Una vez estuve tan triste que desde la Unidad de Parálisis Cerebral y Rehabilitación Infantil del hospital donde me trataban, me enviaron al psiquiatra. Dos semanas después tuve la visita y cuando le conté a la doctora por qué me sentía tan triste, ésta me dijo que no hacía falta que volviera a su consulta, que no era tratamiento psiquiátrico lo que yo necesitaba sino algo de suerte en la vida.
—Te pasa lo que no le pasa a nadie, y encima todo junto —me dijo.
Igualmente me recetó unas pastillas para que dejara de llorar.
—Porque llorar a todas horas acaba arruinando la salud física —agregó.
Y yo pensé: lo que me faltaba.
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