A veces me despierto con la sensación de haber estado haciendo las mismas cosas de siempre. Con la sensación de haber andado hasta el Parc Güell y haberme sentado frente a la pista de patinaje desierta, bajo un algarrobo que toda la vida ha estado ahí, sobre mi cabeza. Y cuando digo toda la vida es toda la vida. Quieta en uno de esos bancos, haberme puesto a pensar qué hacer de ahora en adelante y haber contado hasta seis cuando se han oído pasos cerca mío. (A la de cinco es cuando deben empezar a sentirse más lejanos, de lo contrario es que alguien está a punto de invadirme).
Me levanto algunas mañanas también habiendo vuelto a hablar con mi amiga Carmen y que ésta me haya insistido en que conoce a una irlandesa de la que podría tomar lecciones de cello a cambio de clases de español. Yo le digo a Carmen que de acuerdo, que le dé mi número, y ella parece que lo hace pero finalmente la chelista nunca llama. Y yo tampoco llamo porque no me gusta hablar con gente a la que no entiendo.
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