En uno de mis tantos trabajos como furgonetera para empresas de reparto conocí a Edgar. A Edgar le pasaba lo siguiente: era pelirrojo y estaba enamorado. Tenía veintidos años y quería irse a vivir a la montaña, a una isla o a un barco. También tenía la cara más bonita que había visto en mi vida y como me recordaba vagamente a la de un Cabbage Patch Kids, yo lo llamaba Cabish.
Cabish vivía con sus padres y una hermana dos años mayor que él en un tercer piso de la Travessera de Dalt. Cuando le preguntabas por qué se quería ir de su casa y por qué estaba trabajando en aquél asco de empresa siendo que su familia se dedicaba al negocio inmobiliario y estaban hartos de dinero, él ponía cara de cansancio infinito y no respondía nada.
Hacía ya algún tiempo, en una de las paredes de su cuarto, Cabish había pintado una Última Cena. Y una noche que me había invitado a subir a su habitación (después de terminar el trabajo y después de visitar varios bares), intercambiamos pitufos de goma que aún conservábamos de nuestra infancia. Lo estuvimos haciendo ante Jesucristo y ante los Apóstoles, y esto nos produjo una felicidad alcohólica espectacular. La mañana anterior habíamos cerrado un trato: él me regalaba la pitufa bailarina y yo le regalaba el pitufo bebedor de cerveza. Su madre entró en el cuarto justo en el momento del trueque y nos descubrió allí, muertos de risa, entregados a nuestra inocente transacción azul, y de repente vimos que se echaba a llorar. Nos quedamos rígidos los dos, sin saber qué hacer ni qué decir. La mamá parecía conmocionada, desesperada, le imploró al hijo que no se deshiciera de los muñecos, que no me los diera todos. Cabish titubeó y se trabó al hablar. Se lo veía contrariado pero enseguida se repuso y le dijo que estuviera tranquila, que no se deshacía de ellos, que sólo estaba intercambiando uno conmigo para tener un recuerdo mutuo. Por si algún día la vida daba un giro inesperado y dejábamos de vernos. Algo así.
La madre asintió intentando aparentar alivio, sonrió un poco entre hipos y se acercó más a nosostros. Llevaba unas gafas enormes. Luego nos dio un beso a cada uno y salió del cuarto. Cabish entonces me pidió disculpas, y yo le dije que no había nada que disculpar.
Un par de meses depués yo cumplía veinticinco años y para ese día aún conservábamos nuestros trabajos. Eso suponía un record y fuimos a celebrar ambas cosas. Invité a más personas a la fiesta, a otros compañeros de nuestro mismo equipo con los que también me gustaba estar, pero en un momento dado necesité alejarme del ruido, necesité algo de intimidad con Cabish. Le dije: voy al aseo, ¿me acompañas? Él respondió que sí y subimos por una escalera muy angosta. Cuando nos metimos en el baño cerré la puerta y me eché a llorar en una reproducción exacta de la escena protagonizada por su madre el día del intercambio de pitufos. Le dije que no guantaba más, que yo también necesitaba irme de mi domicilio, pero que no quería acabar en una cochambre de sitio, sola, ni en un lugar donde la gente me diera miedo. Que quería algo normal, alquilar un piso por mi cuenta o compartirlo con otros, pero que fuesen personas en quienes pudiera confiar, y dejar de una vez por todas al engendro con el que estaba emparejada. Hacer una vida común y corriente.
—¿Lo entiendes, Cabish? —pregunté.
Él no respondió a eso porque lo habíamos hablado montones de veces.
—Si yo fuera un hombre —me dijo— te raptaría. Te llevaría a un lugar con palmeras y sólo saldríamos de la cama para cambiar el disco en el reproductor de CD. Pero teniendo en cuenta que no lo soy, lo único que puedo hacer es ofrecerte el dinero que tengo ahorrado para mi fuga.
Cabish estaba enamorado de un tatuador que vivía en la Costa Brava y no era correspondido. Como no tenía otra forma de estar con él que actuando de cliente, la mitad de su espalda ya se había convertido en un álbum. Y a juzgar por cómo se veía el asunto —que en ningún momento había llegado a ser realmente un asunto—, la tinta iba a continuar extendiéndose. Le dije que no pensaba aceptar ese dinero. Le dije también que podríamos probar a irnos los dos a algún sitio, si él quería. Compartir vivienda, gastos. Todo eso que se suele hacer.
Cabish se apoyó de costado contra el lavabo, cruzó las piernas, bajó la cabeza y trató de mirar hacia arriba. Cuando hacía eso y el blanco de sus ojos se veía rosado, es que estaba intentando pensar con claridad entre la bruma. Lo sopesó unos segundos más antes de responder:
—Podríamos.
Semanas más tarde alquilamos un ático tirado de precio que se hallaba casi en ruinas, y allí que nos fuimos. El problema —y al mismo tiempo la alegría— de vivir juntos era que nos pasábamos las noches hablando de hombres que nos gustaban o mirando vídeos de nuestros grupos favoritos, o ambas cosas a la vez. Dormíamos poco y a la mañana siguiente había que levantarse temprano, por lo que en medio de eso, un día estampé la furgoneta contra un coche aparcado y no tuvimos una idea mejor que huír y no dejar aviso. No fue nada grave, pero nos pescaron desde lejos y nos tomaron la matrícula. Al cabo de unas horas alguien llamó a la oficina explicando lo de nuestra «acción sin calificativos», y si no nos despidieron a todo el equipo en ese mismo instante fue porque estábamos en plena campaña y éramos absolutamente necesarios, que si no, lo habrían hecho con el mayor de los gustos.
Cabish, para estupor mío, llevaba ya varios meses repartiendo completamente ebrio y no lo parecía. Entregaba más muestras de detergente que nadie, casi volaba por los rellanos de los edificios y cobraba muy buenas primas. La jefas —madre e hija con abrigos de pieles— lo adoraron desde el principio porque se le notaba el pedigrí, porque era un querubín educado, de cabello lanudo, enomes ojos color avellana y pecas. Alguien que había leído más de tres libros en su vida y siempre tenía una frase amable para decir. Pero a pesar del afecto de clase que le profesaban, una tarde se hartaron de él y de su alcoholismo discreto, y le hicieron firmar el finiquito. Yo me lo hubiese tomado bastante mal, pero a Cabish la pérdida del empleo no le afectó ni un poco. Se sentó en la puerta del almacén a beber directamente de la botella de Jack Daniels que llevaba en el bolsillo, y cuando yo salí junto al resto de compañeros, se limitó a preguntarme la hora. Nada más.
Eso sucedió un jueves y al día siguiente dijo que se iba a la costa. Abrió una carpeta y me enseñó el dibujo de un delfín.
—Este va a ir sobre los dados, ¿qué te parece?
—Bien —dije. Y lo rodeé para echarle un vistazo rápido a los omoplatos. Vi los dados, y debajo de ellos una ola, y un poco más allá su año de nacimiento en números romanos.
—A lo mejor no vuelvo —comentó—. Dependerá de cómo me vaya este fin de semana… con él.
—Claro, lo entiendo —dije. Pero pensaba que le iba a ir del todo mal, porque el tatuador tenía una esposa rubia con grandísimas tetas de silicona y un nene de tres años.
Guardó el dibujo de nuevo. Me abrazó como si se estuviera despidiendo de mí en la seguridad de que no nos íbamos a ver en mucho, mucho tiempo, y añadió:
—Si ves que el lunes a la noche aún no he regresado, puedes hincarle el diente a lo mío.
Me hizo gracia. «Hincarle el diente a lo mío»… si hacía por lo menos una semana que su parte de la nevera estaba limpia, si no comía nada. Sólo bebía y hablaba sin parar de hombres, de cuerpos, de músculos. De lo que haría con el tatuador cuando un día se quitara la máscara frente a todos, cuando admitiera que lo amaba únicamente a él y que su matrimonio no había sido más que una farsa, etcétera, etcétera.
—Si fueras más alto intentaría retenerte —dije—. Obligarte a que me llevaras a un lugar con palmeras donde no quisieras salir de la cama excepto para cambiar el disco en el reproductor de CD. Pero como no lo eres, sólo te deseo buena suerte, una nueva transacción azul que te haga reír de veras, y menos tinta en tu espalda.

Qué manera de escribir… me dejaste frita.
Cuando me reponga talvez venga a decir algo… a lo mejor sigo muda. Era para informarte nomás.
Comment by pal — July 18, 2008 @ 1:16 pm
:)
Comment by Barbarita — July 18, 2008 @ 8:55 pm
Brutal :), acabo de llegar a estos lares y ya me has dejado frito ^^, sigue así!
Comment by nuagee — July 20, 2008 @ 2:47 pm
Gracias, Nuagee :)
Comment by Barbarita — July 20, 2008 @ 9:57 pm
Que duro el amor a veces. Me he quedado pasmada. Que bárbara manera de escribir.
Comment by Sol — July 22, 2008 @ 9:47 pm
Gracias, Sol :)
Comment by Barbarita — July 22, 2008 @ 11:41 pm
Esto va para el segundo libro. Con una amiga que escribe así, estoy pensando en poner una editorial.
Comment by Ginger — July 24, 2008 @ 1:00 pm
:) :)
Comment by Barbarita — July 24, 2008 @ 4:45 pm
Eres una de mis ídolas.
Comment by M — July 25, 2008 @ 4:24 am
O_o ;)
Comment by Barbarita — July 25, 2008 @ 9:45 am
Wow, parece una historia de amor que nunca se concreto en reglas generales. Creo que ya te lo dijeron arriba, de todas maneras, genial forma de escribir.
Comment by Nehuatl Itzia — July 27, 2008 @ 12:26 am
¿Puedo decirle que me gustó mucho el blog y que la felicito?.
Voy a linkear este blog ahora mismo, porque se lo merece.
Saludos,
L.
Comment by Lucas — July 27, 2008 @ 2:51 am
Gracias, Nehuatl Itzia :)
Lucas: visité tu blog ayer y me mataste de risa. Así que gracias por partida doble :)
Comment by Barbarita — July 28, 2008 @ 7:48 am
historia zarpada…voy a pasar más seguido a leer por acá…
saludos.
Comment by LooK Ass — July 28, 2008 @ 4:41 pm
:)
Comment by Bernardo — July 28, 2008 @ 11:36 pm
Como el buen vino.
Comment by Toro — July 30, 2008 @ 2:59 pm
La Canoura cada vez canta mejor y vos, cada vez escribís mejor.
Besos y placeres
Comment by DudaDesnuda — July 30, 2008 @ 7:01 pm
LooK Ass: bienvenido :)
Ber, Torín y Dudis: beso :)
Comment by Barbarita — July 30, 2008 @ 10:23 pm
Te agregue a mis favoritos para seguir leyendote, me gusta leer, pero ya me canso de la vista así que lo hare poco a poco. Felicidades, atrapas con tus historias
Comment by MAMA — August 2, 2008 @ 4:55 pm
Me gustó el cuento, pero creo que a todos tus lectores nos inquieta el final abierto, el desconocer la resolución del conflicto principal: ¿te quedaste con todos los pitufos?
Comment by Martín — October 3, 2008 @ 6:24 am