El sábado pasado vino a mi casa este hombre de aquí que es conocido de Xavi y a su vez amigo de esta mujer de aquí y que desde que ocurrió lo que ocurrió se empeñó en ir a visitarla cada semana a la cárcel.

A pesar de no ser amigo mío directamente, este chico, desde hace años, tiene la costumbre de llamar para contarme cómo le va, y ya en su momento me explicó que planeaba interesarse activamente por la vida de la parricida «ya que la sociedad da la espalda a estas personas».

La cuestión es que el sábado vino y a diferencia de otras veces en las que habíamos hablado y yo nunca junté valor para preguntarle qué tal estaba ella, esta vez sí lo hice. Me interesaba saber cómo se encontraba, cómo se sentía, y él al parecer tenía unas ganas locas de poder explicar su experiencia como Visitador Carcelario Por Convicción Ideológica.

Relató muchísimas cosas, pero de lo que me dijo quiero rescatar algo que para mí fue lo más impactante de todo.

Le pregunté:

—Y ella, ¿te dice si recuerda a menudo a los niños? ¿Habla contigo de ellos?

—Sí, los echa mucho de menos, y cuando los menciona llora y se pone mal. Pero yo lo que le digo es que me tiene a mí, que hago por ella lo que muchos hijos no hacen por sus madres.

Se me quedaron los ojos como el dos de oros.

—¿Pero cómo le dices eso?

—Bueno… para intentar reconfortarla de alguna forma.

—¡Pero eso, frente a sus hijos muertos, muertos por su propia mano, lo peor de lo peor, no es un consuelo es una ridiculez!

—Ya. Eso mismo me dijo ella.

Y entonces me quedé de piedra. Porque si hasta una mujer completamente enferma de la cabeza tiene más sentido común que este tipo que pretende ayudarla, las autoridades deberían salvarla de gente así o dejarla que se suicide tranquila y bien, de una vez por todas.