A veces me despierto con la sensación de haber estado haciendo las mismas cosas de siempre. Con la sensación de haber andado hasta el Parc Güell y haberme sentado frente a la pista de patinaje desierta, bajo un algarrobo que toda la vida ha estado ahí, sobre mi cabeza. Y cuando digo toda la vida es toda la vida. Quieta en uno de esos bancos, haberme puesto a pensar qué hacer de ahora en adelante y haber contado hasta seis cuando se han oído pasos cerca mío. (A la de cinco es cuando deben empezar a sentirse más lejanos, de lo contrario es que alguien está a punto de invadirme).

Me levanto algunas mañanas también habiendo vuelto a hablar con mi amiga Carmen y que ésta me haya insistido en que conoce a una irlandesa de la que podría tomar lecciones de cello a cambio de clases de español. Yo le digo a Carmen que de acuerdo, que le dé mi número, y ella parece que lo hace pero finalmente la chelista nunca llama. Y yo tampoco llamo porque no me gusta hablar con gente a la que no entiendo.

A veces me despierto después de haber bajado del autobús con quinientas pesetas en el bolsillo. Un dinero que me ha dado una mujer de setenta años rica, sorda, elegante, que camina por la acera del mercado Galvany y se ha detenido a verme tocar. Yo estoy interpretando Patience, el dulce tema de Guns and Roses, pero ella no puede saberlo. Ni me oye ni probablemente sepa quienes son Guns and Roses. Igualmente, cuando he terminado me ha dicho lo haces muy bien y me ha dejado esa moneda de quinientas pesetas, la moneda de quinientas más brillante y enorme que he visto en mi vida, sobre la funda del cello. Me he sentido tan conmovida ante mi propia fortuna que no he podido seguir tocando y he vuelto a casa.

Otras veces, cuando me levanto ha sido invierno y no he logrado estar al sol. Mi cuerpo lo necesita porque hace frío, pero el sol sobre el instrumento dilata la madera y provoca que se desafine gradualmente, endiabladamente. Ya he sufrido varias rebeliones de escalas por este motivo, hasta que me he dado cuenta de la naturaleza del problema. Entonces me despierto habiendo tocado a la sombra, con el viento de enero en guerra declarada a la bufanda y a los mitones, con la cara blanca y la nariz roja, y los dedos habiéndose movido como autómatas toda la mañana. Y más pobre que nunca.

Sin embargo, gracias a la curiosidad de los niños algunos días dejo la cama con la economía más saneada. Ninguna madre, ningún padre, ninguna abuela con vocación de educar en serio, apartaría a una criatura de un instrumento clásico. Los niños miran embobados mientras suena la música y luego quieren saber, invariablemente, qué hay en la parte de abajo del arco. Así que cuando termino una pieza satisfago su inquietud, no me cuesta nada. Después de eso ellos arrojan al estuche la moneda que tienen apretada dentro del puño desde hace rato y se quedan contentos de haber conocido el secreto. Sólo algunos, los más osados, antes de echar el dinero acercan el índice para probar cuál es el tacto de esa cosa que tiene el color de la leche sucia. Son crines de caballo, les digo. Y se rien, no me creen. De verdad, les digo, son crines. Y les dejo que apoyen el dedito sólo un poco. Luego les aseguro que han tenido una gran suerte al poder comprobarlo por sí mismos, porque eso —poner ahí los dedos—nunca, pero nunca, se debe hacer. Disfruto al darle un énfasis especial al nunca pero nunca porque me gusta que se vayan intrigados.

Otros días me despierto habiendo comprado sardinas frescas para comer, después de haberme peleado con una verdulera. Nos peleamos a voz en grito porque amenaza con llamar a la guardia urbana para que me prohiba seguir haciendo ruido. Es música, le digo. Y añado: ignorante. Será música o será lo que quieras, responde, pero llevas cuatro horas ahí sin parar y ya me estas sacando de quicio. Tiene la tienda a rebosar de género y de gente haciendo cola. Pienso en los kilos de fruta que va a acabar tirando a la noche. Por un brevísimo instante me dan ganas de intentar un trato con ella, algo que nos beneficie a las dos, pero enseguida me arrepiento. A mí me sacan de quicio tus cebollas tiernas que se pueden oler a kilómetros de distancia y no te digo que cierres la tienda, así que déjame en paz, le grito. Piojosa de mierda, me dice de pronto. Piojosa de mierda, repite muy segura y sin avergonzarse de estar armando un escándalo. Y mientras pronuncia la palabra mierda me fijo y veo que va toda maquillada, maquillada perfecta, el pelo de peluquería, el delantal blanco rodeado de una tira bordada impoluta como la de un faldón de cristianar. Verdulera, pienso. Verdulera, sí. Y se lo digo sin culpa ni castigo propio, tan seria como puedo, sin alzar la voz, tratando de que suene a insulto grave. Y recojo las cosas porque no quiero problemas ni quiero hablar más, ni con ella ni con nadie.

Cuando me despierto así por las mañanas, después de haber hecho con tanta naturalidad las mismas cosas que siempre hice, me resulta extraño que mi cuerpo se haya vuelto tan díscolo de un tiempo a esta parte. Que alguna vez llegara a ser madre y recorriera media ciudad en busca de una tela azul para hacerle un disfraz de cielo al hijo que me llamaba mamá, y ahora apenas haga nada. Ni recibir monedas por ruido, ni coser disfraces, ni enderezar el arco, ni estudiar, ni discutir, ni caminar hasta el Parc Güell y sentarme a pensar qué hacer de ahora en adelante frente a la pista de patinaje vacía.