Hay cosas que uno cree que jamás van a suceder, que jamás van a volver a la realidad de una forma palpable. Cosas que parece imposible poder ver de nuevo con otros ojos que no sean los del recuerdo.

Justamente eso era lo que me pasaba a mí hace algo más de un año cuando escribí este relato. Lo hice desde la memoria, desde el pasado más literal, desde el ayer más lejano y nostálgico de todos; sin considerar, ni siquiera como una posibilidad remota, que mi muñeca y yo un día tuviéramos oportunidad de volver a compartir un secreto o a planear una fuga juntas.

Hasta ahora a mi niñez la sostenían varios pilares que hacían de ella un presente más bien esquivo en lo físico. Yo me encargaba de desempolvar sus rincones cada día, pero todo quedaba en un ejercicio mental y emotivo que como mucho se convertía en un escrito o en una anécdota de sobremesa que a nadie le interesaba demasiado. Desde luego, hubiera estado bien encargarme de alimentar cualquier otra fase de mi vida más acorde a mi edad o menos aburrida pera el resto de la gente. Pero no, yo soy feliz exactamente con aquello que me hizo feliz cuando el mundo era fácil, cuando los miedos eran sólo imaginar que pasaría si mi abuela no regresaba un día a buscarme al colegio; y eso, por descontado, jamás sucedía.

Sin embargo, en los últimos meses he podido recuperar varios de los objetos protagonistas de esa parte de mi historia. Ahora ya no viajo sólo con el pensamiento hasta el lugar en el que fui feliz, sino que puedo tocarlo, olerlo y mirarlo, y hallar gran parte del bienestar que sentía entonces y que todavía necesito. Y no sólo eso, sino que me doy cuenta de que soy capaz de expresar esa paz completa, esa felicidad ingenua de entonces, esa candidez a todo riesgo que da el no saber aún de qué trata en realidad la vida, a través de esos objetos.

Digo que quiero una mirada, la mirada con la que me entendía a los siete años cuando estaba disgustada por algo y me hacía sentir mejor, y soy capaz de encontrarla. Y lo que todavía es más reconfortante: soy capaz de mostrarla, de plasmarla para que los demás la vean. Me llena de satisfacción saber que esa expresión dulce y tranquilizadora, esos ojos de miel de mi muñeca, la medicina que me curaba de las injusticias del mundo y de los mayores, ya no es sólo un recuerdo.

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