Una vez estuve tan triste que desde la Unidad de Parálisis Cerebral y Rehabilitación Infantil del hospital donde me trataban, me enviaron al psiquiatra. Dos semanas después tuve la visita y cuando le conté a la doctora por qué me sentía tan triste, ésta me dijo que no hacía falta que volviera a su consulta, que no era tratamiento psiquiátrico lo que yo necesitaba sino algo de suerte en la vida.

—Te pasa lo que no le pasa a nadie, y encima todo junto —me dijo.

Igualmente me recetó unas pastillas para que dejara de llorar.

—Porque llorar a todas horas acaba arruinando la salud física —agregó.

Y yo pensé: lo que me faltaba.

De esto han pasado ya ocho años y las cosas no van ni mejor ni peor. Lloro menos, eso sí. Incluso mi amiga Begoña que al término del concierto de Tesla me preguntó cuánto había llorado (porque me conoce), se quedó sorprendida cuando le dije que muy poco. Y era verdad, lloré sólo al principio, mientras los backliners iban de un lado a otro preparando el escenario. Se me inundaron los ojos al quedar descubierta la batería y la guitarra acústica de Frank Hannon, pero luego ya no más. Y no ocurrió más porque ya no hubo un momento para dedicarse a pensar, para detenerse a tomar conciencia y quedar indefensa ante la belleza, ante los recuerdos, ante los sonidos, ante el significado de las palabras o de los objetos.

Y no hubo ocasión porque el concierto una vez comenzado no dió tregua. Uno de los instantes más adrenalíticos de toda mi vida sucedió en los segundos previos al primer compás de la canción con la que abrieron el show, y de ahí hasta dos horas después todo se desarrolló en un puro carpe diem. ¿Y la célebre nostalgia, esa que se suponía iba a sentir? Nada, no existió en toda la noche. No hubo nostalgia, no hubo pasado, no hubo nada más que un presente continuo, sólo ese momento inicial de la música y una emoción que fue como un resorte, una energía que de pronto terminó con cualquier dolor. Sólo hubo ese primer compás y luego el siguiente, y luego otro, y otro y otro más. Aplausos, gritos, risas, un nuevo tema, daba igual el que fuese (jamás me había sucedido que la elección de un repertorio se me presentara tan irrelevante) y con él nuevas risas y algún abrazo a Xavi. También gente conocida que se acercaba a decirme ¡increíble! con los ojos brillantes de felicidad, mucha felicidad. Nunca había visto a tanta gente llena de una alegría tan atrasada y con tantas ganas de lanzarla en todas direcciones, de hacerla estallar y decir ¡por fin nos sacamos esta espina de adentro!

No lloré en todo el concierto y no sólo eso, sino que aplaudí sin saber de dónde me venía la fuerza a las manos, y grité y canté sin saber de dónde me estaba saliendo la voz.

Desde la anterior visita de Tesla han pasado dieciséis años. Y la vida en dieciséis años cambia mucho para todos, pero para algunos más que para otros.

Yo en 1991, cuando a la banda la llenaron de barro entre los 5.000 descerebrados de las primeras filas del Estadi Olímpic, tenía un hijo sieteañero que me adoraba y ahora tengo a uno de veintitrés al que no conozco ni me conoce. En aquél tiempo aún no sabía que por las noches dormía con mi enemigo, no tenía idea del daño que la gente puede llegar a hacer a la gente. Hace una década y media todavía conservaba una abuela, una madre y muchas obligaciones que eran mías, pero que también eran compartidas con una familia y el día a día se veía con matices muy distintos. Ya nada de eso existe, hubo que aprender a vivir de otra manera. Ahora que Tesla volvieron y tocaron para los que ya los amábamos entonces, lo que tengo más a mano es una silla de ruedas, diecinueve muñecas Nancy, un amigo que ayer se casó en Las Vegas y un paisaje idéntico todos los días. Pero también tengo a quien me consuela cuando el mundo pesa y, sobre todo, desde el sábado atesoro ese concierto en el que la vida fue nada más que presente y no me arrancó una sola lágrima. Tan salvaje, inmenso y perfecto que ni imaginado hubiera sido mejor. Y eso no se cambia por nada.