No hace mucho estuve en una actuación de Xavi con una de sus bandas. Fui con unos amigos, pero una vez dentro de la sala me quedé aparte porque ellos preferían mantenerse atrás, junto a la barra, y yo para poder ver algo he de ponerme delante de todo o termino contemplando sólo los culos de la gente.

Estuve todo el concierto allí, en primera fila, y se podría decir que conocía al 50% de la concurrencia: fans del grupo, amigos propios, amigos de amigos de amigos, otros músicos, etc. De toda esa gente a la que me une algún tipo de relación, por más leve que sea, nadie se extraña si me ven pulular sola de un lado a otro y nadie piensa que me pase nada raro. Si necesito cualquier cosa, saben que voy y la pido y ya está.

Pues bien, el día en cuestión ocurrió lo siguiente: siempre hay un momento hacia el final del show en que el cantante anima al público a que se adelante y se sitúe lo más cerca posible del escenario. Una vez allí, como es típico, pide que levanten los brazos y sigan la canción con palmadas y cosas de esas. En estos compases participativos lo que yo suelo hacer es quedarme donde estoy, mientras la gente pasa y se dispone a hacer su parte. Normalmente no sucede nada extraordinario, pero ese día había un tipo que ya llevaba rato mirándome como a tres metros. Un tipo de treinta y pico de años, con mucho músculo y muy poco pelo, y con un concepto —daba la impresión— bastante interesante de sí mismo.

Como digo, llevaba rato observándome pero ni se acercaba ni decía nada. Cuando llegó el momento en que el público se hace protagonista es cuando se movió y se quedó justo a mi lado. El tipo entonces empieza bailotear, a menearse aquí y allá obedeciendo a las directrices que venían del escenario, y en un momento dado se detiene, se inclina haci mí y me dice:

—Aunque vayas en esa silla, puedes levantar los brazos y participar como todo el mundo.

Juro por Dios que pronunció esa frase exactamente como la he escrito. Ya sé que es dificil de asimilar tanta mediocridad en un único ser humano, pero es así. Lo estoy recordando y me agarra tremenda vegüenza ajena.

Tardé bastantes segundos en contestar algo. Lo primero que pensé es ¿se puede ser más imbécil? ¿se puede estar más falto de cerebro? ¿se puede tener menos vista, menos sensibilidad, menos conocimiento?

—¿Qué eres tú, médico? —le pregunté finalmente.

—¿Eh? —me dice. Con el ruido no me oía. Se acercó aún más.

—Que si eres médico. Digo… porque como me acabas de hacer un diagnóstico…

—No, mujer. Lo que quiero decir es que te animes.

—Estoy muy animada —le contesto. Y pienso: al menos hasta que has aparecido tú con tu imbecilidad congénita.

—Pues a ver, que se note —y me enseña una sonrisa de anuncio de dentrifrico mientras empieza a hacerme aspavientos con las manos delante de la cara, como para mostrarme la forma en que debía moverme.

Me dieron ganas de fusilarlo, de verdad. Si hubiese tenido una silla a motor me lo llevo por delante al desgraciado.

—¡Venga, venga! —insistía el muy cretino— ¡Vamos!

—Oye, ¿quieres dejarme en paz? —le digo, intentando hacerme comprender entre la música y después de comprobar que con sólo la cara de perro no llegaba a ningún sitio—. No voy a ponerme a hacer el mono porque no me sale de los ovarios, ni con silla ni sin silla, a ver si lo entiendes.

Se para en seco y me suelta en tono apaciguador:

—Pero vamos a ver, chiquilla, ¿por qué estás así?

Ahí sí, ya me sacó de mí. ¿Chiquilla? ¿Que por qué estoy, cómo? ¡Encima condescendiente! No sé qué es lo que le estaba pareciendo, pero yo no estaba nada, estaba viendo a mi marido tocar, no ocurría nada más. Me pregunto qué es lo que le pasa a la gente, ¿qué ven? Qué es lo que nos pasa a todos, ¿estamos locos? Habían muchas más personas que se encontraban simplemente escuchando la música, sin agitar un puñetero pie, y nadie les decía como debían moverse, ni les insistían para que «participaran como todo el mundo». ¿Acaso tengo que andar dándole explicaciones a un tipo que no conozco para que se quede tranquilo y me deje tranquila a mí? ¿Tengo que decirle con todas las letras que no voy a levantar los brazos porque no puedo? ¿Se lo tengo que decir, contarle mi vida, además, educadamente? Es que son cosas que no me entran en la cabeza. Luego, cuando se lo cuento a los amigos me suelen decir que me olvide, que no haga caso. Y tienen razón. Pero eso no evita que me pregunte porqué hay tantos imbéciles en el mundo y por qué si de pronto me harto y le suelto al tipo que estoy de los cretinos hasta la peineta, que no se está enterando de nada y que haga el puto favor de ir a interrogar a otra, encima me tache de amargada, como efectivamente pasó.

Es decir, que si un día decides explicar de manera rotunda que las cosas no siempre son lo que parecen, se ofenden. En vez de disculparse o de reflexionar, se molestan. Claro, la respuesta es que son imbéciles, eso ya lo sé. Pero es cansado y desconcertante. Yo también alguna vez me crucé con personas discapacitadas cuando yo misma no lo era y nunca se me ocurrió dar por hecho nada. No sabía de esa gente lo más mínimo, si eran felices o infelices y si eso tenía algo que ver con la silla; si no podían caminar pero podían montar a caballo y ganar carreras, o por el contrario un simple viaje en coche los dejaba fulminados. No sabía nada, podía preguntármelo o preguntarselo a ellos directamente pero no sabía nada, y jamás caí en la indecencia de juzgar.

Gente con desórdenes neurológicos que afectan al movimiento o al habla y que los hacen parecer borrachos o drogados o retrasados sin serlo, cuentan maravillas de todo lo que refiero aquí. Para escribir una enciclopedia de la vergüenza, habría y sobraría. Pero a la gente que anda derecho —salvo raras excepciones— y a los turistas y a los imbéciles, esto les da igual, no van a pararse nunca a pensar antes de abrir la boca porque no lo han hecho en toda su miserable vida.