Recuerdo haber escrito sólo una vez por obligación, y ni siquiera fue en castellano. Tenía que redactar algo para sacarme el Graduado Escolar y decidí hablar sobre la sequía que azotaba Barcelona aquél mes de junio. Conociéndome, todavía no sé cómo fui capaz de ir tirando del hilo hasta llenar un folio con un tema que no me interesaba lo más mínimo.

Dije muchas cosas sobre la sequía. Supongo que como en la tele no hacían más que tratar el asunto y lo tenía bastante oído, me fingí locutora de un noticiario TV3 y empecé a largar como una condenada. Imagino, también, que ser consciente de que no sabía nada de geometría, de que no había logrado aprender cómo se resuelve una ecuación, y de que para situar montes y ríos tampoco me sobraba el talento, me llevó a concentrar todas mis dotes de charlatana en aquél texto bobo.

La sequía. No recuerdo nada en absoluto de lo que conté, pero sí recuerdo que mientras lo escribía en mi cabeza se iba trazando la figura de una fuente seca, desconectada. Y que todo a mi alrededor se hacía cálido, sofocante y de color amarillo, como si un mediodía creciera en el papel a fuerza de cocerse en el interior de un horno.

Hasta ese momento nunca había escrito nada sobre lo que no tuviera una palabra que decir, y nunca más he vuelto a hacerlo. Y no porque no quiera sino porque no me sale, cosa que me fastidia bastante. En realidad, me encantaría ser una profesional de lo hueco, de lo ligero, de lo inconsistente, como esa gente que tiene una opinión cada día para dar. Me encantaría porque yo, que me paso la vida pensando —ya que es la única actividad que no me supone un esfuerzo físico—, nunca llego a tantas conclusiones. Y mucho menos a conclusiones que desee compartir con los demás.

Y sí, ya sé que esto es un problema exclusivamente mío y de algunos fóbicos sociales que no se drogan lo suficiente. Que la gente en general habla y habla en las reuniones con amigos y pregunta cosas que no le interesan un ápice sólo por evitar el silencio, y son felices. Que casi todos dicen lo que creen que creen que está bien que los demás crean que creen (como yo, el día que escribí mi redacción sobre la sequía) y eso es lo normal. Pero a mí todo este proceso tan gimnástico me cuesta un mundo porque, como ya he dicho en infinidad de ocasiones y no es broma, soy muy pero que muy vaga… y antes que hablar por hablar, casi siempre prefiero dormir por dormir.