Mañana me despertaré sin reloj y me levantaré sin pereza, como de costumbre. Llamaré a los niños después de haberles preparado el desayuno y les dejaré la ropa a un lado de la cama. Armando se vestirá solo con su cara de sueño, los ojos entrecerrados, y María me pedirá auxilio haciéndose la pequeña. Pero es que es pequeña.
A las nueve menos veinte subiremos al autobús y el conductor nos dirá cualquier frase amable mientras pasamos la tarjeta por la canceladora. Cuando ya estemos ocupando la última fila de asientos, Armando sacará el álbum de cromos y yo le haré prometer que no lo volverá a mirar hasta la hora del recreo. Me dirá que sí y continuará pasando hojas y señalando algunas estampas con el dedo. María, de pronto, se quejará por algo, por un picor en la pantorrilla izquierda o porque le tira la goma de las coletas. Ambas sabremos que con un mimo se le irá.
A las nueve en punto les daré un beso a cada uno y los veré entrar en la escuela. A las nueve y cuarto bajaré las escaleras del metro y enseguida sentiré el calor agobiante del anden. Me quitaré la chaqueta y me desabrocharé un botón más de la blusa, y cuando suba al vagón me sentaré y espiaré las noticias que lleve impresas el diario del señor que esté sentado a mi derecha.
Cuando salga del metro pensaré en comprar un cupón de la ONCE pero finalmente no lo haré. Al pasar junto al hombre que los lleva colgados de la pechera un día sí y otro también, preferiré guardar el dinero y emplearlo en chucherías para los niños.
A las diez entraré en el despacho y mi compañera Cati me hablará de su novio. Al novio de Cati hoy le estarán pasando cosas sin demasiado interés que ella mañana encontrará divertidas, ocurrentes y maravillosas para explicar en horario laboral, sólo porque es una persona con la fe intacta en el ser humano. Todavía. Cuando Cati me deje espacio, trabajaré como es debido y a las dos en punto habré acabado mi turno y bajaré a comer.
Comeré en el bar de Antonio, en la mesa que está junto a la ventana. Antonio es zurdo pero toca la guitarra en modo normal, es decir, como si fuera diestro. Sin venir a cuento él me dará esta explicación, carente por completo de sentido para mí, cuando salga Pedro Andrea en la tele. También me explicará quién es Pedro Andrea en cuanto se percate de mi cara de nada. Un guitarrista muy bueno —me dirá— que colecciona Madelman y escribe libros. Entonces yo pensaré en mi exmarido que nunca ha escrito libros ni tocado la guitarra, pero siempre ha sido un grandísimo hijo de puta.
Después del almuerzo me despediré de Antonio con amabilidad y él no notará que su declaración de ser un músico zurdo que toca normal no ha producido en mí ningún efecto ventajoso para sus pretensiones. Volverá a insistir en que me pase un día por el bar con los niños y yo me haré la desentendida.
A las cinco estaré de nuevo en la puerta del colegio y veré salir primero a María, que seguramente estará llorando porque alguien le habrá perdido la goma de borrar o el lápiz de color rosa se le habrá quedado pequeño de tanto sacarle punta, y minutos depués aparecerá Armando que volará al parque sin darme un beso porque tendrá mucha prisa. María querrá que la suba aúpa y yo lo haré. Me rodeará el cuello con los brazos y la cintura con las piernas y se quedará así agarrada muy fuerte hasta que crucemos la calle. En esa posición me olisqueará varias veces debajo de la oreja y me dirá qué bien hueles, mami.
En el parque hablaré con otras madres y en mitad de una conversación sobre el duro trabajo de las profesoras de física en los institutos públicos, Armando llegará con una rodilla pelada por haber aterrizado mal sobre la zona de grava. Pero no derramará una lágrima, sólo hará pequeños soplidos con los labios muy juntos y dirá que le escuece mucho. Lo dirá repetidas veces. Iremos hasta la fuente, sacaré un paquete de pañuelos de papel y le haré una cura de urgencia bastante definitiva.
María, desde arriba del tobogán nos verá de pronto y, dada como es al melodrama, gritará: ¡mi hermano tiene pupa en la pierna! y bajará a toda velocidad, casi quemándose las palmas de las manos al deslizarlas tan rápidamente por las guías de hierro. Lo primero que dirá cuando llegue frente a Armando será: déjame verlo, y observará con atención la zona de piel levantada mientras su cara se irá deformando por muecas de asombro y asco.
Cuando hayamos vuelto, no habiendo hecho más que poner un pie en casa, sonará el teléfono. Será Andrés, mi hermano, que llama apenas una vez al mes pero siempre con buenas noticias. Mañana dirá que ya ha encontrado inquilinos decentes para su piso y que se vuelve con nuestra madre en cuanto entregue la llave. Mientras esté hablando con Andrés sabré, todo el tiempo, cuanto lo quiero. Pero creeré que es porque dejó atrás las malas compañías, las sustancias nocivas para el cerebro, los trabajos nocturnos. Que lo quiero únicamente porque me escuchó y me hizo caso. Eso es lo que yo creeré pero no será verdad, la verdad es que nunca dejé de quererlo. Ni cuando me insultó ni cuando me robó. Porque supo perdir perdón y darme un abrazo siempre que lo necesité, y porque sigue llamando al menos una vez cada treinta días y nunca se olvida de decir, en algún momento de la conversación, que tiene ganas de verme.
Cuando deje de hablar con Andrés, María vendrá con una de sus muñecas para que se la vista. La muñeca ya tendrá el traje puesto, pero estará del revés y yo se lo colocaré bien. María me dará entonces un beso como premio a mis servicios y se irá tarareando una canción nueva, inventada por ella en ese momento. Seguidamente yo llamaré a mi madre y le preguntaré qué hace. Ella me dirá que se encontraba leyendo un libro de Antonio Gala que compró en el rastro por tres euros y yo recordaré que siento envidia de los que escriben sin faltas de ortografía, como el propio Antonio Gala o ella misma. Luego le diré que llamó Andrés explicando que ya tiene inquilinos decentes para el piso y ella suspirará y dirá que ya era hora, y se alegrará mucho porque eso querrá decir que Andrés enseguida volverá a casa. Y lo dirá como si las demás casas que sus hijos pudieran llegar a habitar a lo largo de sus vidas no tuvieran posibilidad alguna de ser reales. Acto seguido me preguntará por los niños.
Yo le contaré lo de la rodilla pelada de Armando. Y como no diré gran cosa de María, ésta vendrá chillando por el pasillo que una niña de su clase ayer cumplió cinco años y ella fue a su fiesta y todos le dijeron María qué guapa vienes y ella les respondió que el vestido se lo había hecho su yaya y todos le dijeron qué yaya tan buena tienes que te hace vestidos así de preciosos y ella estuvo toda la fiesta tan contenta que muchos pensaron que el cumpleaños era suyo y no de la otra.
Entonces mi madre me dirá que se la pase al teléfono, yo lo haré y desde la cocina oiré a María decir sí, sí, sí, claro, sí, no, no he llorado, bueno, un poco pero no mucho, vale, besos yaya adiós.
A las nueve cenaremos tortilla a la francesa y champiñones y a las nueve y media intentaré que mis hijos se vayan a la cama. Armando, justo en ese momento, querrá contarme algo importantísimo que ocurrió en la clase por la mañana y María dirá que tiene que recortar unas estrellas en papel charol antes de acostarse porque ha de hacerle un regalo a una amiguita nueva que se llama Teresa, pero que será mejor que se las recorte yo porque a ella le van a quedar feas.
A las diez menos diez estarán los dos metidos en mi cama escuchando el cuento de antes de ir a dormir, y a las diez en punto los echaré sin más miramientos. Armando me dará un beso y se irá sin poner nuevas objeciones. A María la tendré que acompañar porque —aunque esto todavía no lo ha dicho ni lo dirá mañana ni probablemente lo diga nunca— de noche, caminar sola por el pasillo le da miedo.

La vida, sencillamente, es imperfecta… bueno, eso nos parece.
Me gusta lo sencillo, gracias.
Comment by suigeneris — March 28, 2008 @ 8:40 pm
Una pequeña maravilla.
Además es un cuento ideal para que te lo lean en voz alta.
:)
Comment by Bernardo — March 30, 2008 @ 12:30 am
me haces recordar que cada vida ES un mundo. Que bueno saberlo.
Me encantó la idea y el texto…
(un día le hará caso al guitarrista diestro, ya verás…)
Comment by pal — March 30, 2008 @ 12:12 pm
Pobre Antonio, su hazaña no hace diferencia. Tal vez si tocara con los pies.
Lo que te conté en Barcelona sobre mi blog era que al prinpio, le tenía una duración mínima de 2 años, pero un par de meses después la amplié a 5. Cuando cumpla los 5, voy a ver cómo estoy, qué hice, qué logré y empiezo otros 5.
Comment by José Joaquín — April 2, 2008 @ 6:33 am
Me gustó tanto que lo único que se me ocurre decirte es que cada día me da más placer leer lo que escribes.
Comment by Ginger — April 2, 2008 @ 4:39 pm
Pero qué bonito, Barb. Tan sencillo, cotidiano, una vida tan feliz por lo discreto, lo normal…¿La vida de cualquiera es así o no lo es ninguna? Me quedó esa duda.
Comment by Malenita — April 9, 2008 @ 4:29 pm
La verdad que es leerte es como cuando te cortan el pelo, que te vas quedando dormido. Lo digo por el placer, no lo mal interpretes.
saludos
Comment by el bobero — April 19, 2008 @ 2:44 am
¿Qué tal chica murciélago? Lo creas o no, después de varios días entrando, acabo de ver el link de “Leer más” en este texto, no lo había visto antes un poco porque soy distraída y otro poco porque soy imbecil. Como sea hasta donde había leído creí que era perfecto, y al percatarme de que la narración seguía, lo primero que pensé fue: va, seguro se va palo abajo en el camino, pero que va… perfecto.
Comment by EMeléndez — May 3, 2008 @ 4:20 am
:)
Comment by Barbarita — May 3, 2008 @ 11:00 am