No más hipocondríacos, no más enfermos
Yo, sinceramente, creo varias cosas. Y una de esas cosas es que si llevas más de diez años enfermo, estar cada día preocupado por tu enfermedad te acorta la vida.
Por supuesto, con esta apreciación mía no estará nada de acuerdo mi amiga Begoña, enfermera de profesión. Pero no me importa, para mí es verdaderamente saludable olvidarme de ir al médico. Un placer indescriptible poder decir que hace dos años que no he pisado un hospital ni pienso hacerlo hasta que me parezca que el tiempo que se desperdicia en las salas de espera es absolutamente necesario.
Un enfermo que está todo el día dando la murga con su enfermedad es una pesadez de persona. Siento decirlo de esta forma tan cruda, pero a mí los enfermos no me dan pena, me sacan de quicio y no soporto oír hablar de enfermedades ni de operaciones ni de tratamientos. Ni siquiera soporto al Dr. House y a toda esa caterva de médicos ficticios que parecen policías (¡por Dios, que alguien termine con esa serie nauseabunda!). De modo que no es exagerado decir que cualquier cosa que huela a desinfectante o tenga forma de pastilla me produce urticaria. Pero no una urticaria normal, llevadera o disimulable, sino una urticaria galopante con necesidad de reposo y todo.
Yo, la verdad, no sé qué es lo que le encuentra la gente a conocer hasta el último renglón de la parte más oscura de la medicina (es decir, la que acaba en muerte), si para lo único que nos sirve estar tan informados es para que nos volvamos todos unos hipocondríacos insoportables. Me acuerdo ahora de cómo muchos desconocidos sanos, cuando me veían caminando mal (en la época en que todavía caminaba por la calle, claro) y me preguntaban si había tenido un accidente y yo les decía que no, que era una enfermedad, se quedaban lívidos pero no podían evitar hurgar y hurgar, cada vez más adentro, en las razones de mis movimentos desacompasados, y hasta que no acababa detallándoles uno por uno los síntomas primarios del desastre no se quedaban en paz.
Pobres. Porque de verdad que aquellas caras eran una oda al estupor en toda regla, pero ellos nada, no podían dar marcha atrás en su afán de conocimientos. Y es que la gente somos así, nos gusta martirizarnos hablando de la artrosis hereditaria de nuestra familia en vez de mirar Seinfeld. Porque, ¿no me digan que si el mundo fuera Seinfeld no sería 2.000 veces mejor de lo que es? En cambio, ¿a quién le interesa acabar siendo un paciente del Dr. House? ¡A nadie! ¡Absolutamente a nadie! Y lo peor es que tenemos al menos un 96% de probabilidades de que alguna vez en nuestra vida un señor con bata blanca nos secuestre bajo nuestro propio consentimiento y nos someta a alguna prueba tan absolutamente infrahumana como una punción lumbar (sí, eso que tanto nos agrada ver en la tele los martes a la noche).
Amigos, desde aquí propongo que boicoteemos a los enfermos, a las series de televisión donde aparezcan estos seres escasos de vigor, a los libros donde los protagonistas padezcan deficiencias orgánicas incurables. Insto activamente a que desoigamos las conversaciones sobre dolencias extrañas y aterradoras, conversaciones que normalmente se generan en los transportes públicos y en casa de nuestras tías o vecinas.
Propongo que lo hagamos así, siempre y cuando nuestra economía no dependa de ello. Quiero decir con esto, no me vayan a malinterpretar, que si son ustedes profesionales de la sanidad, enfermeras como por ejemplo mi amiga Begoña, entonces no. Si son ustedes enfermeras o médicos, o incluso farmacéuticos, no sólo es que esté bien que se interesen por los enfermos en general y por los desahuciados en particular, sino que es altamente recomendable que lo hagan.
No, yo me refiero a los demás, a la buena gente que no usamos bata en nuestro horario laboral porque no tememos mancharnos de sangre. A estos, que somos casi todos, les digo: dejen de ver House. Dejen de ver Urgencias. No les den cuerda a sus abuelas cuando les saquen la «caja de las pastillas» —esa cajita de treinta por cuarenta por quince, repleta de tubos y blisters con píldoras para todo tipo de males— y los quieran aleccionar sobre las indicaciones y efectos secundarios de cada uno de los remedios. Llévenlas de paseo, invítenlas a tomar un helado o pregúntenles por el marido muerto hace treinta años, pero no les presten atención cuando insistan con la diabetes.
Háganme caso, es mucho más fácil vivir sintiéndose sano. Y para sentirse sano no hay nada mejor que no albergar ni la más remota idea de lo que le puede ocurrir al cuerpo de uno. Sin ir más lejos yo, que a diario practico esto que les estoy pidiendo a ustedes, el otro día me sentía tan tremendamente sana que ya no me acordaba de que hace por lo menos dos años que no puedo ir sola y por mis propios medios a hacer un trámite al banco, y hablando por teléfono con un empleado le aseguré que mañana mismo me acercaría a la oficina para solventar un tema en vivo y en directo. Todavía tardé un par de minutos, después de haber colgado el auricular, en darme cuenta de que a la mañana siguiente no iba a ir a ninguna parte. Pero lejos de hundirme en la miseria y empezar a temer por un más que probable principio de Alzheimer (que es lo que hubieran hecho todos esos que miran documentales científicos), me alegré un montón de haber podido engañar mi interlocutor sin mayor esfuerzo que el de la inconsciencia. ¿No es lindo que suceda algo así? ¿No es maravilloso que una persona se olvide, mientras habla por teléfono con el interventor de un banco, de que padece una enfermedad muy fea que le obliga a ir en silla de ruedas viviendo en un piso cuarto sin ascensor y en una calle con inclinación de 180 grados?
Pues sí, amigos, yo veo en esto un milagro. Y este milagro, este portento metafísico sin precedentes, sólo se consigue a base de ignorar la mala salud de forma sistemática, a base de expulsar de nuestra conciencia cualquier indicio de fallo genético, sistémico o mental del que tengamos noticia. Seamos libres, queridos. Lancemos la Enciclopedia Espasa de la Salud al contenedor de cartones y fundemos Centros de Recuperación para Hipocondríacos, nidos de sensatez donde se aseste un regletazo al dorso de la mano derecha de cada individuo que se tome la presión arterial con una de esas maquinitas a pilas, y que al quejarse de que le ha dolido el golpe, se le pueda decir: «¡Ahora sí te quejas con razón! ¿Te das cuenta de lo bien que estabas antes?».

juajajajaja! muy buena Barb! Es lo de siempre, la frasecita: “no pregunte que enfermedad tiene, sino qué enfermo la tiene”. Las actitudes son diversas aunque la enfermedad sea maldita.
Ahora, yo llevo tradición familiar, somos generaciones de gentes a la que el dr. House en todas sus variaciones nos entretiene… eso si, yo no voy al médico a no ser que sea absolutamente necesario, justo porque veo estas series y además yo soy sanita como manzanita (decisión personal, me re-c… en la escleródermia dérmica circunscrita de la re p… que total no mata, solo afea…) entonces no necesito obsesionarme… es más, antes de entregarse al médico con algo que ya no puedo obviar, me informo… los médicos me odian pero la cosa se apura muchísimo, porque me quieren soltar rapidito y yo además les discuto todos los tratamientos y les saco las estadísticas, entonces hacen su trabajo y yo estoy libre en menos que canta un gallo, si total ellos intentan con sus experimentos y yo decido hasta cuando. El cuerpo es mio, aunque el a veces haga lo que quiera.
Con ese sistema, solo House los martes, desde hace años solo House…
Comment by pal — September 25, 2007 @ 9:43 am
Si bueno, Palita, tú también tienes lo tuyo. Un día te leí en un comentario, cuando murió Roberto Fontanarrosa:
No es por ser aguafiestas, pero Roberto Fontanarrosa no tenía una enfermedad autoinmune, tenía ELA (esclerosis lateral amiotrófica), que es una dolencia neuromuscular en la que no se salva nadie prácticamente y de la que no hay formas benignas, porque si con suerte no te mueres te quedas tipo Stephen Hawking, que tampoco es que sea muy cómodo. Y esto no lo sé yo porque sea médico, evidentemente, sino porque he tenido compañeros de hospital con esa cosa infame y todos murieron en menos de cuatro años.
(Como supongo imaginarás, te informo desde el amor. Besos.)
Comment by Barbarita — September 25, 2007 @ 11:27 am
¡A la hoguera con Jaus! Sí señora.
Me apunto a ese Centro de Recuperación para Hipocondríacos. En cuanto se me estabilice el nivel de colesterol me apunto. Bueno, y los triglicéridos. Y lo de esas manchas que me han salido en la espalda.
(Esclerosis Circunscripta parece el nombre de una monja.)
Comment by Bart — September 25, 2007 @ 2:20 pm
¡Muy bien, Bart, aplausos para ti!
Comment by Barbarita — September 25, 2007 @ 2:27 pm
Ja, no, si al final vamos a hablar todos de nuestras dolencias, ya lo veo venir. Yo, 30 años de diabetes galopante, 4 inyecciones, 3 pastillas y varios controles al día, analíticas completas cada 2 meses, eso sin contar la tiroiditis crónica autoinmune, la neuropatía, el microinfarto reversible del ojo, y tal y tal… Uy, si parece un curriculum vitae.
Sólo le tengo que plantar una foto sonriente y mandarlo al casting de House. Para desde dentro acabar con él, porque, según dicen mis compañeros de trabajo, ese medicucho es un aficionado comparado conmigo en cuestión de bordeces.
Vamos, que le doy una patada a la muleta esa que lleva que…
No, no, sin violencia… De los trastornos psiquiátricos mejor ni hablamos, jijiji.
Bueno, no dije que también estudié veterinaria y no soporto a mis antiguos compañeros hablando a todas horas de bichos. Menos mal que en cuestiones animales se practica directamente la eutanasia, y muerto el perro se acabó la rabia.
Comment by suigeneris — September 25, 2007 @ 4:40 pm
Es un poco difícil lo que pides. La semana pasada, me enteré que a una buena amiga le diagnosticaron cáncer de mama. La llamé y le pregunté cómo estaba, me alivió saber que ya estaba en tratamiento. La intención no era compadecerme ni demostrar lástima sino decir simplemente “me preocupa lo que te pasa y deseo que estés bien”. Luego le cayó una regañada al amigo en común que me contó, porque ella no quería lástima de nadie.
Yo soy de los que se toma la presión (padezco presión baja) y que quiere saber todos los detalles de lo que padece, cuál es el ingrediente activo de las medicinas y todo. Me peso frecuentemente para mantenerme en un rango saludable. Tengo la suerte de tener buena salud, de no pasar de catarritos o males menores del estómago. Pero eso sí, series de hospitales nunca me ha gustado ver, no les encuentro sentido.
Y bueno, cada quien afronta la vida como puede y como le funciona. A unos les toca más difícil que a otros. Saludos.
Comment by José Joaquín — September 25, 2007 @ 5:16 pm
o sea, tú dices, que me olvide de House?
Comment by pal — September 25, 2007 @ 8:40 pm
Nonono, vereis, en realidad lo de la proliferación de series de médicos y enfermeras va por otro lado.
Qué es lo que pasa en todas esas series? Que hay una graaaaaan tensión sexual entre médicos, enfermeras y enfermos. Todos liados unos con otros.
Ahí está el quid!! Algún resto de infantilismo en los productores, que hacen realidad eso de juguetear a médicos, como cuando eran niños.
Vaya que no!
Comment by suigeneris — September 25, 2007 @ 9:29 pm
Mucho morbo es lo que hay, nunca mejor dicho (etimológicamente hablando)… juas juas
Comment by suigeneris — September 25, 2007 @ 9:30 pm
Suigéneris: con todo lo que te pasa te auguro 45 años de vida, máximo. No sé cuantos tendrás, pero date prisa en hacer cumplir tus últimas voluntades!!!!!!!!!!
José Joaquín: necesitas que te internen con urgencia en uno de esos Centros de Recuperación para Hipocondríacos que propongo. Ya que eres de los que se miran la presión, espero que al menos lo hagas en la farmacia y con uno de esos aparatos manuales de toda la vida que llevan una perita que se aprieta, y no con esas horrendas máquinas japonesas de ahora que se usan en casa (mi suegra tiene una y está todo el día dale que dale).
¡Palita, eso por descontado!
Comment by Barbarita — September 25, 2007 @ 9:58 pm
Yo tampoco soy de visitar al médico a menos que sea estrictamente indispensable, y aún cuando llevé a mis hijos al menor raspón, en una ocasión el médico me dijo: …. ya mujer; deja de precuparte….. golpes más duros les dará la vida. Después de escucharle aquéllo, vivo más tranquila.
Lo siento Barbie, pero yo soy de la misma generación que Pal y la hora del día en que se transmite Dr. House; no se discute en casa.
Ah! para el Centro de Recuperación para Hipondríacos; me apunto para ser la que aplique los regletazos!.
Beso :D
Comment by Adriana — September 26, 2007 @ 1:15 am
Che, que a mí me gusta House. Y por las mismas razones que escribís: ni pienso que es un médico. Me resulta un hijo de puta brillante y divertido.
Mi sueño es inventarme un personaje así de antipático. Ojalá algún día pueda.
Comment by Bernardo — September 26, 2007 @ 1:46 am
Pues si te dijo eso, Adriana, estuviste de suerte: te tocó un médico-filósofo. Claro, que siendo pediatra es normal. Si hubiese sido neurólogo te hubieras encontrado con un médico-estrelladelrock. Es decir, uno como el Dr. House pero con miedo a represalias.
Bernardo: odio al Dr. House. Voy a decírtelo de nuevo: odio al Dr. House, y como eres mi amigo y te quiero mucho no te voy a desear que te toque uno como él cuando seas viejo y te duela algún órgano del cuerpo del que la ciencia todavía desconozca su nombre.
Comment by Barbarita — September 26, 2007 @ 2:40 am
Bueno, Barb. Pero hay que suspender la incredulidad cuando uno ve la tele. Nadie quiere para sí un médico como House, un amigo como el pelado de Curb, un abogado como William Shatner.
Comment by Bernardo — September 26, 2007 @ 3:31 am
No, Ber, lo malo de House no es que uno esté mirando y necesite decir, como dice mi madre: “claro, es que es película” y así se solucione todo, no. Lo malo es que lo miras y sabes que algún doctor así hay, seguro, en algún hospital del mundo. A mí House me da un miedo horrible y me entran ganas de ir y envenenarlo con anticongelante, como haría la cuñada loca del polígamo Bill Henrickson. Osea que muy mal.
Por otra parte, no me importaría nada tener un amigo como el pelado. Seguro que a veces también me darían ganas de matarlo, pero se me pasaría enseguida igual que me ocurre con el Xavi.
Comment by Barbarita — September 26, 2007 @ 10:54 am
Pues mira que 83 años me parece a mí mucho vivir ya!!
Comment by suigeneris — September 26, 2007 @ 4:12 pm
Sí, cierto, 83 es bastante en según qué condiciones. Pero yo me refería a 45 en total, no a 45 más… (aunque ahora que lo pienso, me desdigo del pronóstico de ayer porque encuentro que fui muy osada).
Comment by Barbarita — September 26, 2007 @ 4:42 pm
Yo tengo una tía hipocondríaca.
Un día tiene una enfermedad, el siguiente otra. Ha sufrido y ha sobrevivido a muchas enfermedades como cáncer, sida, hipertensión, problemas de tiroides, etc… Al pobre de mi tio se le va todo lo que gana en sus medicinas porque si no se puede morir. Todo es psicológico, como los 2 embarazos que ha tenido. Y lo peor del caso es que es doctora…
Saludos, me gusto mucho tu blog.
Comment by M!~ — September 26, 2007 @ 7:49 pm
Ahora estás conversona Barbarita. Lo medio hipocondriaco que soy no lo puedo evitar, tengo que tener una explicación cientírica para todo lo que me sucede, es una manía menor, considero, porque nadie de mi gente cercana me ha dicho que soy exagerado.
Y no, no me tomo la presión en la farmacia, sino con un apartito de pilas que compró mi papá, de quien heredé claramente mi hipocondría leve. En mi descargo tengo que decir que sólo lo hago cuando me siento verdaderamente mal, con un buen dolor de cabeza y mareo, así veo si tengo que tomar pastillas para la presión o coca cola, o si sólo tengo que descansar.
Por otro lado, me alegra que estés bien del espíritu. Textos así, da gusto leer, tanto, que si conocés de alguna clínica para hipocondriacos, me interno, pero con la condición de que me vayas a visitar.
Comment by José Joaquín — September 26, 2007 @ 8:08 pm
Uffff, M!~, espero que lo de tu tía no sea contagioso (ese tipo de hipocondría gravis, digo), porque dos embarazos psicológicos pueden acabar con la entereza moral de cualquiera. Y encima médica… no me digas más, menudo cuadro!!!
JJ: ahora estoy conversadora porque en realidad, aparte de distrófica soy ciclotímica, así que no sé cuanto me va a durar lo de estar “para afuera”, o sea habladora.
En cuanto a lo de visitarte cuando estés internado en el Centro de Recuperación para Hipocondríacos, dalo por hecho. Pero va a tener que ser en España, porque yo a centroamérica no voy ni loca, que me han dicho que hay terremotos y huracanes y yo ya tengo suficiente con lo mío.
Comment by Barbarita — September 26, 2007 @ 8:31 pm
A mí más que conversadora, lo que me parece que está la nena es con ganas de pelear. Lo cual está muy bien, y si una no fuera una flor delicada, un espíritu sensible, se la seguiría, ¡cómo no!
Pero me falta carácter.
Un beso igual.
Comment by La Romu — September 26, 2007 @ 11:21 pm
BArbieeeeeeeee!! A mi me gusta House!!!!!!! (el tipo, digo). Igual, a los médicos los quiero lejos.
Comment by Ginger — September 26, 2007 @ 11:53 pm
¿Que te falta carácter, Romu? ¿A ti? Uyyyy, que extraña te veo. ¿No estarás incubando una depresión premenopausica, no? Ahora me dejas preocupada…
(pero no te enfades, eh, que enfadada me das susto)
¡Ginger! ¡Sabía que tú también defenderías al Dr. House! Snif… snif…
Comment by Barbarita — September 27, 2007 @ 12:25 am
Okey. Ahora mismo le digo al hermano de mi amiga Patricia, que nació sordo y, por lo tanto, es mudo, que se olvide por un rato de su problema, que tome el teléfono y comience a llamar a sus amigos y parientes para saludarlos para la Navidad que pronto llegará.
Si Barbie lo dice, es que debe ser fácil.
Comment by Sonia — September 27, 2007 @ 6:52 pm
Si, pero no se trata de que los demás le digan que se olvide. Se trata de que él se sienta tan sanito que por su propia cuenta se olvide de que es sordo y llame. Ahora, también te digo que le va a pasar lo que a mí, es decir, que en cuanto empiece a marcar el número va a volver a la realidad. Digamos que el efecto de este milagro no es de larga duración. ¡Pero no se puede tener todo!
Comment by Barbarita — September 27, 2007 @ 7:16 pm
Peor está quien está solo.
Pero solo de verdad.
Comment by Sonia — September 27, 2007 @ 9:42 pm
Cierto, Sonia. Pero sobre eso escribiré otro día, uno en que no tenga ganas de hablar mucho.
Un besote!
Comment by Barbarita — September 27, 2007 @ 9:52 pm
Tu post me recordó una situación con unas amigas que me dejó muy molesta. Vivimos en ciudades diferentes (yo soy la que volvió al pueblo),así que nos juntamos pocas veces al año. En nuestra última reunión me preguntaron por un ex compañero de colegio, que a raíz de una enfermedad mal curada está en silla de ruedas. Él ha seguido su vida normal, hasta compite en tenis. Y cuando yo dije exactamente eso, “vida normal” todas me miraron como si hubiera dicho un sacrilegio. Como si estar en la silla lo convirtiera automáticamente en “anormal”. Si a él no le impide ser feliz, porqué a mí me iba a parecer un “pobrecito”, caracho. Así que con tu permiso, voy a guardar el post para nuestra próxima reunión de amigas. Ahora no me siento tan bestia insensible como ese día.
Comment by Leni — September 28, 2007 @ 9:30 pm