La gente me cae mal. Yo sé que debería poner un remedio a ésto, pero no lo hago. ¿Por qué? Pues porque en cuanto trato de que alguien que me resulta antipático me caiga un poco mejor, me encuentro a mí misma recurriendo a los refranes, sonriendo sin ganas, contando anécdotas desestructuradas que no tienen la menor gracia, y me pongo de un humor tan pésimo que me dan ganas de sulfatarlos a todos.

Incomprensiblemente, desde que estoy en la casa nueva la gente me sigue cayendo igual de mal. Yo creía que residir en una población de 483 habitantes iba a hacer que viera a la poca humanidad que se me cruza en el camino con ojos más optimistas. Pero no, las personas me resultan igual de insoportables en una ciudad de 2 millones de seres que en esta especie de Bolsón Cerrado en el que vivo.

¿Por qué me sucede ésto? Es algo que me pregunto a menudo. ¿Me estaré haciendo ya muy vieja? ¿Es posible que dentro de unas semanas comience a espiar a los viandantes por detrás de las persianas bajas? ¿Gritaré cosas feas a los niños que, inocentes, asoman sus cabecitas desde el otro lado de la tapia? ¿Me quejaré del precio del pan a la panadera y le pagaré hurgando en el monedero como si los céntimos que me reclama fueran los últimos que me quedaran en la vida?

Me gustaría poder decir a todo no. A todas estas preguntas, no. Pero no estoy nada segura de que no vaya a ser así como me lo planteo. La gente me cae mal y cada día me cae peor, lo que me lleva a pensar que en cualquier momento estaré encantada de atropellar a un ciudadano de mi localidad con una de las ruedas traseras de mi silla y pasarlo en grande. Lo haré disimuladamente, eso por descontado, y luego me disculparé ya que nunca se sabe quién puede andar por la calle cuando necesite que me den un empujoncito para salvar un bordillo. Pero lo haré a propósito y sin que la víctima se lo haya merecido de un modo directo. ¿No encuentra el lector que soy horrenda como vecina?

Lo soy, lo sé, pero no puedo evitarlo. Porque como ya he dicho más arriba e incluso en el título de este escrito, la gente me cae mal.

No, qué digo. Mal, no: fatal.