Desde hace aproximadamente tres años sigo la vida de una ciudadana española cuyo nombre de pila y primer apellido son iguales a los míos. Tengo acceso a su intimidad através de su (mi) cuenta de gmail. Es decir, poseemos la misma cuenta de correo electrónico: la suya, con nuestro nombre y apellido escrito todo junto; y la mía, con las dos mismas palabras pero separadas por un puntito de nada.

Esa cuenta la saqué en los albores de gmail y debía de faltarle algún hervido aún al invento porque el sistema —según cuenta él mismo cuando le pides explicaciones por el error— entiende que fulanitoperez@gmail.com y fulanito.perez@gmail.com es una sola cosa y por eso manda los correos indistintamente a las dos cuentas. Lo curioso del caso es que tanto a mi melliza de nombre como a mí se nos permitió registrarnos sin que nadie avisara a la segunda de que ese usuario ya estaba inventado.

En realidad, no tengo la menor idea de cual de las dos fue la primera en apoderarse de nuestra bandeja de entrada compartida, pero lo que sí sé es que yo, gracias a mi escasa vida social y a mi fobia a utilizar el correo electrónico, apenas había mandado ni recibido emails cuando de repente me empezaron a crecer amigos nuevos, y empecé a ser la diana del correo de gente que no conocía de nada, hablándome de temas difíciles que sólo había visto en los documentales de la dos.

En un primer momento, para qué negarlo, me sentí bastante molesta con el hecho de que en mi casilla de correo hubiesen aterrizado tres o cuatro cartas que no iban dirigidas exactamente a mí, y las eliminé sin pensar nada más. O quizá sí pensé algo, quizá pensé: este sistema está aún en fase beta, así que debe ser normal que tenga fallos. Pero no me ocupé más de ello. Sin embargo, al día siguiente tenía en mi carpeta de recibidos a una cuñada desconocida y muy charlatana, hablándome de mi hermano y del cumpleaños de mi sobrino. No. Eso no podía ser, me dije. Me mandaba fotos y todo. Vivían lejos y preguntaban si iba a ir el mes próximo a visitarlos ya que mi padre estaba realmente mal de salud.

Leí el email y estuve a punto de hacer dos cosas. La primera, responder y decir que por favor dejaran de comunicarse dentro de mi casilla, que aplicaran algo de pudor y se llamaran por teléfono para tratar esos temas familiares íntimos y aburridos, o bien utilizaran una cuenta de email que no fuese la mía. Y segunda, darle al botón de eliminar. Pero no hice ninguna de las dos. Lo pensé mejor y decidí que esa casilla no la iba a utilizar nunca como medio de comunicación, pues sospechaba que de la misma forma que el correo entrante de mi tocaya me llegaba a mí, mi correo —si ocurría que algún día alguien me escribiese, no sólo que me enviaran powerpoints con fotos de atardeceres— con toda seguridad también le llegaría a ella. (Astuta que es una.)

Por lo tanto, esa cuenta de gmail la dejé única y exclusivamente como puerta a la vida de otro, y de vez en cuando entro y me pongo al corriente de lo que le acontece a la mujer que lleva mi mismo nombre. Y es interesante porque sé su profesión, donde trabaja y para quién trabaja. También conozco a algunos de sus amigos (van mucho a la peluquería y viajan en avión cada dos por tres), he leído los curriculums de las personas que compitieron por el puesto de secretario personal de ella (yo tenía mi aspirante favorito, un chico que había trabajado como crupier en Mónaco y sabía japonés a nivel conversación, pero ella —no sé por qué— prefirió a una chica venezolana). Pude conocer el texto que uno de sus hermanos escribió y leyó en el funeral de su padre (finalmente falleció), y he de decir a propósito de esto que a pesar de que todos en esa familia son gente de un gran nivel cultural, el texto tenía 23 faltas ortográficas.

Por otra parte, una de las cosas que más entretenida me tuvo durante semanas fue ver las fotos de las viviendas que una inmobiliaria de Madrid le (nos) enviaba, pues al parecer mi melliza necesitaba cambiarse de casa con urgencia. Pisos céntricos de 1.500 a 1.800 euros al mes con escaleras de mármol. También fue muy interesante conocer sus hobbies: está suscrita a algunas listas de correo sobre cine, al newsletter de ciertos canales de TV, colabora económicamente con un refugio de animales y es católica practicante. También recibe un boletín de noticias de Ikea, gracias al cual conozco su nombre completo, que a decir verdad es mucho más largo y vistoso que el mío.