Me molestan mucho los idiotas. Esto es algo que, me imagino, le debe pasar a todo el mundo. Pero como la gente por regla general tiene familia y entre la familia suele haber siempre algún idiota al que le tienen cariño, disimulan. O aguantan.

Yo soy una privilegiada. Con el paso del tiempo fui perdiendo a toda mi parentela, que ya desde la línea de salida prometía ser bastante escasa, pues mi padre se volatilizó en cuanto yo empecé a ocupar espacio en la panza de mi madre, y con él todo el catálogo de tíos, abuelos y primos a los que se suele denominar «paternos».

Por la parte que no se hizo humo ni huyó despavorida sino gradualmente, conseguí una abuela que me duró casi cuarenta años (todo un record, la verdad), una tía simpática y una señora de la que todos insistían en decir que era mi madre. Yo, como no tenía muy claro que lo fuera, de cuando en cuando preguntaba a mis mayores cómo había sido eso de mi nacimiento, y ellos, supongo que para hacerse los graciosos —o porque no tenían ganas de dar más explicaciones—, me decían que me habían comprado a una gitana por doscientas pesetas.

Doscientas pesetas en aquél tiempo era un dinero, eso es cierto, pero a mí no me parecía un origen muy bonito. Me imaginaba a una pobre mujer en zapatillas tocando de puerta en puerta, intentando colocarme como se intenta colocar media docena de bragas o una ristra de ajos, y se apoderaba de mí una titánica ira infantil. Para solucionar este conflicto, lo que hacía era suponer que me estaban hablando en broma y verlos a todos como unos imbéciles, porque el chiste no tenía la menor gracia.

Cuando fui grande (aunque no mucho) decidí sacar provecho de las circunstancias que se estaban dando, hacerme un favor y aumentarme a mí misma la familia. Una familia que de verdad fuese eso, familia. Nada de gitanas traficantes de niños, nada de misterios. Confieso que yo siempre tuve mucha envidia de mis amigas. No de que fueran más guapas o tuvieran mejores cosas que yo, sino de que disfrutaran de sus hermanos y hermanas, de que en las mesas camillas de sus hogares hubieran fotos de sus padres aunque estuvieran muertos. Pero sobre todo, de que nadie se entretuviera inventando estupideces sobre sus orígenes.

Como ya más de un lector de este cuadernito intuirá, lo de aumentarme la familia no fue una de las mejores ideas que tuve. No, no señor. Porque tratar de que la familia prolifere formando equipo con un sádico no es la manera más saludable de hacerlo. Así que mi familia aumentó (marido e hijo), pero aumentó mal y se desarrolló peor. Son las cosas que pasan cuando nunca antes has escuchado a nadie decir que te quiere: que te lo dice uno, quien sea —pongamos el hijo de puta que peor canta del Universo— y te convence de que le debes la vida. Y se la das. Es así.

Lo que vino después es sencillo: a nada de casarnos el hasta entonces novio atento comenzó a dar muestras de ser un cruce entre el Doctor Mengele y el hermano resentido de Maquiavelo. Esto no lo vi enseguida, claro, fui definiendo el personaje a medida que me fueron cayendo las pistas. Y el nene, que de no haberle sido envenenado el cerebro hubiese resultado un simple idiota de esos que se dan de forma espontánea en casi todas las familias —en el fondo nada peligroso, sólo cansino— ahora es otra pequeña y maligna cucaracha fascista.

Debo sentir felicidad de tenerlos lejos a todos, y la siento. Ha sido un duro trabajo hasta llegar aquí. Las abuelas acaban muriendo, los padres no existen, las madres abandonan, los esposos humillan, los exmaridos intoxican, los hijos odian. Cuando ocurre todo ésto, una se pregunta por fuerza ¿qué está pasando? ¿qué es lo que he estado haciendo mal todo el tiempo, desde que fui concebida? Escribo aquí sólo dos, pero son muchas las preguntas, porque no se puede creer que todo lo peor esté concentrado justo a un paso alrededor tuyo, girando como una colección perversa de satélites que jamás te amaron pero jamás te van a dejar en paz.

Hay mucho dolor en sentirse solo y culpable. Y hay mucho amor en las palabras de los amigos cuando te aseguran que no hiciste nada que mereciese un solo desprecio. Que ellos estuvieron allí, viéndolo todo desde afuera durante mucho, mucho tiempo, y que la única explicación posible a todo ese desastre es la idiotez en confabulación con la maldad más genuína.

Esto, por supuesto, no se incorpora a la mente así tan fácil. Pero con el tiempo las cosas van tomando el lugar que les corresponde y a cada imbécil le llega el momento de demostrar su valía como tal y suele rebasar cualquier expectativa. Por eso, porque ya he conocido a demasiados y demasiado cerca, es por lo que ya no soporto a los idiotas. Por lo que me molesta tanto hablar con ellos. Y me da igual si son idiotas de buen corazón, realmente no los aguanto. No quiero intercambios con personas así, ni verlos con el rabito del ojo, ni cruzármelos por la calle. Mucho menos que vengan a mi casa o me llamen por teléfono.

Cualquiera que no sea capaz de elaborar un breve discurso sobre el color naranja, que no se acerque a mí. Que no comente en este blog, que no me mande un email, que no me diga nada.

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(Para mis amigos Ramón y Tibu, con mi mayor agradecimiento por todas y cada una de sus palabras)