Dice el refrán que quien avisa no es traidor, sino avisador. Así que yo aviso: dentro de nada se va a producir el primer momento pacoumbraliano de la historia de este cuadernito. Por tal motivo mi amiga Prisci está encantada y me ha felicitado hace un rato por teléfono (se ve que está feliz, pero no tanto como para subir los cuatro pisos).

Yo, la verdad, también estoy bastante contenta porque al fin he terminado el libro.

Sí, el libro es ese libro que decía la Romu que quería para poder leerlo mientras se sienta a hacer sus cositas en el baño.
(¡Ah, no, que el que tiene la costumbre de leer mientras libera los residuos corporales es otro!). Bueno, sea como sea, el libro ya está toooooooooooodo hecho y le han salido 142 páginas llenas de letras.
Esto ha sido posible gracias a que algunos fueron persistentes en el tiempo y en el espacio. Uno a la distancia y otro sentado a la mesa mientras cenábamos, pero siempre los dos dale que dale con el libro. ¡No se olvidaban nunca!

Pues bueno, ahora ya está el libro en el mundo, y ahora la cosa ya no tiene remedio.

A mí, en realidad, esto del libro me ha recordado más o menos a cuando te quedas embarazada fuera de pronóstico y una noche dices «en menudo lío me he metido», pero luego, cuando el niño nace ya te gusta porque es tuyo y tiene cosas en las que se te parece, y además te ha costado mucho trabajo ponerlo en funcionamiento y etcétera, etcétera. Por eso estoy lo que se podría llamar contenta.

Por eso y porque Bernardo Erlich me ha hecho la tapa para que pueda sacarlo a la calle decentemente, al pobre.
(Entre nosotros, queridos lectores: a mí lo que más me gusta del libro es la tapa. Yo me voy a comprar mi propio libro básicamente por eso, para tener esa tapa en la mesilla de noche y poder mirarla de cerca).

Pero también he de decir que el libro por dentro ha quedado lindo. Y esto es así porque Hernán Casciari me ha ido revelando todos los trucos habidos y por haber en el planeta para que el libro parezca un libro.

—Tenés que eliminar las viudas y sacarle los numeritos a las páginas en blanco —me decía el Jorge con disimulo mientras comíamos pizza.

—Ajá —decía yo, poniéndome toda colorada porque me da mucha vergüenza que me digan cosas del libro cuando hay gente y hay comida, todo al mismo tiempo.

Y él:

—¡Pero mandámelo que lo revise, pelotuda!

Y yo, flojito:

—Bueno, vale…

En fin, no quiero resultar pesada, así que ya termino el momento pacoumbraliano de hoy. Pero tómenselo con paciencia porque vendrán más. Al final, es lo que tiene ponerse y armar un libro, que tarde o temprano no te queda otra que hablar de él…