Hace un rato he llegado a la página 203 de Exploradores del abismo, lo que quiere decir que acabo de leer estos dos cuentos: Amé a Bo e Iluminado. Dos cuentos que seguidos —y supongo que igualmente por separado— te abren una hondonada en mitad del pecho y te lo encharcan sin más, a lo bruto, dejándote llena de agua como cuando escuchas una canción que te traspasa y se te queda a vivir dentro sin posibilidad alguna de que puedas librarte de ella.

Cada vez encuentro más puntos en común entre las letras de Vila-Matas y la música de Tesla. Y no, no son los mostradores de la FNAC, ni los viejos malhumorados ni los hombres sin ojos. Son otras cosas. Posiblemente conexiones que no existen más que en mi cabeza. Pero yo lo percibo así: ambos estímulos me producen el mismo efecto placentero de orden con todo y simultáneamente un pequeño caos que me lleva —corriendo, corriendo, corriendo— a hablar, a escribir, a fantasear o a emitir un juicio.

Como ya dije una vez, más del noventa por ciento de las cosas que publico aquí han sido escritas bajo el influjo de alguno de los discos de Tesla. Creo reconocer que lo que verdaderamente me afecta de esa música son, por un lado, sus armonías, y por otro, la forma en que el cantante pronuncia las palabras. Es importante remarcar que no las entiendo. Vamos, que no se me forma ninguna imagen mental clara cuando él está cantando en referencia a lo que la letra dice. Conozco de qué hablan los temas porque me he preocupado en saberlo, pero no entiendo nada de lo que Jeff cuenta mientras lo canta. Y eso es perfecto, ya que soy incapaz de redactar si se está produciendo cualquier tipo de charla a mi lado. Por ejemplo, puedo escribir mientras Xavi está mirando una película subtitulada y en ella hay un tipo que grita en japonés (como de hecho ahora mismo está ocurriendo), pero no puedo concentrarme si hay un locutor dando las noticias o emiten el Pasapalabra.

Pero el tema es ¿qué ocurre cuando suena la música?, ¿de qué manera influye en el relato? A mí, en realidad, lo que me sucede es que me pone en el lugar de partida. Me da un resumen de las coordenadas en las que quiero moverme o, mejor dicho, en las que necesito moverme, y a partir de ahí es cuestión de tomar el camino e ir hablando. Estoy escuchando un disco y de pronto un relámpago estalla en un punto cualquiera de la tempestad que ese sonido representa. Pero también muchas veces pasa al revés. Es decir, pasa que quiero contar algo, que necesito contar algo, y no encuentro la forma de encarrilar el escrito y entonces recurro a esa música. La escucho un rato y espero, y siempre acaba en lo mismo: me ordena la cabeza mientras me agita algo en el centro del pecho y me genera esa especie de hondonada en la que llueve y llueve, y una vez que me siento completamente encharcada empiezo a largar como un torrente. Es así siempre y hasta ahora nunca ha fallado.

Hace años que me ocurre esto con la música de Tesla. Y de un tiempo a esta parte he descubierto que con los libros de Vila-Matas me sucede igual. Supongo que por eso me gustan tanto. Los abro y son, de principio a fin, una tormenta. Que algo va a ocurrir es seguro. Pero no dentro del libro, o no únicamente dentro del libro, sino dentro de mí. Comienzo a leer y en pocas páginas el cielo se va poniendo de ese color gris terroso que precede a toda inminencia y a lo lejos se ven resplandores que no son más que finos hilos, todavía mudos. Pero poco a poco va llegando la humedad y se me va pegando a los órganos, y así me va fragmentando la cabeza en varios apartados: la lectura en sí misma, la historia que el narrador cuenta, el sentimiento que me produce esa historia y el placer por la manera en que está escrita, pronunciada; y entonces mis propios recuerdos, mis propias vivencias y todo el imaginario que he ido acumulando con los años van y vienen como tirados por esos hilos eléctricos que antes resplandecían allá lejos y que ahora ya están situados por encima de mi cráneo. Hasta que ¡zas!, aparece la descarga enorme con su trueno y tengo que soltar el libro y venir a la máquina y ponerme a escribir que acabo de llegar a la página 203 de Exploradores del abismo, por ejemplo. Y eso es así siempre, y lejos de incomodarme por la urgencia o por cualquier otra circunstancia derivada de este hecho, lo encuentro la forma más amplia y certera de vivir la vida. Por lo menos, la que me ha tocado vivir a mí.