Teníamos dos gatos y dos perros y éramos una familia feliz.
En los veranos íbamos y volvíamos de la playa al menos tres veces en semana. También teníamos una criada a la que llamábamos «tía» para que todos creyeran que era de la familia. Quizá porque en nuestra comunidad no se estilaba tener criada es por lo que mamá prefería que la llamásemos «tía», para que nadie nos tachara de ricos o algo similar.
A mí, la verdad, me daba bastante igual llamarla tía que llamarla por su propio nombre: Mati.
Un día, después de regresar con ella del colegio y con Braulio y Cecilia de la mano, y también después de haber parado a comprar golosinas, le pregunté si le gustaba eso de que le dijéramos «tía».
—Sí, ¿por qué no? —fue su respuesta.
Mati no hablaba mucho. Era de un pueblo del sur. De un pueblo seco, sin río. Mi padre la había encontrado una noche a las puertas de la iglesia, muy angustiada. Llevaba un niño pequeño en los brazos y decía que lo quería donar. Entregarlo a la iglesia como si fuera un donativo o algo así. No lo sé muy bien porque yo era muy chico entonces y después, ya de más grande, no me ha parecido oportuno hacer preguntas. Pero sí sé que cuando mi padre encontró a Mati en la puerta de la iglesia y ella le dijo que quería donar al niño, mi padre le explicó que a los niños era mejor no donarlos si uno los quería. Entonces le habló de mí y de Braulio y le preguntó si ella quería a ese bebé. Yo tenía cinco años y Braulio estaba recién nacido y me figuro que mi padre le soltó algún tipo de discurso que hizo que ella cambiara de opinión. Unos días después, papá la trajo a casa. Los trajo a casa a los dos, a ella y al niño. El niño era casi igual de pequeño que Braulio pero más rubio. Tenía los carrillos blancos como bolas de vainilla y se le pusieron colorados en cuanto permaneció en el salón un rato. Mamá entonces bajó la calefacción. Dijo que seguramente el bebé no estaba acostumbrado a una temperatura tan cálida. Mamá enseguida tomó al niño de Mati en brazos y empezó a hacerle las mismas carantoñas que le hacía a Braulio y que supongo me había hecho a mí a su edad. Yo estaba callado. Mamá entonces dijo que Mati era la tía de papá, una tía del sur que había venido a vernos y a traernos a Cecilia.
Cecilia era el bebé.
Ahí me di cuenta de que el bebé no era tal como yo había pensado, sino que era un bebé de sexo femenino.
A Mati, esa tarde, mis padres le sirvieron café y pastas. A la pequeña le dieron un biberón que engulló deprisa, y a mí me regalaron una lata en forma de vaca llena de caramelos. Braulio descansaba boca abajo. Parecía que estuviéramos festejando algo.
Cuando se hizo de noche, nuestra nueva pariente y la bebé se quedaron a dormir. Fuera llovía bastante y también hacía viento.
Al otro día, mientras desayunábamos, la tía que había venido del sur ya estaba planchando las camisas de papá y escuchando las instruciones que mamá le daba sobre la picadora de carne y demás electrodomésticos modernos.
Semanas después nos cambiamos de casa. Papá vendió la lavandería a muy buen precio y montó una tienda de máquinas de coser en una ciudad nueva. Nos mudamos todos allí. Mati y la bebé también vinieron con nosotros, y entonces fue cuando mamá dijo que era muy importante que a Mati la llamáramos siempre «tía».
Cuando nos instalamos en la nueva casa es cuando empezamos a tener perros y gatos porque había un gran jardín. También tuvimos un hamster que hizo su vida tranquilo hasta que Braulio lo tiró a la piscina sin querer y entonces mamá dictaminó que se acabaron los hamsters para siempre. Se había puesto enferma de tener que cazarlo con la red una vez muerto. Eso es lo que le dijo a papá más tarde y papá le dio la razón.
Al cabo de nada empecé a ir al colegio. Los bebés crecían y a la gente le parecía que eran una maravilla de críos. Cumplieron tres años y a Cecilia se le había oscurecido un poco el pelo, por lo que ahora eran dos bebés idénticos, o al menos esa era la impresión que daban. Dos bebés igual de grandes con el cabello rubio ceniza. Nadie dudaba de que fueran hermanos y rápidamente los tomaron por mellizos.
De esta manera vivimos algún tiempo. Como una familia feliz en un hogar saludable sin grandes problemas ni altibajos de ningún tipo, hasta que un día llegaron dos personas golpeando la puerta estrepitosamente. Eran una pareja muy extraña. Para entonces yo ya tenía nueve años pero nunca había visto gente así. Ella hablaba con un acento muy marcado del sur, iba despeinada y de aspecto se parecía a Mati. Era como tener delante una réplica de Mati si alguna vez Mati hubiera sido joven y sucia. Él llevaba el cráneo rapado al uno y muchos aros en las orejas. Tenía tatuajes en los brazos y hablaba a gritos cuando la tía inocentemente abrió la puerta. Él la empujó con brusquedad hacia atrás y la llevó contra la pared. La chica también gritaba, pero menos. Se tambaleaba un poco, como si hubiera estado mareada, y repetía: «Te encontramos, perra. Te encontramos, perra». Sólo decía eso.
Mati empezó a llorar. Yo lo estaba mirando todo desde la escalera. Al principio me dio miedo, pero enseguida reaccioné y pensé en mis hermanos. La sensación de que esa gente tenía algo muy intenso que ver con Mati, pero sobre todo con Cecilia, se apoderó de mí. Así que salí al jardín, donde los dos estaban jugando, y me los llevé de allí por la parte trasera de la casa. Todo esto sin hacer el menor ruido.
Casi una hora después llegué al negocio de mi padre con los niños, cada uno apretado a un lado de mi cuerpo. No me quedaba aliento y a ellos tampoco. Cuando le conté a papá lo sucedido, se puso muy nervioso y cerró la tienda. El último cliente no había hecho más que salir. Me dijo: «Bien, Rober. Muy bien» y volamos al coche. Fuimos a buscar a mamá, que se encontraba en clase de pintura, y abandonamos la ciudad a todo meter. Tres horas más tarde o así, paramos en un hotel de carretera. No llevábamos equipaje, no llevábamos nada. Papá nos dejó en aquél lugar a los cuatro y se marchó. Dijo que volvería a por nosotros en cuanto solucionara un par de cosas.
Aguardamos dos días enteros en aquél antro. Mamá estuvo histérica todo el tiempo. No nos dejó asomar la nariz por la ventana ni una sola vez hasta que papá llegó de nuevo. Los niños quedaron hartos del encierro y cuando por fin pudimos salir se liaron a correr como locos por la inmediaciones del edificio. Mamá acabó llorando cuando le gritó a Cecilia que hiciera el santo favor de subir al coche. Como la niña no atendía a sus ruegos, terminó dándole un azote y ahí es cuando rompió a llorar. Lloraron las dos. Braulio se portó bastante mejor al ver eso.
Pasamos todo el camino sin decir palabra. Al llegar a casa, Mati no estaba. Mamá no preguntó por ella y yo tampoco. Cenamos todos en silencio y nos fuimos a la cama.
Transcurrió mucho tiempo hasta que volvimos a ver a Mati. Fue una mañana de 1969. Yo ya tenía doce años y los mellizos, siete. Emergió del jardín como una aparición misteriosa. Vestía toda de negro y el pelo se le había vuelto blanco. No tuvo ocasión de tocar a la puerta de la cocina porque mamá se lanzó a abrir en cuanto la vió, sin titubear lo más mínimo. Era como si la hubiera estado esperando desde hacía mucho.
Entre las dos prepararon café con helado, luego sonrieron y se abrazaron varias veces. Era julio y el calor apretaba con fuerza. Con la excusa de la temperatura, mamá me invitó a que saliera afuera con los niños y nos diéramos un chapuzón en la piscina. Como no me vino a la cabeza nada inteligente que decir para rebatir su idea, tuve que hacerle caso. Hubiera preferido poder quedarme allí dentro con ellas y escuchar su conversación.
A partir de ese momento, Mati volvió a ser nuestra tía y nuestra criada.
Yo digo que era nuestra criada porque papá le pagaba un sueldo y porque mamá le indicaba todo lo que tenia que hacer, que era justamente ayudar en los asuntos domésticos.
Un día, no mucho tiempo después de que volviera, subí a su cuarto a cambiar una bombilla fundida del aplique del techo, y al desplegar la escalera vi que sobre la mesita de noche había tres fotos puestas en tres marcos. Una de las fotos era un retrato adolescente de la chica aquella que vino gritando esa vez: «Te hemos encontrado, perra». Era una foto de estudio y se la veía peinada, maquillada y con ropa nueva. La otra era de un bebé de aproximadamente dos años, muy flaquito, sentado en un coche de paseo bastante roto. Llevaba un tubo de esos de oxígeno en la nariz y no reía. En una esquina de la imagen, sobre las piernas del niño, alguien había escrito:
Para la abuela Mati, de su querido y paciente Elías. Febrero de 1959
En la tercera foto aparecíamos nosotros. Es decir, Braulio, Cecilia y yo. La instantánea la había tomado papá el día en que celebrábamos el quinto cumpleaños de los mellizos. Salíamos mirando a la cámara sonrientes. Al fondo, desenfocada, se veía una parte de mamá hablando por teléfono.
De las tres imágenes que Mati había colocado allí, la nuestra era la única ante la que no ardían velas ni cabeceaban flores fragantes.

Me encantan estas historias donde se dice todo y no se dice nada.
Es la primera vez que no te identifico en un escrito, y como siempre, te salió fabuloso.
Comment by Ginger — January 19, 2007 @ 7:43 pm
Gracias, Gin :)
Comment by Barbarita — January 19, 2007 @ 8:02 pm
Precioso. Leéte éste, que también es un cuento con fotos.
Comment by Bernardo — January 19, 2007 @ 8:06 pm
¡Boo, qué lindo!
Comment by Barbarita — January 19, 2007 @ 9:14 pm
Bastante bueno aunque quede un poco confuso a mi parecer… no entiendo lo del niño de la silla de ruedas y oxigeno…
Me ha recordado a la “parte mexicana” de Babel, peli que si no has visto te recomiendo :);)
Comment by dvd — January 20, 2007 @ 11:46 am
Hay historias que te dejan pensando que no entendiste, porque el autor/a no lo dijo todo, porque el autor/a no sabía como escribirla. Pero hay historias que son como son, y que te vas a pasar un tiempo pensando en ellas, dándoles vuelta, releyéndo… pero sin poder agregarles, porque sabes que como están escritas: son.
p.s. y agrégale a eso que sigo leyendo a Carver y sabrás como tengo la cabeza de llena…
Comment by pal — January 20, 2007 @ 11:48 am
Dvd: no, no he visto esa peli. Casi no veo cine. Pero si me la recomiendas, haré por verla :)
Por otro lado (y aunque no tiene la menor importancia), el niño del tubito de oxigeno no está sentado en una silla de ruedas sino en un cochecito de bebé. “Coche de paseo” he escrito, quizá no sea muy claro.
Puede que el cuento quede algo confuso porque sólo salen las partes de la historia que Rober ve o sabe a ciencia cierta que ocurrieron. He intentado incluír detalles y datos significativos para que el lector intuya todo eso que no se cuenta. Pero quizá no lo he hecho bien.
Gracias por leer y darme tu punto de vista. Me ayuda mucho que la gente me cuente sus impresiones, porque uno cuando escribe lo tiene todo muy claro en la cabeza pero nunca sabe hasta qué punto está la habilidad para transmitirlo.
Lo que yo creo, Pal, es que si el autor no sabe como escribir una historia, nunca le va a salir muy bien. Otra cosa, como bien dices, es que el autor no sea 100% explícito aposta. Pero claro, para hacerse entender así también hay que tener cierta pericia.
En resumen: ¡Tengo que estudiar más! ;-)
Comment by Barbarita — January 20, 2007 @ 1:00 pm
También sucede que uno se acostumbra a la televisión y a las revistas, que por más interesante que se pongan, al final son excesivamente expositivas. Te atan todos los cabos, te cierran todas las sumas.
Y no tiene por qué ser así, y en la literatura muchas veces no es. En tu cuento hay una familia amenazada por unos “otros”, cuyo peligro está subrayado por la mirada de un niño, ante la cual todo lo que ocurre se agiganta. Eso lo torna más logrado: que no se termine de saber, pero se intuya que pasó algo tremendo. Que no se abandone la voz de narración en ningún momento.
Además no hay engaño; desde la primera línea avisa sobre el punto de vista y el tenor del relato: “Teníamos dos gatos y dos perros y éramos una familia feliz.”
Una primera frase perfecta, como si fuera poco.
Comment by Bernardo — January 21, 2007 @ 5:58 pm
Ya sé que soy una aburrida, pero apoyo a Bernardo. Justo pensaba anoche (o sea me quedé pensando) que como lectores nos ponemos cobardes, y que eso impide entrar en el juego de creerse las intuiciones que te trae un relato. Lo que entendiste, captaste, sentiste: ES, y puedes pensarlo hasta el final.
Casi no me atrevo a pensarlo, pero … es … uno… de …tus mejores relatos… Uf! me costó… uf! me voy a descansar.
Comment by pal — January 22, 2007 @ 8:33 am
Yo discrepo un poquito, ya que parece que mi comentario se ha entendido como “por favor, historias planas como una baldosa que si no me pierdo” y no es verdad. Solo apunte que me parecia confuso ya que la aparicion de Elias al final del cuento pues eso que no se a cuento de que aperece (sorry por lo del carrito-silla de ruedas, un pequeño lapsus supongo) y que eso pues lo que hace es desconcertar un poco… miedo a pensar? no creo :)
Comment by dvd — January 22, 2007 @ 9:31 am
Coincido, me quedo con dudas, como esperando un “continuará…” pero me gusta mucho.
(He hecho un estudio exhaustivo y me sale que Rober y Elías tienen la misma edad)
Comment by Bart — January 22, 2007 @ 10:56 am
Gracias a todos por las opiniones.
Dvd: el retrato de Elías pretende ayudar a imaginar las razones que llevaron a Mati aquella noche a estar delante de la puerta de la iglesia con la idea de “donar al bebé”. Lo pongo entre comillas porque es la forma en que Rober lo diría, la gente más bien diríamos que estaba intentando abandonarlo… o si pensamos un poco más allá, quizá dejarlo en un lugar donde creía que alguien se haría cargo de él, un lugar seguro.
Bart: es cierto… HUBIERAN TENIDO la misma edad.
Comment by Barbarita — January 22, 2007 @ 12:14 pm
Pero es un detalle extra que descoloca la cosa no?? o sea… un motivo extra… no le hace falta, Mati tiene todos los motivos de “donar el niño” viendo como se puede ver el percal de la vida que le espera a la niña… ¿porque no dono a Elias?… en fin, para que quede claro: Me parece un buen cuento (no el mejor, ese para mi es el de cuando no te alejes si va haber tormenta) pero creo que ese detalle no redondea el cuento… es superfluo y a mi modo de ver un cuento no tiene que tener nada superfluo (eh, que conste que no me las doy de experto)
Comment by dvd — January 22, 2007 @ 12:36 pm
Rectifico, Bart: Rober y Elías TENÍAN la misma edad en 1959. En 1969, cuando Rober mira la foto, HUBIERAN TENIDO la misma edad.
Comment by Barbarita — January 22, 2007 @ 12:41 pm
Si, quizá tengas razón, dvd.
La cosa es que, según lo veo yo, muchas veces alguien sólo se atreve a tomar una decisión tan drástica cuando ha pasado ya por una experiencia. Ese es el sentido de que aparezca Elías. Las razones por las que no “donó” a Elías pueden ser muchas y todas bastante lógicas si se piensa en Mati como madre, no sólo como abuela.
Comment by Barbarita — January 22, 2007 @ 12:55 pm
Pal, ¿por qué dices que eres una aburrida? ¡Yo también estoy de acuerdo con Bernardo!*
*(aquí una risa grande)
Comment by Barbarita — January 22, 2007 @ 1:47 pm
Barbie, aburrida, porque casi siempre vengo y digo: pienso igual que Bernardo… eso si, no taaaan parecido cuando se trata de acciones de arte por un millón de doYares en el cielo de Texas… parece.
DVD te re-juro que no pensé en ti! pensé en MI (yomimemioconmigodemi).
Hice un resumen de lo que “sé” en este cuento y me pregunté sino ME era suficiente. Por ejemplo que la chica es su hija, que Mati le “robó” el niño para salvarlo, que lo hizo desesperada ante la muerte del otro, y con esto abandonó a su hija a su suerte… mató a la hija finalmente? que sabían los padres de Rober del rollo? todo? y son tan buenos e ideales? criada y tía… que buena solución! absolutamente real… el ambiente de los 50- 60tas pude olerlo… etcetcetc.
Reconozco que después de Carver uno queda abierto a cualquier cosa. Es casi ver el cuento como un poema. No hay obligación de entenderlo, no por lo menos, en el sentido de la deseada y acostumbrada omnipresencia.
Uf! perdón el largo del comentario…
Te lo repito Barbie: uno de tus mejores cuentos.
Comment by pal — January 23, 2007 @ 8:49 am
Gracias, Pal, eres un lujo.
Con este recuento que haces de lo que “sabes” de la historia y las preguntas que al final te formulas, me quedo contenta :)
Eres la lectora que todo aprendiz de escritor debería estar agradecido de tener!!!
Comment by Barbarita — January 23, 2007 @ 11:41 am
Che ¿cómo es eso de que los que están de acuerdo conmigo son aburridos?
Comment by Bernardo — January 23, 2007 @ 5:37 pm
a mi, no solo me gustó, sino que soñé con una parte del cuento. lástima que la memoria del sueño es tan volátil, me hubiera gustado soñarlo todo y hacerle algún aporte.
Comment by Tia clari — January 24, 2007 @ 12:23 am
:) :)
Comment by Barbarita — January 24, 2007 @ 10:51 am
Mmm, yo no se si Mati mató a su hija. Pensé que había sido el papá de Rober en esos 2 días en los dejó en el hotel.(O tal vez la chica murió en esos años de ausencia de Mati, víctima de las drogas, si, mejor eso; no queremos un papá asesino)
Esta historia está Nº1 en el Top Ten !!
Comment by Anaik Frita — January 25, 2007 @ 3:11 pm
Gracias Anaik, por el buen puesto que otorgas al cuento en el ranking, pero sobre todo por las conjeturas!!!
Comment by Barbarita — January 25, 2007 @ 7:19 pm
Hola Barbarita, a mi tu historia me resultó muy buena, tiene una onda Carver que me fascina. Me da gusto que tus letras gocen de tan buena salud.
Te dejo un beso grande
Comment by kill — January 29, 2007 @ 1:07 am
¡Gracias, Kill!
Es un placer enorme que te haya gustado el cuento :)
Beso grande para ti también.
Comment by Barbarita — January 29, 2007 @ 12:01 pm
Genial!!. Y te lo dice uno que todavía no sabe a ciencia cierta que es un Cronopio.
Comment by El Angel Gris — January 29, 2007 @ 12:42 pm
Jejeje. Gracias, Angel ;-)
Comment by Barbarita — January 29, 2007 @ 1:27 pm
El bebé de la foto es el hermano mayor de Cecilia, que murió porque la hija de Mati se inyectaba hasta el agua de los floreros y el tipo rapado era un golpeador.
Mati, no sé como, mató a los dos y terminó en cana. Cuando salió volvió al único lugar donde se sintió respetada y querida.
Rober fue un gra héroe en esta historia.
¿Voy bien???
Besos y felicitaciones
Comment by DudaDesnuda — January 29, 2007 @ 6:41 pm
Dudis, es a lo que me refería con que me gustaría permitirme entender… que buena… sigue contando que me interesé… ah! perdón de veras que el cuento es de Barbie…
Comment by pal — January 29, 2007 @ 7:15 pm
Qué liiiindo… :) :)
Comment by Barbarita — January 29, 2007 @ 7:33 pm
Bueno Bárbara es la primera vez que entro en tu pagina (por recomendación de Orsai.es) y me he maravillado. Justo me vengo a topar en mi primer lectura con el relato este muy bien logrado. Rescato todo el desarrollo, pero pondero mas que nada la frase inicial. Ahi si uno vuelve a leerla se resume todo el cuento. Genera tal tensión y estabilidad al mismo tiempo que es inevitable que pase algo despues de eso. La frase da un axioma simple y facil, y tiene una fragilidad tal como un dibujo perfecto y hermoso, mostrado a la interperie, justo antes de una tormenta. Me encantó el cuento y no conozco a Carver pero bueno, por lo que dicen tus amigos te estas asemejando a un estilo bastante bueno. Creo yo que tienes el propio. En tu texto hay una infinita percepcion y sinceridad de infante, explayada con palabras de adulto. Felicitaciones Bárbara, desde La Plata, Argentina.
Comment by Rodro — February 2, 2007 @ 5:49 am
Bienvenido, Rodro. Me hace feliz que te haya gustado el cuento, y te agradezco un montón el comentario.
Comment by Barbarita — February 2, 2007 @ 11:14 am
caramba, tengo que volver a leer el cuento. Agarre pa los tomates, o los comentarios estos me confunden…
Comment by miriam — April 4, 2007 @ 5:02 pm
me gusto el cuento demaciado
Comment by maria jose monardezdiaz — August 14, 2007 @ 12:45 am