Mi amiga Priscila tiene un hermano un poquito loco, creo que eso ya lo he comentado alguna vez. Pero no es un loco del que valga mucho la pena hablar. Es decir, es un loco etiquetado esquizofrénico, pero locuras, lo que comunmente se entiende por locuras, hace bastante pocas. Su hermana, sin embargo, se preocupa mucho por él y quisiera que Luis (o Lewis, como su madre de forma aristocrática lo llama) accediera a sacarse el carnet de minusválido o, dicho como se debe, el Certificado de Discapacidad.

Pero Luis dice que no, que él está perfectamente bien y que no necesita para nada que lo acrediten como discapacitado. Si le sirviera para que le diesen la tarjeta de aparcamiento, bueno, pero para desgravar a Hacienda, nada, porque no piensa hacer la declaración de la renta en su vida, si puede evitarlo. Así que Priscila, como se pone muy nerviosa con todo este asunto del hermano esquizofrénico que va por libre, algunas tardes sube a casa a contarme lo mal que percibe el panorama. Porque es que además, a la madre la acaban de jubilar y ahora la tiene todo el día metida en el piso dándole directrices respecto a los niños y al marido.

Yo lo que le digo a Priscila es que se busque un trabajo de cajera en el super, o de lo que sea que sepa hacer, que se ausente la mayor cantidad de horas posible y de paso lleve un sueldo a casa. Así, aparte de descansar la psique, no tendría que depender únicamente del jornal de su pareja, que para mucho no da. Esto ella no lo quiere admitir, pero también por el tema del dinero está un poco histérica, ya que el marido de mi amiga Prisci «trabaja en la moda», es decir, tiene una parada de bragas a euro en el mercadillo, a partes iguales con tres hermanos, y cada uno de estos hermanos tiene a seis bocas que alimentar, con lo cual el beneficio final es más teórico que práctico.

Bien, pues como decía, yo le insisto a Priscila en que se busque algo en el Condis, que ahí siempre piden gente, pero a ella en realidad lo que le preocupa es lo de Luis y el hecho de que ya tendría que tener su carnet de minusválido, porque lo reconozcamos los minusválidos o no, con ese documento todo son ventajas.

—Tendría más puntos para que le dieran la casa adaptada —me dice, convencida.

Sí, eso es verdad. Si no tienes el Certificado de Discapacidad no te van a dar ninguna casa adaptada, y si lo tienes… parece que tampoco. Pero vamos, que no me voy a poner a discutir ahora con Priscila, y mucho menos a preguntarle por qué necesita su hermano una casa adaptada si por las mañanas lo veo irse tan campante a correr al cerro y por las tardes lo veo pasar con la mountain bike cuesta abajo, pedaleando como un desesperado («no es que le guste el deporte, lo hace por prescripción médica» me dijo un día ella, sin que yo se lo preguntara). De pronto parece que Priscila me lee el pensamiento y aclara:

—Bueno, no es que mi hermano necesite ni mucho menos una casa adaptada, pero es un decir. Que siempre hay más ventajas si a uno le dan el carnet, ¿o no? Mira si a ti te han quitado multas de aparcamiento… ¡Anda que si las hubieras tenido que pagar todas de tu bolsillo, guapa, no habrías tenido que venderte tres muñecas por lo menos!

Curiosamente, desde que puse a mis Nancys en una vitrina y con ello ascendieran a la categoría de objeto valioso, Priscila, cada vez que viene a casa, las tiene que andar inspeccionando y cada dos por tres las nombra. Ella dice que es porque le gustan, pero no es verdad, yo veo cómo las cuenta con disimulo para acabar diciendo: a ver si encuentro la mía de cuando era chica y te la traigo para que me la arregles y me la dejes guapa. Y se ríe: pero no te la regalo, eh, que tú ya tienes muchas. Luego se sienta en el sofá y continúa con lo del hermano.

A Priscila le gusta tener algo por lo que sufrir para luego tratar de sacarse el sufrimiento a base de libros de autoayuda. Es una clásica. «Me van a matar entre todos» dice muchas veces. Se ve que el niño, Kevin, ahora tiene granos en la frente y por encima de la nariz. Ella le está poniendo una pomada que le dió la farmacéutica, porque solo faltaba que se le hicieran cráteres, con lo bonico que era su Kevin antes.

—¿Te acuerdas, Barbarita?

Sí, me acuerdo perfectamente. Su Kevin era como todos los niños: guapo y simpático, y ahora es como todos los adolescentes: feo y pavo. Y encima no se le entiende nada cuando habla porque no vocaliza. Pero Priscila el único problema que le ve al niño son los granos.

—Como en una semana no se le hayan ido todas esas costras que tiene, lo voy a llevar a que me lo mire el dermatólogo y le ponga solución, porque esto así no puede seguir. Y si es necesario, lo llevo a la inspección médica y todo. Lo que haga falta, pero marcas que no le queden. ¡Que me lo dejan con marcas, y éstos se enteran. Vaya si se enteran!

Priscila gesticula mientras habla del acné de Kevin como si fuera un caso avanzado de lepra. Yo le digo que deje de darle chocolate, por decirle algo, porque la verdad, me quedo sin palabras. Ella insiste en que sus niños chocolate no comen desde hace…

—¡Buff, la de tiempo que hace que no comen porquerías!

Sí, decenios hace.

Si la pobre Priscila supiera el esfuerzo que me supone no invitarla a que se vaya a dar una vuelta y me deje tranquila con el libro de Stephen King que estaba leyendo cuando llegó, no me volvería a dirigir la palabra. Casi estoy tentada de soltarle que tengo que trabajar (antes, de vez en cuando, ponía la excusa del trabajo para librarme de sus tragedias domésticas, pero ahora ya la cosa no colaría). Al final le digo que tengo que irme a la cama (lo cual es verdad) y que seguramente me voy a dormir porque a la noche no pegué ojo (lo cual es una mentirijilla piadosa en beneficio de ambas).

—No, si ya me iba —miente ella también—. Pero le voy a decir a mi hermano que tú opinas igual, que ya está tardando demasiado con lo del carnet de minus. ¡A ver si al menos a ti, que por la silla te tiene un respeto, te hace caso!