peluquería que no estoy dispuesta a costearme. Requiere de lápiz de labios, de ropa nueva y a la moda, de viajes en el AVE. Requiere haber leído libros de gente que no piensa, requiere no ser crítico, requiere despojarse del sentido del humor. Precisa de un amiguismo de parvulario a punto de caducar cada media hora, de la condescendencia que le tendrías a una madre enferma. No. Es mucho trabajo eso para mí. Siempre lo fue y ahora estoy más vaga que nunca.
Pienso esto y lo escribo, porque imagino que alguien habrá —algún lector, quizá— a quien le ocurra algo similar y sea la oveja negra en su lugar de trabajo. Alguien de quien muchos dirán: parecía otra cosa cuando lo conocimos. Alguien a quien sus cuñados llamarán amargado de mierda, siempre a sus espaldas, cuando las reuniones familiares terminen. Pienso esto y lo escribo, porque estoy convencida de que somos muchos los que jugamos a solas en nuestro propio patio y jamás, pero jamás de los jamases, fundaremos una asociación.

Al final en la ciudad eras más sociable :)
Comment by Bernardo — November 19, 2008 @ 4:08 am
Sí. Pero aquí cuando estoy triste me voy al parque a mirar qué cosas raras hace la gente.
Comment by Barbarita — November 19, 2008 @ 7:48 am
Me lees el pensamiento… Somos los solos del mundo… y a mí qué?
Aunque por cierto, ya tengo cita en el psiquiátrico de Ciempozuelos…
Comment by suigeneris — November 19, 2008 @ 7:49 am
No sé yo si te va a venir bien el psiquiátrico, Sui. Dicen que el patio de allí siempre está lleno.
Comment by Barbarita — November 19, 2008 @ 7:55 am
Bueno, mientras no vengan a darme consejos los demás internos…
Comment by suigeneris — November 19, 2008 @ 8:26 am
Yo soy famosa por lo sincera, y eso en Alemania! La verdad es que esto es una de las ventajas de este país, los “desubicados” hacemos nata.
Y no, no solo no estoy, ni nunca lo estuve, sola en el patio.
Jugar en el patio no es un problema, será que siempre me quedo justo con las sinceras - llamémoslas así, ok- son más cómodas.
Claro que debes aguantar de vuelta, pero cosa de respetarse la dignidad y ya. Yo digo les digo lo que creo y acepto que me digan lo que piensan.
He aprendido a no estar de acuerdo y a irme yo si no me gusta. No es que no sea capaz de sentirme herida, claro que lo soy! pero también soy capaz de pensar: tu opinión, viejita, yo te doy la mia - si me la pides- y tan a gusto.
Soy muy capaz de terminar relaciones, pero soy también capaz de no dar batallas que no me interesan, que muchas veces se parece a mantenerlas.
El patio está lleno de gente así, y andamos juntas, porque somos las únicas que nos aguantamos.
En el fondo es una característica como hay muchas otras, conozco las que se juntan a recitarse su poesía, y las que hacen macramé. Una base como otra cualquiera para relacionarse.
Comment by pal — November 19, 2008 @ 9:29 am
Bueno, Pal, pero tu caso es bastante diferente, disfrutas de tu sinceridad. Quizá porque es compartida, no sé. A mi me ocurre que en el fondo estoy de acuerdo con la vieja de la parada del bus, pero me resulta muy difícil llevar a cabo su consejo. Me quema la vida tener a una tonta del haba al lado con un perro pequinés que se cree que es la octava maravilla del mundo porque lo lleva a la peluquería y lo viste con chaleco, y no acabar diciéndole que su bicho me parece repelente y que lo saque ya mismo de encima de mi sofá. Pero haga lo que haga me siento como el culo. Si no se lo digo, los esfuerzos que me supone mantener la boca cerrada terminan con mi salud mental, y si se lo digo, acabo sintiéndome una bruja. Solución: que no me visiten. Pero a la larga esa es una mala solución. Lo ideal sería poder reírle las gracias al perro y a la dueña sin esfuerzo alguno, como proponía la anciana de la Travessera de Dalt, y todos contentos.
Comment by Barbarita — November 19, 2008 @ 10:46 am
Uf! pero es que eso es casi una prueba del señor… eso no puede ser normal!
Si, acá ayudan las ventanas de doble vidrio. Entre otras aislaciones que tienen las construcciones y las personas.
Un perro en TÙ sofá! Lo que me faltaba! La echaba cagando! … vente a vivir acá Barbie, te lo vengo diciendo desde hace rato, acá llamas a la policía si la vieja viene con un perro a tu casa sin que tu lo invites, tampoco en los restaurantes (lo vi en restaurantes en Mallorca) se pueden entrar perros. Por ponerte un ejemplo.
Ay! Barb es que me imagino la escena y me da tristeza por ti. Nada peor que los vecinos sin distancia.
Te arrepientes del cambio de casa?
Te lo digo porque yo tuve una vecina así- me saludaba cuando yo salía desnuda de la ducha. For example. Ella desde MI patio…- y fueron tiempos MUY duros para mi… cuando me acuerdo me doy pena hasta yo.
Comment by pal — November 19, 2008 @ 1:09 pm
No, no, no, Pal, no me he explicado bien. Cuando he dicho “al lado”, me refería a “sentada a mi lado”. La del perro no es una vecina, es una pariente que viaja 70 kilómetros para venir visitarme porque “es estupendo que ahora estés más cerca”. Horror. Antes la tenía a 130 km. y ahora solo a 70. Pero no me arrepiento de haberme cambiado de domicilio, eso no. Total, cuando estaba en Barcelona también venía con el perro, y una vez justamente nos pasó eso que dices. Nos echaron de un restaurante por culpa del chucho. Casi la mato. Me hizo ir caminando hasta el sitio y una vez allí nos tuvimos que volver a casa porque evidentemente no íbamos a exponernos a que nos largaran de otro restaurante más. Y mira que se lo dije: con el perro no vamos a poder estar. ¡Me acuerdo y me entran instintos asesinos! Algún día tendré que escribir sobre esta mujer, y sospecho que va a salir algo muy feo. He sido con ella lo más antipática que se puede llegar a ser sin utilizar palabras malsonantes, y nada. A la que me descuido ¡zas!, ahí la tengo de nuevo tocando el timbre con el perro ladrando en primer plano. Uff!!
Comment by Barbarita — November 19, 2008 @ 1:53 pm
Pues parece que hayas escrito la entrada pensando en mi, pero mira, hoy hasta me he sabido refrenar, porque tenia mucho mas que decir a gente que hay por ahi que no se entera de sus propias limitaciones, pero en fin… menos val que veo que lo escribiste ayer, de lo contrario te juro que habira sido por mi. Totalmente. Pero es que yo no se como ni cuando callarme. Y lo mas importante: por qué tengo que hacerlo si no me da la gana.
Comment by Candela — November 19, 2008 @ 3:20 pm
No, es que no debes hacerlo, Candela. Al menos mientras te divierta o te haga sentir bien. Yo también me he percatado de que estos días, en algunos sitios, se está sufriendo un brote de idiotez elevado al cubo. Supongo que por eso me he acordado de la vieja con radar.
Comment by Barbarita — November 19, 2008 @ 3:59 pm
Yo no tengo ese problema, todos me dicen que soy muy bueno, inteligente y hermoso, y me lo dicen de forma sincera, entonces yo también les digo a todos (sinceramente) “que buenos observadores son todos!!!!, que inteligentes, que hermosos!!!” y seguimos jugando todos juntos, contentos de nuestra sinceridad.
Comment by interior — November 19, 2008 @ 4:18 pm
Grande, Inte!!!! Tú sí sabes relacionarte!!!!
Si algún día te decides a impartir un curso por internet de “Cómo jugar con más gente en el patio”, avisa que anotaré a mi pariente, la del perro pequinés, para que esté ocupada y se olvide de venir a verme.
Comment by Barbarita — November 19, 2008 @ 4:46 pm
Esa gente si es rara… a mi me perseguía una para quejarse después con otra que me preguntaba porque yo la trataba mal a esta, la primera. Le dije bien claro, a la segunda, que no podemos caernos todos bien unos a otros, y si yo no soy su amiga, ni nunca lo he sido por qué tendría que contenerme cuando ella me decía cosas como que cuando tenía sexo con su marido era una cosa tan espiritual que se sentía volar, que no tenía nada de carnal… y si yo ni la conocía!!! tenía que admirarle mucho la vida sexual o qué??? Y dele volver y contarme otras cosas.Hay gente sincera y hay masocas. Será.
Ahora cuando la impertinente es un familiar… que decisión, qué momentos…
ps: Uf! estoy leyendo cosas muy serias- o sea no entiendo a la primera- y me paso acá al computador, por eso respondo tanto… disculpa. Eres mi único contacto con la humanidad hoy. Que responsabilidad que llevas! La del perro y ahora yo. Ànimo!
Comment by pal — November 19, 2008 @ 9:33 pm
¡Pal, me acaba de dar un ataque de risa por tu culpa! Y sí, ya es del todo extraterrestre esa gente que cuenta su vida íntima a los que ni siquiera son sus amigos. Me pregunto qué esperan de los otros cuando hacen esas cosas. A mí personalmente nunca me ha pasado algo así, pero si me ocurriese, en venganza lo escribiría todo en este blog y lo publicaría sin corregir siquiera, ¿será posible? ¡Qué gente tarada hay por el mundo!
Comment by Barbarita — November 19, 2008 @ 9:52 pm
Yo nunca tuve grandes amigos ,solo una en mi vida ,total es la unica que me aguanta.
Comment by yoli — November 25, 2008 @ 11:17 pm
Si le molesta que digan a sus espaldas que es una amargada de mierda, pues faltaba mas: yo le digo de frente, señora, que usted es una amargada (y frustrada) de mierda.
La sinceridad es buena, doñita.
Comment by Laura-cr — August 20, 2009 @ 7:21 pm