A cien metros de mi casa hay una plaza de aparcamiento reservado para minusválidos. Es una plaza pública, lo que quiere decir que cualquier vehículo que tenga la tarjeta acreditativa, puede estacionar ahí.

Sin embargo, el noventa por ciento de las veces está ocupada por gente que no tiene ese documento, ni tiene minusvalía de ningún tipo, ni vergüenza que valga. Y no pasa nada, absolutamente nada. Nunca un guardia pone una multa, nunca una grúa se lleva un coche, nunca nada.

Nosotros tenemos nuestro vehículo desde hace un año, y hasta ahora no se nos había ocurrido denunciar a ninguno de los que cometen la infracción. Básicamente porque el aparcamiento en este barrio es un problema, y pese a que muchas veces hayamos tenido que circular durante más de una hora hasta encontrar un hueco donde dejarlo, no somos los únicos a quienes nos pasa. Por consiguiente, y más que nada por sentido común, tienes que verte muy, muy mal para decidirte a llamar a una grúa aunque te asista todo el derecho del mundo.

Pues bien, el viernes pasado a la madrugada, cuando volvíamos de una actuación y después de hora y media (literalmente hora y media) de estar dando vueltas por las calles buscando un lugar, llamamos para que retiraran un coche sin placa que estaba ocupando el sitio reservado.

Veinte minutos más tarde llegó la grúa, vió que la denuncia era correcta y se lo llevó. Como es fácil de imaginar, a nadie le resulta agradable tener que hacer estas cosas. Pero si has de elegir entre dejar tu coche en mitad de un paso de peatones o sobre la acera y arriesgarte a una multa (porque curiosamente, a nosotros sí nos han multado por poner el vehículo en doble fila delante de la dichosa plaza estando invadida por otro que no tenía ningún derecho a ella), al final decides que es mejor que sea el que está cometiendo la falta el que pague.

En fin. A donde quería llegar con todo esto es a un hecho muy simple —simple y lamentable—, y es que esta mañana, cuando Xavi ha ido a salir con nuestro coche, se ha encontrado con que teníamos las cuatro ruedas pinchadas. Las cuatro, ni una más ni una menos.

Entonces, mi reflexión es la siguiente: está visto que no sólo hay hijos de puta que aparcan donde les da la gana sin importarles una mierda por qué ni para qué existen lugares que merecen ser respetados, sino que los hay que, además, quieren tener la razón. Y la quieren tener como sea. Pues bueno, yo a esta gente sólo les deseo que un día, yendo de esta forma tan humanitaria por el mundo, les agarre un doble cancer de tobillo, les amputen las dos piernas y prueben qué tal les va la vida en posición de sentados.