Hace unas cuantas noches soñé que tenía una tía abuela secreta que moría en una cama con dosel, de muerte natural y pacífica, y en sus últimas voluntades me dejaba una gran herencia. Una enormísima herencia, sólo para mí.
Al parecer, esta tía abuela era una tía abuela con moño que leía novelas de escritores del siglo diecinueve en sus ratos libres, que tuvo un bebé en 1924 y que hizo fortuna sirviendo combinados de frutas tropicales en un local de su propiedad durante 43 años. Aunque, según pude saber más tarde, la fortuna la hizo no sólo gracias al negocio de los zumos, sino jugando a la lotería los sábados, ya que tres de esos sabádos, ella y sólo ella, fue la ganadora del premio mayor.
Rápidamente comprendí que esta tía abuela mía siempre anduvo muy atareada y por eso no pudo encontrar un lugarcito para conocerme, pero querer, quería. O eso se me dió a entender cuando cobré mi gran fortuna, que fue a parar a mi cuenta justo en el momento que procedían a embargarme por impago de seis multas de aparcamiento. ¡Toda una casualidad!
Eso sí, mi recién estrenada tía abuela muerta, me dejaba dicho en su testamento que la herencia sólo debería emplearla en cosas que me hicieran verdaderamente feliz. Nada de invertir en empresas de telecomunicaciones ni apadrinar niños del tercer mundo. Nada de sufragar primeros discos a músicos fracasados ni de terminar con las deudas de familiares manirrotos.
En principio me parecieron muy buenas sus condiciones, así que hice una lista de tres cosas en las que podría empezar a gastar el dinero alegremente y sin ningún tipo de culpa:
Lo primero, organizaría una fiesta multitudinaria a la que podrían asistir —si quisieran— todos mis amigos, y contrataría a Elton John para que amenizase la velada. Haría que trajeran un piano de cola como el que una vez escuché en una tienda de instrumentos musicales y casi muero de la emoción (hasta entonces sólo había oído pianos de pared). Como a casi nadie que yo conozca le gusta la música de Elton John, seguramente acabaría quedándome sola en la fiesta con el propio Elton John y no sabría qué decir, pero no me importaría, porque total, Elton John vendría a tocar y luego se iría tranquilo a dar una vuelta por las Ramblas.
Lo segundo, contrataría al detective más sagaz que pudiera encontrar que hablara español para que me buscara a la muñeca Nancy más parecida a la que tuve de niña, y me la consiguiera por cualquier método que no fuese pagando más de veintisiete euros. Que me localizase también la colección de vestidos al completo, el armario y la cama, y una vez lo hubiera reunido todo para mí y me lo dejara en el descansillo de mi casa una noche a las doce y cuarto, desapareciera sin rastro alguno. Yo le despositaría sus honorarios dos días después por transferencia bancaria, muy disimuladamente para no despertar sospechas, como cuando trabajo.
Lo tercero, organizaría concursos por toda Sudamérica de pintado de pestañas con pintura acrílica sobre vinilo, y el premio sería siempre una semana de vacaciones en Barcelona con todos los gastos pagados (el viaje, por supuesto, también), durmiendo en el hotel u hoteles que el ganador quisiera —no importaría que fuesen caros, baratos, extraños o peligrosos—, comiendo todo tipo de cosas ricas que se le antojaran y llevándose de aquí el regalo que más ilusión le hiciese y cupiese holgado en una maleta. La única cosa que el ganador debería hacer por la organización (o sea yo misma) sería pintarle las pestañas a las muñecas que la organización (es decir, yo misma) hubiera estropeado tratando de hacerlo por su cuenta (o sea, por mi propia cuenta). El área en el que se celebrarían tres veces más concursos que en cualquier otro sitio de América del Sur sería, sin lugar a dudas, Tucumán.
Mientras anotaba todo esto, nerviosa e ilusionada, estaba más que segura de que mis primeras iniciativas iban a ser del completo agrado de mi nueva tía abuela fallecida y me sentía requetefeliz. Del sueño desperté —¡no van a creerlo!— porque sonó el teléfono.

Podrías haberle comprado una tele más grande al Xavi, entre tanta fantasía rara. Egoísta vos y todas tus muñecas.
Comment by Hernán — June 6, 2007 @ 9:12 pm
¡Sí, eso! ¡Y contravenir del todo los deseos de mi recién estrenada tía abuela muerta!
Comment by Barbarita — June 6, 2007 @ 9:37 pm
¿Justo ahí sonó el teléfono? ¡Caramba!
Comment by Bernardo — June 7, 2007 @ 10:21 am
Si lo contás en ayunas, el sueño se cumple. Ya mismo empiezo a practicar pintado de pestañas en muñecas. Eso sí, ¿el concurso no lo podrías hacer en Buenos Aires?. Es más fácil que Erlich venga para acá que yo vaya a Tucumán…
Comment by Ginger — June 7, 2007 @ 12:02 pm
Sí, justo ahí, Bernardo. ¡Y fíjate que a mí nunca me llama nadie!
¡No, Ginger! Mejor organizo dos concursos, uno en Tucumán y otro en Buenos Aires, así no tendríais que competir entre los dos, y los dos podríais ser los ganadores del concurso, cada uno el de su zona, ¿no sería lindo? Ahora te digo Ginger: pintar pestañas es jodido. Y pintar cejas ya no digamos… Esto lo sé porque probando probando le emborroné la cara entera a una muñeca -snif, snif, snif- y lloré mucho. Lo bueno es que le hice fotos “antes del accidente” y así el ganador o ganadora del concurso de pintado de pestañas sabrá como y donde tiene que volver a componerle la cara a la pobre. El problema de pintado de pestañas es que tú sabes donde va la pestaña y cual es la longitud y el grosor que debe tener… ¡¡¡y luego la mano hace lo que le da la ganaaaaaaaaa!!! Ay, cada vez que me acuerdo del destrozo, me agarra una cosa aquí en medio del estómago.
Y bueno, de todas formas, por si nadie quisiera presentarse al concurso ya busqué otra muñeca igual, sin ropa, para cambiarle la cabeza y volver a tenerla bien. A veces es mejor no intentar arreglar nada…
Comment by Barbarita — June 7, 2007 @ 1:24 pm
Barbie, tantos años estudiando arte, más vale que me sirva para poder pintar pestañas a muñecas!. Es que primero tenés que marcar en lápiz el grosor y el largo y después con un pincel muy finito (y mano recontra firme) lo rellenas. Yo solía usar una lupa cuando necesitaba marcar detalles muy chiquitos. Nunca pinté muñecas, pero no debe ser tan difícil…
Comment by Ginger — June 7, 2007 @ 3:38 pm
mmmmmmmh… y no se puede con esas cosas modernas, como lápices que ahora hay?
Yo de todas maneras quedo out, de este concurso… además a una muñeca ya le pinté ropa, y de invierno una vez y fué un desastre… ya me imagino las pestañas que me saldrían… sigue soñando nomás Barbies…en todo caso me gustaría saber lo que diría Freud de tu sueño y de las condiciones de tu tía…
Comment by pal — June 8, 2007 @ 6:30 am
Esas cosas se hacen con aerógrafo, Barbie. Es un kilombo, Yo diría - también por experiencia - que mejor ni intentarlo.
Comment by Bernardo — June 10, 2007 @ 2:58 pm
Pero tú puedes pintar una pestaña bien, Bernardo. No sé si con aerógrafo, con pincel, con pluma o con boli bic, pero que adonde pones el ojo pones la raya, es así. (Que yo te he visto…)
Comment by Barbarita — June 10, 2007 @ 7:56 pm
Soñar con la muerte de un familiar siempre es una experiencia extraña y desagradable, soñar con la muerte de un familiar que no existe es algo bastante diferente, eso si.
Comment by el forastero — June 12, 2007 @ 4:07 am
antes que nada, jugale al 47, el muerto, después avisá que ya mismo empiezo a practicar con un escarbadientes mordido para las pestañas.
concurso para pintarles las uñas, no vas a hacer?
yo, como premio, me vale con ir a darte un par de besos hasta barcelona.
Comment by Tia clari — June 13, 2007 @ 5:57 pm
:) De uñas, por ahora no, Clari. Pero si logro recomponerle algun día la cara a la pobre niña, monto un salón de belleza para muñecas y te llamo para que me eches una manita con la manicura, ¿qué te parece?
Comment by Barbarita — June 13, 2007 @ 6:43 pm
me encantó!!!! yo no puedo participar en el concurso no soy genéticamente apta para el manejo del pincel, tengo cierta rigidez que lo hace imposible, triste pero cierto :(
Comment by Alex — July 8, 2007 @ 2:34 pm