Hace un rato le digo a Xavi, que estaba en la cocina fregando cacharros:
—¡Hoy estoy muy contenta, Bombón!
—¿Ah, sí? —me pregunta con una indiferencia rockera nada sutil.
—¡Sí —le digo—, porque hoy estoy buena!
De repente deja de frotar la cacerola y me mira enarcando la ceja izquierda, la de las observaciones con derribo. Justo ahí me doy cuenta de que me he expresado de la peor manera posible, pero antes de darle tiempo a especular, rectifico:
—Perdón. Quiero decir que hoy estoy contenta porque me siento bien físicamente, no me duele nada, no estoy cansada, etcétera.
—No, si ya te he entendido. Lo otro sería un milagro.