El otro día, cuando fue mi cumpleaños, Xavi me regaló un pastel. Era un pastel redondo de aproximadamente un kilo y medio de peso, cubierto de virutas de chocolate blanco tintado de naranja sobre una capa de nata reposada en un tiernísimo bizcocho dividido en tres niveles, los cuales alojaban una alfombrilla de trufa muy, muy, pero que muy rica. Por encima de la tarta, había un señor de nieve con su sombrero y su bufanda —todo ello fabricado en chocolate—, una plaquita donde podía leerse Felicidades y tres velas encendidas.

Lo del pastel no tiene gran interés, pero lo cuento como ejercicio, para no perder la costumbre de escribir, etcétera. La verdad es que no tengo mucho de bueno que comunicar últimamente, así que por eso estoy más bien callada.

Para colmo, ahora Xavi tiene que trabajar más porque yo me he quedado en paro y está de un humor de perros. Esta mañana, por ejemplo, se ha levantado (eran las diez) y ha encendido la luz del comedor para vestirse. Yo permanecía acostada y como la puerta del cuarto estaba abierta, me ha dado todo el resplandor de la bombilla en la cara. Medio dormida le he pedido que por favor apague la luz grande y me ha dicho, tan fresco: «¡peor sería que tuvieras que ir a trabajar!».

¿Será posible?

Es posible.

Xavi es así. Cree que vivo en vacaciones permanentes porque no salgo de casa. Lo creía incluso cuando la única que ejercía una ocupación remunerada era yo. A veces tengo que recordarle que si por mí fuera, me iría un rato a dar una vuelta, pero que la vida es así de quieta para los miópatas, situación que él tiene la gran ventaja de no haber experimentado nunca.

Sin embargo, a Xavi le parece que eso son tonterías, ¿quién no iba a desear quedarse en su domicilio meses y meses, haciendo lo que le diera la gana durante las veinticuatro horas del día?

—Es que a veces, por no decir el 80% del tiempo, me encuentro mal —le aclaro, para que lo entienda.

—¿Y qué? Pero estás en casa, te tiras en la cama hasta que se te pase y punto.

—Pero es que no se me pasa. Y además, estar en la cama aburre mucho.

—Pues lee.

—¡Ya lo hago!

—Entonces, ¿qué más quieres? Si te gusta leer y tienes la suerte de poder hacerlo a todas horas, no sé de qué te quejas.

—¡Me quejo de que seas tan gilipollas!

Podría seguir pero no me parece que convenga. No me gusta decir cosas feas de la gente con la que duermo. Aparte, como muestra de que mi nueva edad es incompatible con la paciencia, creo que con lo expuesto es suficiente.