Lo bueno de sufrir una enfermedad seria, y con seria me refiero a que te impide sentirte bien el 80% del tiempo, es que el resto de cosas que podrían resultar desagradables en el mundo, pierden por completo su importancia.

Un ejemplo de ésto sería quedarse en el paro. Antes, si alguien me decía que se había quedado sin trabajo me parecía una desgracia. Cuando una persona se me acercaba toda consternada a contarme que le habían despedido, yo solía pensar, o incluso se lo decía, «qué mala suerte». E inmediatamente practicaba algún tipo de frase consoladora. Ahora no, ahora yo misma me quedo en el paro y me incomodo diez minutos o así, pero enseguida se me pasa. Pienso que ya haré otra cosa, pienso que habrán nuevas oportunidades, pienso que qué más da todo, lo importante es que no duela nada.

Existen grandes diferencias entre ser discapacitado y estar enfermo, aunque una cosa sea consecuencia de la otra. Yo, hasta hace relativamente poco, no me sentía enferma. La gente curiosa solía preguntar por qué llevaba muletas (en el tiempo en que todavía me movía así) y yo respondía «por una enfermedad», pero en realidad no me sentía enferma. Empecé a sentirme enferma cuando quise continuar yendo a trabajar a la oficina pero no podía permanecer sentada tres horas seguidas porque se me organizaba un caos circulatorio. Empecé a sentirme enferma cuando deseé asistir a los conciertos de mis amigos pero no tenía energías para salir de casa, o si iba, me sentía tan destrozada que no podía menear una pestaña y sólo quería volver y meterme en la cama cuanto antes. Empecé a sentirme enferma cuando llegué a preferir no ver a nadie antes que mantener una charla, por mínima que fuese, que me exigiera una atención que no se iba a ver compensada de forma generosa.

Por otra parte me doy cuenta de que una enfermedad cuando se hace notar en serio, cuando te entorpece de verdad la vida, tiene un efecto devastador sobre las formalidades. Recuerdo que tiempo atrás era capaz de moderar mis simpatías y mis antipatías. Digamos que las procesaba internamente, lo hacía de forma automática y no me costaba ningún esfuerzo mantenerlas ahí, pero esa línea, cuando uno se siente débil, agotado, tiende a diluirse. Ya nunca dejo de decirle a alguien a quien quiero que le quiero. Me da igual lo que piense. Me da igual que crea que soy retrasada mental o que se me ha aflojado un tornillo, tengo que decirlo cada vez que tengo ganas porque me hace sentir bien. Sólo espero que a los destinatarios de tanto empalago les haga sentir de la misma forma, y si no, que al menos me tengan paciencia.

Recuperar gente que dejó un recuerdo agradable en tu vida y que por equis motivos un día ya no viste más es otro de los beneficios que conlleva perder el sentido de lo formal por culpa de haber enfermado. Tienes la seguridad de que esas personas que para ti fueron importantes se van a alegrar muchísimo de recibir noticias tuyas y te da lo mismo si sólo es una idea descabellada; tienes la máxima certeza de que todo va a salir perfectamente bien, así que te lanzas sin miedo y acabas sorprendiéndote (o quizá no tanto, porque estas cosas suelen ser recíprocas) con la revelación de que ellos también han seguido recordándote con mucho afecto. Y no sólo eso, sino que desean verte, darte un abrazo y saltarse contigo un paréntesis de un montón de años.

Pienso en todo esto y pienso que el mundo está mal concebido. Que lo auténticamente bueno sería que desde el principio, cuando estamos sanos y fuertes, nada nos preocupara demasiado. O por lo menos, que no nos preocupara tanto como para impedirnos ser felices ante el mero hecho de poder tomar un tren y mirar el paisaje por la ventanilla, o no tanto como para que no seamos capaces de observar con asombro o admiración a otros y dejar que nos descubran en eso. En el fondo, nunca hay nada que temer… pero no lo sabemos hasta que estamos muy cansados o más viejos de lo que quisiéramos.