Durante cuarenta y cinco años fui «el hombre que toca el triángulo» en la Orquesta Sinfónica del Valle de la Pana, eso para empezar. Ejercí como percusionista y dandy reputado desde 1955 hasta hace apenas unos meses en que me llegó la hora de la jubilación.

Mi carrera musical la inicié de la mano de mi progenitora, que se empeñó en llevarme todos los lunes, miércoles y viernes de mi infancia al conservatorio. Y siguió, sin pausa alguna, a medida que aprobaba los exámenes. Lo cierto es la música me era bastante indiferente en aquellos primeros años. Incluso me resultaba un poco antipática por todo el esfuerzo intelectual que acarreaba, hasta que comprendí que para vivir aquella experiencia de un modo más relajado, el triángulo bien podría ser mi instrumento. En cuanto efectué tan ventajosa elección, a mi mecenas particular se le retiró el periodo y creyó estar embarazada de nuevo —cosa extraña porque su marido, o sea mi padre, hacía ya dos lustros que había caído en el frente y ella había jurado ante su tumba mantenerse alejada de cualquier nueva relación—, pero como a los nueve meses no ocurrió nada de nada, el doctor dictaminó que se trataba de un caso de menopausia precoz, seguramente originada por el disgusto. (Debo aclarar que mi madre, en su gran amor hacia mi persona, siempre me imaginó pianista).

Pese a todo, conseguimos ser una familia a la que podría catalogarse como feliz. Yo, constantemente viajando de un extremo al otro del mundo, y ella tranquila en casa, atendida por la doncella y alimentada por la cocinera, invitando a tomar el té a sus amigas como si fuera inglesa, y hablando con desmedido orgullo de su vástago.

Serena y ordenadamente fueron transcurriendo nuestras vidas, hasta que en la nochevieja de 1991 mi madre exhaló su último suspiro, dándome todavía algunas indicaciones de rigor: «Augusto, no se puede ser maestro en todas las disciplinas», «defiende tu honorable puesto como músico ante la incomprensión de los tontos», «es hora de que formes una familia», etcétera. Esa noche nevaba, yo tenía ya 56 inviernos a mis espaldas, y el jardín aguardaba la llegada del nuevo año con el sosiego que sólo los jardines nevados y las princesas dormidas poseen. Y a partir de aquél momento mis nocheviejas y mis años nuevos no los volví a celebrar en compañía de nadie. Ni de familiares ni amigos porque no tenía, ni de mujeres bellas porque no me quedaban ganas. Tomé la decisión, tal vez extravagante, de que en lo sucesivo esas fechas terribles iban a acogotarme en algún lugar lejano en el que me sintiera reconfortado por las voces anónimas de los que brindaran en la habitación contigua, y no en la soledad en mi propia casa.

Así es como un 31 de diciembre, concretamente el de 1999, llegué al hotelito de la capital austríaca en que iba a alojarme, a eso de las 17:20 horas. En principio todo parecía normal. Las luces, la respiración de la gente en mitad del frío, el calorcito reconstituyente del hall del hotel y la recepcionista de mofletes colorados. A mi izquierda, una puerta de cristales daba a la cafetería anexa. A mi derecha una hermosa mujer de mediana edad se encontraba sentada en el sofá, probablemente esperando a alguien.

A las 18:30, después de haber dejado mi equipaje en el cuarto, bajé al bar y me dispuse a tomar algo caliente, acompañado de la revista de crucigramas que había comprado en el aeropuerto. Todo estaba resultando predecible y deseable, exactamente igual que en las ocho ocasiones anteriores que había cambiado el año desde el fallecimiento de mi madre.

Me encontraba sentado a una mesa, enfrascado en la resolución de un vertical, cuatro letras, planta tifácea semejante a la espadaña, cuando de pronto la mujer que había visto hacía un rato esperando en el vestíbulo, se me acercó y dijo:

—Perdone, ¿es usted español, verdad?

—Sí, así es —dije yo.

—¿De la provincia de Soria?

—No, no exactamente. Pero de muy cerca.

—¡Ah! —exclamó ella con una gran sonrisa—. No se figura la alegría que me da haberlo encontrado aquí, en esta ciudad tan fría y donde la gente habla tan raro. Se lo digo en serio, me parece fantástico que hayamos coincidido.

Si esa misma escena hubiese tenido lugar quince años atrás, no hubiera dudado un instante en invitar a esa mujer a que se sentara conmigo y, seguramente, hubiera desplegado todas mis artes de conquistador. Pero a esas alturas de mi vida y precisamente en nochevieja, no.

—Lo siento, señora. Me gustaría que sus deseos se convirtieran en realidad. Quiero decir, me gustaría que fuese verdaderamente fantástico el hecho de haber coincidido usted y yo, pero me temo que no es así.

—¿Cómo? ¿Es que no hemos coincidido en Viena dos españoles de la provincia de Soria (que por otra parte, ya es difícil) y solos, además? ¿Y eso no le parece maravilloso?

En algo tenía razón la mujer. Solos estábamos, por lo menos yo.

—Bueno, no quiero parecer descortés, discúlpeme. Lo que ocurre es que yo he venido aquí a estar solo, justamente.

—Ah, entiendo… ¿Y por qué desea usted estar solo en una noche como ésta, si no es indiscreción? —Se guardó los guantes, que todavía llevaba en las manos, dentro del bolsillo del abrigo—¿Le importa si me siento aquí a su lado un momentito?

—No, no me importa, siéntese si quiere. Pero le advierto que por lo general no soy una compañía muy agradable, menos aún en fiestas. —Hice una pausa como de blanca o más—. Tengo dramas personales que me empujan a ello, ¿sabe?

La mujer asintió con una sonrisa fina y grave al mismo tiempo.

—Vaya, lo siento. Cuando lo he visto aquí sentado tan elegante, tan caballero y tan solitario, me he dicho: ¿es posible que un hombre así esté resolviendo crucigramas en un hotel de Viena, en horas previas a la nochevieja, y a nadie le llame la atención? —Suspiró y adoptó cara de vendedora de dulces—: A no ser que esté usted aquí por motivos de trabajo…

—No, motivos de trabajo, ninguno. Mi orquesta, al contrario de lo que hacen otras con más renombre, respeta el Año Nuevo.

La mujer pareció alegrarse mucho con mi respuesta.

—Ah, ¿conque es usted músico? ¡Qué profesión tan fascinante! Y dígame, ¿cuál es su instrumento? ¿El piano? ¿El violín? ¿El violoncelo?… Oh, no, no me lo diga… ¡Es usted el director!

La mujer reía a pequeñas carcajadas, como lo haría una niña con una caja misteriosa en las manos mientras la agitara cerca de la oreja para adivinar su contenido.

—No, no —dije yo, un poco contagiado del optimismo infantil de ella—, el director, no. Soy el percusionista.

—¿Percusionista? ¿Y qué hace el percusionista?

—El percusionista —fui a decir entonces, lenta y didácticamente— es ese señor que toca el triángulo seis veces en todo el concierto y cobra lo mismo que el del clarinete, y que el del contrabajo, y que la señora del arpa y que… —pero finalmente respondí, sin una razón concreta para ello—: No, es broma, no soy el percusionista. Mi instrumento es el piano.

—¡Oh, qué bonito! —dijo ella. Y se produjo un breve silencio que rompió, en alemán, el camarero:

—¿Desea tomar algo la señora?

—Sí, gracias. Un café, igual que el señor.

Cuando el mozo se fue, dudé entre continuar con mi crucigrama o preguntarle a aquella acompañante espontánea su nombre. Pero no me hizo falta.

—Deje que me presente —manifestó de pronto, como si me hubiera leído el pensamiento—: Me llamo María Elena Navarro y he venido a Viena a acompañar a una prima lejana en sus últimos momentos como viuda. Es decir, he venido a acompañarla en los preparativos de sus segundas nupcias y a hacerle de dama de honor si fuera necesario. De sus familiares más allegados, de los que viven aquí en Austria —que son muchos y además austríacos de pura cepa—, ya no le queda ninguna amiga, sobrina o hermana soltera. Así que me llamó a mí preguntando si no tenía inconveniente en hacerle el favor. Y yo, desde luego, no lo tengo. Así que me vine tan pronto como me lo permitió mi trabajo, y aquí estoy desde hace tres días… sin saber muy bien qué hacer, porque mi prima, al final, ha reñido con el novio (un tirolés, no sé si conoce usted el carácter de los tiroleses…), y ahora nadie sabe si va a haber boda o no. Lo más chocante de todo ésto es que la ceremonia iba a celebrarse precisamente en Año Nuevo por aquello de comenzar con buen pie, ya que la pobre se casó anteriormente un Primero de Noviembre, y el matrimonio le duró escasamente doce semanas. Pero ya le digo, ahora nadie sabe lo que va a pasar, todo depende del tirolés. Yo, por lo pronto, espero aquí tranquila en esta hospedería que, a decir verdad, es bastante acogedora. Y cuando se pongan de acuerdo entre ellos que me digan lo que sea, ¿no le parece?

—Sí, desde luego —contesté sin convicción ninguna, sólo por no hacerle un feo.

De repente, María Elena Navarro preguntó:

—Y usted, perdóneme el atrevimiento, aparte de venir a Viena a estar solo, ¿ha venido a alguna cosa más?

Cerré la revista de crucigramas fingiendo desinterés, más que nada por darme tiempo para decidir si quería continuar hablando con aquella desconocida ociosa, o si prefería salir a dar un paseo, sacármela de encima y regresar con sabañones en las orejas, la nariz colorada y la artrosis campando a sus anchas por codos y rodillas.

—No, en realidad, no. Sólo he venido en busca de soledad y olvido. Eso es todo.

El camarero apareció con la taza de café y la dejó sobre la mesa.

Maria Elena Navarro le dio las gracias y me miró, podría pensarse que con cierto aire compasivo.

—Vaya. Debe de estar pasando usted muy mal momento. No me gustaría parecer entrometida, pero si puedo ayudarle en algo…

—Se lo agradezco, pero no creo que pueda —dije, afectando un tono seco—. Ya no hay remedio para lo mío.

En realidad no sé por qué dije eso. No sé qué me llevó a pronunciar semejante frase, porque aparte de haber perdido hacía ocho años a una madre de noventa y dos, no me había ocurrido nada significativo en la vida. Menos aún algo que «no tuviera remedio».

—Se lo digo muy seriamente, señor… ¿señor?… ehmmm… no conozco su nombre.

—Ah, perdón, Arrufat. Augusto Arrufat.

—Pues eso, señor Arrufat. Que si puedo serle útil en algo, no dude en depositar su confianza en mí. Mis amigas dicen que soy muy buena oyente en cuanto a problemas de dificil solución se refiere. Dicen que siempre encuentran una palabra de aliento conmigo. En fin, no quisiera pecar de inmodesta, pero eso es lo que se escucha en algunas localidades de la provincia de Soria cercanas a mi pueblo, ja ja.

Sonreí. Aquella mujer era una loca. Una loquita soltera e inocua.

—Verá, María Elena —me escuché decir— (¿me permite que la llame María Elena, verdad?). Yo he venido a esta ciudad huyendo de mi pasado. Huyendo del abandono del que he sido objeto por parte de mi familia. Huyendo de mis propios errores, de mi destino, de todo. —Sorbí un poco de mi café, que ya estaba frío, mientras ella me miraba con ojos expectantes—. Estuve casado durante más de treinta años con una mujer que lo era todo para mí. Es decir, ella y mi piano lo eran todo para mí. Nos conocimos al poco tiempo de obtener yo mi plaza en la orquesta en la que todavía trabajo, y meses después nos casamos en secreto, sin avisar a nadie, ya que Pilar era hija de un zapatero desdentado de un pueblo de Segovia, y mi madre, siempre cautelosa y reticente a descender de posición social, jamás hubiera dado su consentimiento para esa boda. Los primeros años vivimos felices en una casita de campo. Yo me iba a mis giras, y a la vuelta de cada viaje ella me esperaba con un deseo in crescendo que nada podía hacer presagiar un final a nuestro matrimonio. Buscamos hijos y los tuvimos, una parejita. Primero el chico, luego la chica: guapos, inteligentes, perfectos. Todo parecía ir bien. Incluso mi madre, con el tiempo, llegó a perdonar mi atrevimiento y mi poca cabeza al enamorarme y llevar al altar a una muchacha de pueblo, pero lo hizo porque acabó creyendo que Pilar era buena y abnegada, igual que yo lo creí. Pero nada de eso fue verdad, María Elena, porque cuando ocurrió lo que ocurrió, Pilar mostró su verdadero rostro.

María Elena Navarro me escuchaba boquiabierta, totalmente entregada a mi relato. Se le podían contar cuarenta y cinco años de edad o más por las arrugas de la frente, pero era una mujer bella y bien conservada. Tenía un aire ingenuo cuando reía, y reía bastante a menudo. Al menos en las cafeterías de los hoteles vieneses.

—¿Y qué fue eso que ocurrió, señor Arrufat?

—Bien, pues lo que ocurrió, mi estimada, es algo que me cambió la vida para siempre. Una noche de agosto de 1974, al volver de Friedrichshafen en uno de mis tantos viajes con la orquesta, fui arrollado por un camión cisterna en plena Gran Vía de Madrid. Eso fue de madrugada, mientras esperaba pacientemente un taxi. Al principio se temió por mi vida, pero al final sólo hubo que temer por mi pierna izquierda, que quedó reducida al penoso estado de rompecabezas y los cirujanos se las vieron y se las desearon para poder montarla de nuevo y que me sirviera para algo. Después de muchos meses en recuperación, cuando por fin salí del hospital ya era un hombre nuevo. Es decir, ya no era Augusto Arrufat, el pianista. Ahora era un hombre cuya pierna izquierda había quedado rígida y completamente inútil para la música. Un hombre que ya no podría volver a pisar el pedal de un piano con esa pierna. Un hombre cuya carrera se había visto truncada para siempre por culpa de un camión cargado de la más dañina, mortífera y anónima sustancia líquida de la historia.

María Elena Navarro me obsevaba desolada. De pronto vi que se echaba un poco hacia atrás y bajaba los ojos buscando a la víctima principal de aquél despiadado camión cisterna, supongo que para hacer una valoración de los daños. Aunque estaba algo desentrenado en la tarea de ofrecer credibilidad a mis fantasías, no me fallaron los reflejos y estiré mi extremidad protagonista por debajo de la mesa todo lo que pude.

—¿Y qué ocurrió con su carrera? ¿Y con sus heridas? ¿Logró mejoría después del tiempo?

Negué con la cabeza, causando un efecto bastante dramático en la mujer, que apretó los labios y suspiró levemente en señal de comprensión.

—No, estimada. No logré mejoría, ya le dije al principio que lo mío no tiene remedio, y no le mentía en absoluto. Pero espere y verá, porque lo terrible de todo esto no es que yo quedara lisiado por culpa de un estúpido camión que circulaba a cualquier velocidad, ni que en la orquesta quisieran jubilarme anticipadamente o reducirme a ocupar el puesto del percusionista (ya sabe, el tipo que toca el triángulo y se cree tan músico como los demás). No, el gran problema, mi querida María Elena, fue que mi mujer, que hasta entonces me había adorado como se adora a un dios, comenzó a dar señales de desánimo hacia mi persona. ¿Puede creerlo? Después de veinte años de matrimonio en el que nos habíamos amado como se aman dos adolescentes, ahora ella me apartaba de su lado por… por…

—¿Por qué había quedado usted… cojo? Perdóneme la expresión, don Augusto, no es mi intención incomodarlo.

—No, no. No hay nada que perdonar, María Elena. Así fue. Exactamente así y se puede decir con todas las letras. Yo abandoné el sanatorio con mi pierna completamente tiesa y mi carrera en la más demoledora incertidumbre, y mi esposa, en lugar de elevarme la moral y ofrecerme su apoyo, se limitó a apartarme de su vida como se aparta a un perro sarnoso.

Cuando dije «perro sarnoso» vi que la loquita se estremecía, y casi se le saltaban dos lágrimas, una de cada ojo.

—¿Y qué hizo usted, don Augusto? Porque eso es una situación terrible…

—¿Que qué hice? Como comprenderá, no pude hacer gran cosa sino intentar mantener el poco afecto que aun me quedaba por parte de mi esposa. En contra de lo que toda mi familia creía (comenzando por mi madre, pasando por mi hermano que en aquellos momentos se encontraba cumpliendo su primera condena por tráfico de estupefacientes, y acabando por la menor de mis hijos que tenía ya quince años y estaba muy rebelde), me negué en redondo a abandonar mi carrera de pianista. Insistí como un poseso en tocar igual que antes del accidente. Traté por todos los medios de no perder mi puesto en la orquesta y que mi mujer no acabara repudiándome como a un leproso.

En este punto me detuve y respiré hondo, procurando crearme un aura que remitiera a la idea de dolor, de un dolor interno e indescifrable. En realidad, no sabía si me había precipitado al utilizar el término «estupefaciente» con tanta ligereza. Tal vez soportar un hermano traficante no era digno de compasión por parte de gente honesta como María Elena Navarro. Pero en fin, la frase ya estaba lanzada al aire, ya no se podía hacer nada. De lo que sí estaba seguro es de haber tocado el corazón de aquella mujer cuando dije «leproso». Lo sé porque la lepra en general da bastante asco, pero a las mujeres como María Elena Navarro les da, además, pena.

—Augusto, no diga eso, por favor. No es usted un leproso ni un apestado. Mírese, es un hombre educado y elegante. Es más, le digo, y se lo digo de corazón, no para regalarle los oídos, que cuando lo he visto entrar hace un rato ni siquiera he reparado en lo de su pierna. O sea, que su distinción hace que su defecto pase más bien desapercibido. Le doy mi palabra de honor que es así.

María Elena había hecho su observación con la mejor de la intenciones, pero lo cierto es que atestó un buen golpe a mis dotes de fabulador. ¿Cómo no había caído en la cuenta de que ella ya estaba sentada en el hall del hotel cuando yo llegué con mi pequeño equipaje de mano y mi revista de palabras cruzadas? ¡Qué torpeza la mía!

—Gracias, estimada —dije, con total serenidad a pesar de mi tropiezo—. Es usted muy amable al hablarme así. Mi madre también solía decirme ese tipo de mentirijillas para que no perdiera la fe en mí mismo. Sobre todo cuando mi mujer, finalmente, me dejó por otro.

Volví a sentirme un conspirador profesional, un Maquiavelo de la seducción, al soltar eso último y notar que ella se me acercaba unos milímetros.

—Lo siento. Créame que lo siento —dijo, con la voz semi quebrada.

No sabía qué era exactamente lo que María Elena Navarro sentía tanto, pero podía imaginarlo. Que mi mujer me hubiera dejado por otro, que hubiese sido descubierta en un pequeño y piadoso embuste… No importaba, fui directo al grano:

—Para serle totalmente franco he de decir que tampoco conseguí mantener mi puesto de pianista. Tuve que reciclarme y ocupar el lugar del tipo que toca el triángulo. Ya ve usted lo que son las cosas.

—Creí que me había dicho que era una broma… —objetó ella tímidamente, quizá algo confundida.

—Perdóneme, yo en realidad me siento avergonzado —improvisé—. Imagine lo que es para un verdadero músico, formado durante años como tal, verse reducido a ejecutar «clin» «clin» «crash» cuatro veces en todo un concierto. Y luego escuchar los chascarrillos de los incultos: «Ah, sí, qué gran interpretación la del que toca los platillos». Y risas, comentarios y burlas de todo tipo. En fin.

—Entiendo, entiendo. No se humille más, se lo pido por favor.

—No, no lo haré, gracias por advertirme. A veces uno no se da cuenta de cuándo empieza a resultar patético. Cosas de la edad, supongo.

—¡Pero no! —casi saltó de la silla— ¿Qué dice? No es usted un hombre viejo. Algo mayor sí, pero viejo… ¡de ninguna manera!

—Vamos, vamos, señorita Navarro, que podría ser su padre. No sea usted tan condescendiente conmigo.

La señorita Navarro, de repente, se puso colorada, bajó la vista y murmuró:

—Se tiene usted en muy poca estima, señor Arrufat, permítame que se lo diga. Si no fuera porque estoy prometida desde hace más de diez años con un muchacho de mi pueblo, me atrevería a hacerle notar que es usted un hombre muy atractivo, a pesar de lo de su pierna y de lo del triángulo. Y que lo único que debería hacer para remontar su situación actual es tratar de no aislarse en hoteles de ciudades extrajeras con la nada sugerente compañía de una revista de palabras cruzadas. —María Elena Navarro detuvo su discurso por breves instantes, los precisos para dirigir su vista a la ventana y sopesar el clima—. Mire, ¿sabe qué? Podríamos salir a la calle y dar una vuelta, hace rato que ha dejado de nevar. Si le da aprensión andar por el suelo mojado, no se preocupe, yo le ofrezco mi brazo y así no hay peligro de que resbale. ¿Qué me dice? Incluso podríamos cenar juntos, porque estoy casi segura de que mi prima no va a llamar. Ya con las horas que son, es casi imposible. Y no sólo eso, cada vez estoy más convencida de que al final no va a arreglarse con el novio y se va a quedar viuda para siempre, porque estos tiroleses tienen un carácter que bueno… —María Elena Navarro me hablaba en esos momentos, casi dos horas después de haber iniciado nuestra conversación, como lo haría una criatura que a la hora del recreo estuviera proponiendo un nuevo juego a los compañeros de la clase, un juego mucho mejor que cualquiera al que hubiesen jugado anteriormente—. ¿Qué me dice, don Augusto? ¿Nos ponemos las bufandas y salimos a recorrer Viena, y a saludar al nuevo año como si saludáramos a una nueva vida, que fuera buenísima y sólo nuestra? Yo a usted nunca lo he escuchado tocar, pero estoy convencida de que es el mejor pianista del mundo (aunque ahora sólo haga «clin» «clin», ya me entiende). Y le voy a ser sincera: me hace mucha ilusión salir de paseo con un gran músico, porque nunca antes había conocido a uno. Pero sobre todo, voy a estar encantada de caminar por esas calles antiguas acompañada de un señor educado y elegante, que conoce lugares portentosos como Friedrichshafen y que ha sobrevivido al impacto asesino de un camión cisterna. ¿Qué me dice?

LLegado ese momento, no había mucho donde elegir o equivocarse. Me puse en pie, cogí mi abrigo, mi bufanda y mi revista de pasatiempos. Tomé el brazo que me ofrecía María Elena Navarro y salí con ella de aquél hotelito de Viena a recibir el Año Nuevo como nunca lo había hecho antes: arrastrando, al mismo tiempo, una pierna sana y un corazón ligero repleto de aventura.