De todas las personas que me rodean (amigos, conocidos y curiosos) que nunca leyeron este blog pero que sí tuvieron a bien interesarse por mi librito y alguno de ellos incluso comprarlo, sólo el 2,78 % —cifra encarnada en mi querida amiga Begoña— manifestaron alguna señal positiva hacia el contenido del mismo. Lo cual me lleva a pensar que a ninguno de los otros les hizo la menor gracia.

Xavi, que ya terminó su trabajo de loco y ahora se dedica a hacer encuestas por teléfono y a tocar gratis en fiestas particulares de gente rácana, opina que para tener certeza de ésto habría que preguntar a mis lectores primero. Sin embargo, un profesor de composición que tuve una vez me dijo (y creo que estaba en lo cierto) que si cuando muestras tu obra nadie te hace el más mínimo comentario sobre ella, siempre es mejor no preguntar para no llevarte mayores disgustos.

Y bueno, pues así está la cosa: 36 personas ajenas a este blog y a internet en general leyeron el librito de marras y sólo una de ellas dijo: «me encanta» (fue la amiga ésta a la que me refería antes) y otra, bastante menos apasionada, largó textualmente: «ahora ya te puedes poner a escribir algo en serio». Y todos los demás hasta el momento han hecho mutis por el foro, lo que según la teoría de mi exprofesor de composición me empuja a creer que las interminables horas que pasé editando el dichoso librito (que no escribiéndolo) fueron las peor ocupadas de mi historia.

Pero es que además, el caso de lector decepcionado más sangrante de todos y el que ha creado úlcera en mi orgullo de escritora (si es que en algún lugar de mi persona puede residir algo semejante), ha resultado sin duda el de mi amiga Priscila, que después de pedir por activa y por pasiva la existencia de este libro mío, cuando por fin lo terminó de leer me lo delvolvió de forma fea y secreta, dejándolo disimuladamente sobre el microondas. Debí suponer algo así cuando ella, que no es precisamente un dechado de amor hacia el servicio comunal, insistió tanto en preparar a solas la merienda (la cafetera la tengo al lado del microondas). Cuando descubrí su innoble acción y le pregunté bastante indignada qué hacía el ejemplar que le regalé —con dedicatoria en rotulador de color rosa y todo— encima del microondas y al lado de las galletas de fibra y medio paquete de patatas rancio, sólo acertó a decir «¡Uy qué tonta, creí que te lo tenía que devolver!».

Más tarde me enteré, por una vecina que también dió leves muestras de interés hacia mi pequeña y desgraciada obra primeriza —pero que aun no la ha leído esperando a ver si un día se la regalo—, que lo que ocurrió es que Priscila se sintió muy desconcertada al descubrir lo que yo había escrito sobre ella y su familia. No es que le molestara aparecer en el libro —no, en absoluto—, sino que no entendía qué tenía que ver ella y su madre y sus hijos y todo lo que yo ponía ahí, con el tema principal de la «novela» que, supuestamente, era mi enfermedad.

En fin. No deseo continuar hablando de ésto y mucho menos cuando me vienen a la cabeza las incontables horas que dediqué a cambiar comas de sitio y a borrar acentos que tengo la costumbre de añadir a ciertas palabras que nunca los llevaron de origen ni por supuesto los necesitan. Pero tenía que desahogarme.

Gracias a todos los que compraron y leyeron el librito y dejaron algo dicho sobre él en este blog y en otros lugares más íntimos, como el correo electrónico y así.