Dos años sin pasear en soledad dan para la locura.

Para sensaciones raras. Para efectos que hacen dudar y perder la noción de las horas, que confunden y alteran el espacio. Alucinaciones moderadamente inocuas como por ejemplo ésta: te llevan a la calle y te parece que no estás en ella, o en lo que tú reconoces como ella, porque los árboles y las casas y las ofertas del supermercado pasan a una velocidad que no es la suya. Que no es la tuya.

Una experiencia en la que todo se agolpa y va deprisa. Te trasladas a merced de gente que camina al ritmo que piden sus cuerpos y no al ritmo al que tú te moverías, al ritmo que necesitas para apreciar que alguna vez estuviste en esos lugares. No sé si es claro lo que digo, pero lo sientes así.

De no pisar jamás el suelo tu percepción es la de que nada está ocurriendo. Los paisajes existen y tú formas parte de ellos, pero es como si nunca hubieses hecho acto de presencia, te ves pero no estás. Mi calle, tu calle, las calles de Barcelona o las de cualquier otro lugar del mundo ya no te pertenecen. Ni en el mismo momento en que las habitas ya son tuyas ni tu de ellas, porque al no pisar esos caminos, esas salas de concierto, esos bares, esas bibliotecas, no hay nada que los fije a ti, a tu trayecto, a tu memoria.

En dos años sin transitar una calle a solas ya no hay paseo, no hay paisaje, no hay edificio ni espacio en el que puedas sentirte autónomo, mirar al punto exacto que reclama tu atención, detenerte, observar, oler. Nada, no hay nada. Ya todo ha desaparecido, pasas como en un viaje ingrávido dentro del cuerpo de otro, sin haber estado realmente allí. Estuvimos, te puede decir cualquiera. No, no estuvimos, tú estuviste, yo no estuve, vas a responder. No recuerdas nada, en tu memoria queda solo el poso desvaído de una imagen, el residuo débil de una foto mal mirada.

No estuviste allí porque no pisaste ese suelo. No pudiste haber estado en el lugar donde nunca diste un paso, créelo, no hay sensación de haber vivido en ese sitio una tarde, un día o un año.

Los sonidos se mueven caprichosamente, rozan tu cuerpo y se van por otro lado. Es lo normal, pero tú no puedes volverte según tu deseo y cambiar de dirección, quisieras pararte un momento a escuchar qué tiene que decir un pájaro o una rueda de coche al frenar, y no hay un segundo de libertad para detener la marcha veloz del que te lleva sin tener que rebajarte a hablar, sin tener que mediar, hacer tratos, forcejear. Una pequeña voluntad contra otra. Discutir una, dos, tres veces. Paremos aquí, dices. ¿Por qué?, te preguntan. Quiero ver eso, quiero saber qué pasa ahí. Quiero simplemente oler.

¿Huele bien? ¿Huele mal? Quieres saber qué sucede, investigar lo que investiga la gente de forma automática. Quieres saber de qué están hablando esos dos que hay en la esquina, pero no quieres tener que explicarte a cada minuto. Quieres hacer sólo lo que los demás hacen, lo que tú mismo hacías no hace tanto. Lo que todo el mundo consigue sin tener que llenar un formulario cada vez. Eso es lo que quieres. Y encontrar la forma de apropiarte de la calle de nuevo.

Pero sigues a varios palmos del suelo, en tu diminuta y alocada cárcel rodante.

Donde no has pisado no has estado, créeme.

Donde no has paseado libre, donde no has caminado y pensado y tomado decisiones, no has vivido.