El 15 de Enero pasado me compré uno de los tres únicos libros que me quedan por leer de Enrique Vila-Matas. No he podido empezarlo antes porque un miedo súbito y atroz a terminarme de un atracón todas sus obras me atenazaba.

Hace escasas horas he logrado vencer ese terror, he cogido por fin el ejemplar que continuaba sobre mi mesita de noche, donde lo mantengo desde que lo traje a casa (y actualmente, además, descansando bajo los pies de una Tressy de Novo Gama, preciosa) y sólo puedo decir que es un inmenso placer lo que proporciona su lectura y que dentro de tres días —calculo— lo habré terminado y estaré sumida en una terrible desazón intelectual que me llevará querer escribir más y mejor y saber, ya de antemano, que no va a ser posible.

Por suerte, ya conseguí una Nancy idéntica a la que tuve en mi infancia y ella me consolará de mi recién adquirida conciencia sobre la estrechez literaria que me oprime.

Por otra parte, ya solo serán dos los libros que me queden por disfrutar de este autor, y para eso sí que no hay ni habrá nunca consuelo.

(Hasta que vuelva a publicar, supongo.)

Dios le conserve la salud a Vila-Matas.