Tengo un grave problema epistolar: no respondo los emails de la gente que me escribe. Lo siento. Quisiera responder, pero no lo hago porque no sé qué decir a lo que me cuentan… lo que no significa que no me interese, ya que muchas veces soy yo misma la que pide que me expliquen cosas.

Me gustaría que nadie se enfadara por ésto. Ya sé que es una práctica un tanto extraña, lo que pasa es que me siento incapaz de funcionar de otra manera. Fulano, ¿qué tal te fue ayer en tu primera clase de cocina?, pregunto, y cuando fulano me escribe y me responde con todo tipo de detalles, yo simplemente no vuelvo a referirme al asunto. Supongo, entonces, que fulano se cuestiona si es que no me llegó su respuesta, o si es que soy imbécil.

Bueno, posiblemente sea lo segundo, pero no puedo evitar no hablar cuando no tengo ganas de hablar, aunque sí tenga ganas de escuchar, que son cosas bastante diferentes.

Pido disculpas a todos aquellos a los que hago preguntas y cuando se toman la molestia de atender mi curiosidad, obtienen tan sólo mi silencio a cambio. Sé que esta es una actitud fatal, pero soy así. Ahora mismo soy así. Me siento desolada en todos los sentidos habidos y por haber en este mundo y de verdad, pero de verdad, que sólo estoy para un único acto de comunicación al día y es aquél en el que no tengo que fingir que nada pasa.

Porque, queridos lectores, pasa todo: hijoputez, cabronería y más. Así que con un estado de ánimo de mierda como el que me acompaña, me cuesta mucho hacer cualquier cosa que no sea vivir dentro de mi propia imaginación e inventar que perdí la memoria y que ya no existo.

Habría sido tan bueno no haber conocido a tanta escoria que ha estado tan cerca mío…

Siento un terror indescriptible cuando pienso que este dolor no va a terminar nunca.