Una noche duermes mal y cuando despiertas tu cuerpo opera al cincuenta por ciento del cincuenta por ciento de lo que sería el funcionamiento normal de una persona. Para más sorpresa, el lado derecho de ese cuerpo (que sigue siendo el tuyo, claro) se está moviendo sólo a una décima parte de ese porcentaje residual antes mencionado. Y de ese lado derecho que ya en su conjunto es de una inmovilidad que da risa o, dependiendo de la anterior profesión de uno, asco, el brazo en concreto está a menos de la mitad. Por lo tanto ahora mismo me hallo escribiendo esto con una sola mano, esa que ni aun en la cúspide de su esplendor cinético supo ser un poco hábil.

Encontrarte de pronto con un brazo sabio que no funciona nada (bueno, tampoco hay que exagerar, con un esfuerzo considerable puedo llegar a ponerlo sobre la mesa, cerca del teclado, para que la sensación de estar haciendo las cosas como la gente sea por lo menos estética) es una situación bastante chocante. Ni yo misma, que tras años de involución estoy más que hecha a quedarme sin pasos o sin aplausos, me acostumbro a quedarme sin caligrafía.

Muchas veces a lo largo de mi vida me he preguntado por qué entre mis incontables talentos, todos tan inútiles como impopulares, dios no me obsequió con una pequeña porción de destreza para el dibujo, algo que tanto amo. Esto hasta hace unos meses me parecía una gran injusticia, sobre todo teniendo en cuenta que a otros que jamás van a emplearla para nada bueno, les sobra (pongamos por caso a mi exmarido, interventor de banco). Pues bien, como digo, hasta hace poco ésto me parecía una desconsideración muy grave del sector divino hacia mi persona, pero de un tiempo a esta parte, y nunca tanto como en días similares al de hoy, me alegra enormemente. Porque imaginen ustedes que además de todo (todo vendría a ser no lograr levantar un vaso, por ejemplo) tuviera que andar lamentándome de no poder llevar a cabo cosas que realmente valen la pena.

Sin complicarlo más: en este preciso momento estoy tecleando con la mano izquierda sólo. Toma mucho tiempo hacerlo así, pero se consigue el texto igual y si a mí no me hubiese dado por explicarlo, ustedes no notarían ninguna diferencia. Cosas de la tecnología y la corriente eléctrica que son buenas. Sin embargo, si ahora el cartero tocase a la puerta y me pusiera delante un certificado, y la carpetita azul con la casilla a rellenar y un boli bic de los de toda la vida, simplemente no podría firmarlo, no podría hacer nada. Es decir: cero movimiento, cero palabra, cero nombre, cero garabato. Todo lo que aprendí en la clase de párvulos, todo el filigránico trabajo de la hermana Raquel llevándome la manita sobre las dos rayas, aniquilado por un estúpido error genético y basta.

A sí es que todo en este instante está mal. Y si alguien al leer esto, llevado por la curiosidad o el morbo provinciano, se pregunta si esa sensación da miedo, puedo responderle sin el menor titubeo que sí. Que da miedo aunque jamás se haya tenido talento para el dibujo ni para nada interesante.

Con todo, creo que debo desdramatizar. Una mano que no va nada, en mi caso, no es un perjuicio permanente. Mañana o quizá esta tarde empezará a recuperarse y a funcionar un poco. También la pierna derecha se pondrá mejor y ya no seré una tretraparésica con tendencias hemipléjicas, que es feísimo. Tocará portarse bien, estar en el sofá una hora mirando tele y luego, cuando ya esté muy aburrida, meterme en la cama a intentar un rato de sueño. Todo eso facilitará el milagro. Igualmente, no voy a negar que es perturbador. Y si tuviese ganas o algo de decencia, a continuación escribiría una frase hipócrita en la que me estaría excusando por traspasarles a ustedes mis desconciertos con tan poco respeto por los suyos propios. Pero no, se los dejo así —más fresca que una mañana de marzo— para que hagan lo que quieran con ellos, porque la verdad es que a mí ya me tienen bastante harta.