En el foro de coleccionistas de muñecas en el que participo algunos consideran que mis fotos son de las mejores que se le han hecho a Nancy. Esto me halaga y me siento orgullosa de ello.

Sobre todo porque esa gente no sabe (ni nadie lo sabe, porque nadie está cuando trabajo) el esfuerzo que representa para mí coger una muñeca, vestirla, peinarla, colgar los fondos, montar el trípode, hacerla posar, disparar doce o trece fotos con sus consiguientes cambios de ángulo y posturas, y mantenerme de pie todo el tiempo que requiere esa tarea.

El trabajo, por supuesto, lo reparto en varios días. Y mientras hago las fotos, una sesión que no puede ir más allá de hora y media, pues ese es el tiempo que dura la visita del rayo de sol que me sirve de foco, descanso como seis o siete veces.

Paciencia.

Esas personas no lo saben y yo lo prefiero así, porque me gusta tener claro que los elogios vienen por el resultado final de las imágenes y no por la dificultad en realizarlas (los humanos, como es sabido, manifestamos una alegre inclinación hacia la condescendencia. Somos malos).

Me gusta fotografiar muñecas. Moverlas hasta conseguir que digan lo que quiero contar de ellas, encontrarles su mejor expresión, que la gente que las mira caiga enamorada y deseen tenerlas en sus casas, en sus vitrinas. Trabajo con vocación de catálogo.

Me gusta fotografiar muñecas y sospecho que no sólo las mías. Creo que me encantaría poder retratar también a las de otras personas, muñecas que hayan sido arregladas, vestidas y peinadas de una manera distinta a como lo haría yo. Estoy convencida de que eso me llenaría de placer y no sé si algún día llegaré a hacerlo.

Estoy condenada a cambiar de actividad tan frecuentemente, a probar cosas tan dispares, todas tan lentas en su preparación, en su consecución, todas con un plazo tan efímero para su desarrollo, que nunca sé qué voy a tener que aprender mañana en sustitución de lo que he dejado de hacer hoy.