Estoy leyendo un libro de Eduardo Mendoza que se llama El año del diluvio. Es un libro que compré hace ya bastantes meses en un arranque de poca cordura según el cual, a causa de no poder salir yo cuando se me antoja y acercarme a una librería o a una biblioteca, podría suceder que una tarde me entraran muchísimas ganas de leer algo nuevo y no tuviera ningún libro en casa por estrenar. Así que durante el periodo en que mantuve esa idea estúpida hice acopio de títulos que ahora, en su mayoría, muy bien no sé por qué los escogí.
Este de Eduardo Mendoza, por el contrario, sí lo recuerdo. Lo elegí porque en la tapa salía una monja.
A mí las monjas me caen bien. Y me caen bien, creo, porque mi madre se pasó la vida diciéndome que las monjas eran perversas. Las monjas tienen una mala leche, decía mi madre, que no te la puedes imaginar. Y no, no me la imaginaba, porque yo a todas las mojas que había conocido las veía personas de lo más cariñoso.
La hermana Lourdes, por ejemplo, que fue la que me enseñó a escribir mi nombre, la recuerdo como una persona dulce que me sentaba sobre su hábito y me llevaba la manita para que hiciera las letras.
Otra monja que me viene a la memoria con simpatía es la que, cuando tenía yo siete años, nos daba la catequesis. Me encantaba esa mujer vestida de murciélago porque nos contaba la vida de Cristo y de los Apóstoles y nos ponía al corriente de las cosas que habían sucedido en el desierto y en el Monte Sinaí y nos alertaba de los romanos, que se habían portado tan mal, y luego nos pedía a todos que dibujáramos algo relacionado con eso y cuando al final de la clase le entregábamos los dibujos siempre le parecían bonitos. Además, esa monja catequista (que no me acuerdo cómo se llamaba) también cuidaba de los niños huérfanos, puesto que en mi parroquia el catecismo lo estudiábamos en el Hogar Infantil.
Más o menos por la misma época que a la catequista, conocí a otra monja. Era una que hacía de enfermera en la clínica donde trabajaba mi madre. Cuando a mi madre le tocaba el turno de festivos, yo muchas veces la acompañaba y me quedaba las doce horas por allí dando vueltas. De la administración, donde me dejaban teclear en una olivetti plantada sobre una mesita de hierro con ruedas, a la lavandería, lugar en el que tenía oportunidad de observar el funcionamiento de esas máquinas gigantes en cuyo interior giraban montañas y montañas de ropa. También permanecía a ratos en la cocina y veía preparar cientos de platos de canelones (los domingos se servían canelones) y me daban eso o cualquier otra cosa que me viniera de gusto comer, ¡en las cámaras tenían de todo! Pero lo que de verdad me hacía feliz era cuando llegaban las ocho de la tarde y venía la monja (la única que había en toda la clínica) y me preguntaba si quería ir a misa con ella. ¡Por supuesto!, le decía yo, y nos íbamos juntas de la mano hasta la iglesia, que se encontraba muy cerca. Aquella era una iglesia imponente para mí, pues aunque no era muy grande, estaba muy nueva y muy bien arreglada. Todo lo contrario a la de mi barrio que por aquél tiempo no era más que una barraca en el sentido más escaso de la palabra. Luego ella me daba una moneda para echar al cepillo y entonces yo me sentía una cristiana total, con pasaporte directo al cielo en caso de que me sobreviniera un corte de digestión o una apendicitis.
También esa monja fue la que, años después, me atendió por las noches cuando parí. Gracias a ella tenía todos los calmantes y todas las botellas de agua mineral del mundo en mi cuarto, y nunca se enfadaba aunque la llamara un montón de veces porque no podía pegar ojo. Al contrario, estaba allí para eso, decía.
A todo esto mi madre continuaba con lo mismo de siempre: qué mala leche tienen las monjas.
Ya de grande conocí a más religiosas. En los trenes y en las salas de espera de los hospitales sobre todo. Lugares en los que, si hay ganas, se puede conversar un rato con quien se tenga al lado. Y la verdad es que en estas hermanas sólo encontré gente amable; algunas de ellas, incluso, eran mujeres simpáticas y con un particular sentido del humor.
Por eso a estas alturas de la vida todavía supongo que sí, que en algún convento deben de estar esas monjas que, según la que me trajo al mundo, pellizcan y hacen la vida imposible a la gente. Pero yo no las conocí y siempre viví un poco a la espectativa de hallar a una monja perversa, analizar sus pasos y ver qué onda con ella.
No sucedió nunca. Antes que eso encontré madres.
Encontré madres extrañas, desnaturalizadas. Madres que mienten, que enredan, que previenen de males que no existen. Madres que no besan, que no abrazan, que no cuentan cuentos, que no dicen nada agradable de nadie, que no conocen qué es dar una buena noticia, que jamás probaron a ponerse en el lugar de los otros y menos aún de sus propios hijos. Madres que no necesitan saber de ellos, que no se preguntan qué hacen, cómo se encuentran, si son felices o no, cómo crecen o cómo han empezado a envejecer.
Esto es lo que yo he visto, pero no lo he visto de forma fácil. He necesitado media vida de experiencias, desengaños y miedos. Y por encima de todo ésto, gente sensata que me lo señalara. Porque en realidad, cuesta horrores desaprender lo que de niña te enseñan las monjitas mientras pintas, confiada, escenas del catecismo: que debes querer a tu madre mucho, y la debes querer siempre, porque las madres son buenas.

Los judíos no tenemos monjas. ¡Yo sabía que nos perdíamos de algo!
Comment by Bernardo — January 26, 2008 @ 9:20 pm
:) ¡Pero teniendo una madre judía, quién necesita una monja!
Comment by Barbarita — January 26, 2008 @ 10:20 pm
Yo tuve una madre que opinaba lo mismo de las monjas que la tuya… y además lo extendía a todas las instituciones en gral. … pero yo no tengo opinión, porque en realidad nunca he tenido nada que ver con monjas, es más… no conozco ninguna! Claro de las que estaban en los recuerdos de mi mamá opino, eso si, pero otras? no, no conozco…
Madres si, conozco muchas por razones de trabajo y tienes razón, aunque me llevó un tiempo entender que a veces- y lo extiendo a los padres- algunos son realmente nefastos para los hijos… tuve que aceptarlo, rara vez, pero es así.
Comment by pal — January 28, 2008 @ 1:28 pm
Los que tienen toda la suerte son los hijos de monjas ;).
Comment by interior — January 28, 2008 @ 1:37 pm
Pal: yo lo que creo es que mi madre se encontró con monjas que no se lo hicieron pasar bien. O, si me apuras, con una sola monja que no se lo hizo pasar bien (en el colegio, me imagino, porque no me consta que tuviera relación directa o de inferioridad con ninguna monja más allá de eso). Pero el tema es que cuando en las familias se meten ciertas ideas en las cabezas de los peques, algunos crecen convencidos, y aunque se lleguen a tener pruebas de lo contrario, se sigue creyendo que lo que se ha visto son excepciones. Claro, con el tiempo adquieres perspectiva y sabes que la mitad de las cosas que se decían en la casa eran cuentos de vieja. Pero suele coincidir que quienes se pasaban el día previniendo contra otras personas, son los que cuando ya tienes edad y ocasión de abrir los ojos, demuestran tener bastante poca categoría como seres humanos.
Que hay padres y madres horrendos, doy fe. Y no se trata sólo de que nunca te rían una gracia o de que nunca te animen cuando las cosas vienen mal dadas, o incluso de que te llenen la cabeza de ideas sesgadas y rocambolescas (que esto por sí solo ya es bastante jodido). Se trata de algo todavía mucho más terrible: que el amor hacia el hijo no existe en esa gente, así de simple. Pueden existir otras cosas, pero amor, eso tan claro y rotundo que las madres en estado natural sentimos hacia nuestros hijos, no lo sienten. Y es impresionante darse cuenta de algo así. Por lo menos para mí.
Comment by Barbarita — January 28, 2008 @ 2:24 pm
Cierto, Inte! Pero esos son ejemplares raros de ver (que sepamos) :)
Comment by Barbarita — January 28, 2008 @ 2:46 pm
Bar, conozco un caso cercano - yo no- y me llevó 15 años aceptar que el mejor camino era la distancia y callarme la boca y no meterme en lo que no sé… ojalá lo tuyo sea también de oídas, la experiencia directa debe ser… triste (qué palabra le va a poner una!?!)
Aquí recuerdo a Fromm y su teoría de que a amar se aprende y que es un sentimiento propio del que llegó a la adultez, cosa que algunos no logran nunca. Y eso de que todas las madres dan leche, pero algunas dan miel, la miel de la alegría de vivir.
Comment by pal — January 30, 2008 @ 3:00 pm
No conozco a Eduardo Mendoza… últimamente estoy atrapado por Bukowski y sus alcoholicos párrafos.
Saludos. Quizás me decida a leer algo de Eduardo Mendoza. Siempre es bueno descubrir nuevos escritores.
Comment by Camimante — February 28, 2008 @ 12:20 pm