Hace unas semanas estuvimos en un concierto de rock y a mi lado, entre el público, había un borracho.
Yo no sabía que estaba borracho. Yo sólo vi a un tipo que de pronto usaba una de las ruedas de mi silla como apoyo para sentarse en el suelo, muy cerca de mí. Tan cerca como si me hubiera agarrado del abrigo sin mirarme, sin mediar palabra, y se hubiera deslizado a lo largo de todo mi cuerpo y se hubiera colocado en el suelo pegado a mis piernas.
Ante esto sentí varias cosas, ninguna agradable, pero no dije nada.
Al cabo de unos minutos el borracho se levantó de donde se había sentado usando el mismo procedimiento de antes, esta vez a dos manos: una la grapó entre los radios de la rueda y con la otra presionó el protector de plástico que hay sobre el neumático.
Yo lo miré alucinada. Le pregunté:
—¿Se puede saber a qué juegas?
El tipo no me contestó. Se había puesto en pie ayudándose de mi persona como si yo fuera un perchero, un mueble aparador, una mesa escritorio o cualquier otro elemento que le proporcionara estabilidad y estuviera ahí para su uso exclusivo.
Una vez incorporado totalmente, sacó una máquina de fotos y fue a buscar al cantante que se hallaba a un lado del escenario. Se puso a hacer aspavientos para llamar su atención y trató de convencerlo de que bajara y se hiciera una foto con él. Por supuesto, el cantante no le hizo el menor caso y finalmente el borracho desistió, viniendo de nuevo a donde yo estaba y tratando de sentarse otra vez en el suelo, junto a mí, por los mismos medios con que lo había logrado anteriormente.
Me enfadé.
—¿Qué haces? —le dije gritando—. No te cojas de ahí porque esto es mi silla y no está para que tú la uses de soporte cada vez que se te ocurra levantarte o agacharte.
Xavi me vio discutir. Se acercó y entonces descubrimos que el tipo estaba muy borracho. Se tambaleó y dijo que no estaba haciendo nada malo, que sólo se estaba sentando. Xavi le respondió que se sentara todo cuanto quisiera pero que no nos tocara más, ni a la silla ni a mí. El tipo insistía en que a la silla no le pasaba nada por que la tocaran un poco.
En ese momento un amigo se unió a nosotros. En la expresión de Xavi se adivinaba que había un golpe a punto de aterrizar en la cara del borracho. El borracho pidió calma, dijo que no había para enfadarse, que en realidad lo que pretendía al ponerse a mi lado era que el cantante bajara del escenario y hacerse una foto con él y conmigo. Yo dije:
—Vete a la mierda, anda.
Xavi añadió:
—Muy bien. Pues ya ves que foto no hay, así que apártate un poco y todos contentos.
Pero el borracho se quedaba. Ahora empezó a pedir perdón. Comenzó a ponerse trágico, repetitivo y rastrero.
—Perdón si he ofendido a alguien —dijo varias veces. Se lo decía a Xavi, a mí no me miraba ni me dirigía la palabra. Insistía—: perdón, perdón perdón.
—Gilipollas… —murmuré yo.
—De acuerdo, perdonado. Apártate —dijo Xavi.
Finalmente se instaló unos metros más allá, pero no dejó de controlarnos, de seguirnos con la vista durante toda la noche. Hiciéramos el movimiento que hiciéramos, allí estaban las pupilas del borracho llegando hasta nosotros através de una nube.
Cuando el concierto acabó, se acercó otra vez y continuó con lo de perdón, perdón, perdón, no era mi intención molestar, sólo quería una foto, etc.
Hasta que Xavi no le estrechó la mano no paró. A mí en ningún momento me dijo nada.

O sea que más que sentarse, se estacionaba.
Comment by Bernardo — May 1, 2008 @ 5:10 am
Estimada Barbarita:
No puedo concebir los motivos que llevan a una persona, en su sano juicio, a beber en exceso.
No es habitual encontrarles, al menos en un concierto de rock y por lo tanto barrunto que bien podría tratarse de deslumbramiento por el brillo de tus ojos.
Un abrazo.
Comment by Luis Quijote — May 3, 2008 @ 2:30 am
Interrumpí el texto anterior, pues consideraba que con los 12 renglones era suficiente.
¡¡¡Hic!!!
Comment by Luis Quijote — May 3, 2008 @ 2:34 am
desde niña le tuve miedo y pena profunda a los borrachos… no de esa pena que significa una especie de solidaridad frente a algo que nos puede tocar, es una de esas penas que nos distancia … no quiero seguir explicando… será que sigo con miedo. Lo raro es que nadie en mi familia es adicto a nada químico… y sin embargo… que pena Barb que te lo hayas encontrado.
ps no es necesario que vaya al detalle de que por supuesto que nadie debería tocar tu silla como si no fuera parte de tu privacidad…
Comment by pal — May 4, 2008 @ 6:11 pm