Juro que todos los días intento escribir algo alegre. Todos. Me levanto de la cama y mientras me preparo el desayuno me digo «Barbarita, piensa en algo alegre de lo que hablar en el blog». Y pienso en cosas alegres, pero me duran muy poco. Es decir, me vienen, pero es como si se me volatilizaran dentro de la cabeza porque cuando me quiero dar cuenta ya no están. No se quedan el tiempo suficiente como para que, cuando la cafetera haya soltado el café y el fogón haya calentado la leche, yo pueda seguir jugueteando con ellas y luego escribir algo optimista.

No sé por qué me pasa esto de que las ideas alegres sean tan huidizas. Es muy molesto porque a mí no me gusta escribir sobre cosas tristes ya que, partiendo de la base de que todo lo que uno escribe de alguna forma lo está viviendo por dentro, escribir cosas tristes me parece una práctica masoquista total.

Y bueno, el pensamiento alegre de esta mañana ha sido «¿no es una gran suerte que exista Bernardo Erlich y sea mi amigo y me mande las viñetas que hace para el diario siempre un ratito antes de que salgan publicadas, y así me río yo antes que el resto de los españoles?» «Sí», me he dicho a mí misma enseguida, y no sólo por darme la razón que buena falta me hace, sino porque realmente creo que es una suerte. Pero ya está, ahí se ha acabado todo. Luego he empezado a pensar «¡qué bien que le perdí el miedo al dentista, mira si puedo comer chocolate ahora sin temor a que me duelan las muelas!». Y me he vuelto a decir a mí misma «sí» por igual motivo que antes, o sea, porque creo que está francamente bien haberle perdido el miedo al dentista. Pero ya está.

Nada menos literario que los pensamientos alegres frágiles, esto es un hecho que acabo de constatar. En cambio, los huesos frágiles u otras cuestiones relativas al cuerpo humano que se puedan romper a la mínima presión o sean susceptibles de desaparecer con facilidad son la mar de literarias.

Pongamos por caso un tipo al que le desaparece el pelo al contacto con la seda. Un tipo que se acaba de casar y descubre esta particularidad suya justo en su noche de bodas, ya que uno de los regalos que recibe de parte de sus amigos que son todos unos esnobs, es un juego de sábanas confeccionadas en este tejido. Pero ni siquiera es seda normal, sino seda de la India, que tiene todavía para él un poder rasurante mucho mayor (aunque él no lo sabe). Así el pobre tipo despierta a la mañana siguiente convertido en el teniente Kojak, a lo que su recién estrenada esposa responde con una mirada de horror seguida de un grito de espanto y la firme convicción de que su esposo ha sufrido un trauma que lo ha dejado en ese estado tan terríblemente alopécico.

—¡Por la boda, por la boda! —repite ella sollozando, todavía en ropa interior nupcial muy cara—. ¿Ha sido por la boda, verdad? ¡No querías casarte conmigo!

Pero el tipo está tan shokeado de ver toda su mata de pelo (incluída la del pubis) esparcida sobre la cama que no es capaz de desmentir las palabras de su amantísima tetuda histérica y en ese momento se forma un gran malentendido que los llevará al divorcio en menos de dos meses. Mientras tanto, es decir mientras se divorcian, les pasará de todo y ninguna cosa será buena, excepto el embarazo de ella que al final tampoco saldrá bien porque decidirá abortar por consejo médico ya que, después de mucho investigar, los especialistas llegan a la conclusión de que lo que le ocurre al tipo es que padece una mutación del gen x32/2008 cuya propagación se corresponde con un patrón de herencia dominante con manifestaciones que podrían ser no sólo físicas —como la pérdida del ornamento capilar que ya hemos visto—, sino también psíquicas con un espeluznante cuadro de ideas paranoides, incluyendo la de detestar profundamente la vida en pareja y otras menos comunes aunque tal vez más peligrosas. Entonces la chica, muy juiciosa, decide abortar y anotarse para la adopción de un bebé en China (había puesto una gran ilusión en ser madre divorciada). Y elige ese país porque es el más rápido en adjudicar a los niños y además no los dan defectuosos como en otros sitios donde las criaturas tienen los ojos normales pero el sistema nervioso para el arrastre. Rusia, sin ir más lejos.

Pero el caso es que aunque todo esto sea más literario, y hasta puede que la historia acabe bien si es que la administración le otorga el certificado de idoneidad a ella —que lo dudo mucho— y finalmente se compra el chinito, y por su parte el pobre Kojak hace terapia para dejar de verse como un monstruo que destrozó su matrimonio por culpa de no haber sabido responder a tiempo «¡no cariño, no ha sido por la boda!» y se perdonan mutuamente, todo lo que pasa es también bastante triste y por eso no lo quería escribir.

Otro día será. Espero.