En un centro comercial, en un cine, en un parque de atracciones (donde sea), la proporción de baños públicos suele rondar el uno contra veinte. Es decir, diez baños para señora normal, diez baños para caballero normal, y un baño para discapacitados, sean señoras o sean caballeros.

El mencionado baño para señoras o caballeros discapacitados, normalmente es más grande que cada uno de los veinte baños para señoras y caballeros no discapacitados, porque debe poder contener una silla de ruedas adentro con su respectivo dueño, y se debe poder maniobrar con ella sin romper nada, ni romperse el dueño tampoco.

Estos baños, catalogados como excesivos por algunos, suelen tener también las puertas más anchas que los asignados a las señoras y los caballeros que pueden caminar rápido —o incluso, sencillamente, caminar—, y esto es así porque al entrar en un habitáculo a nadie, aunque vaya en silla de ruedas, le gusta dejarse los nudillos en los marcos, y porque ciertas personas que no van en silla pero usan bastones y también mean, necesitan algo más de espacio que los demás para pasar.

Estos lujosísimos aseos tienen, además, unas barras a la altura de las manos para que la señora o el caballero discapacitado pueda agarrarse y transferirse, o para que se sienta seguro mientras hace sus cositas.

El caso es que estos baños tan hermosos y llenos de artefactos están diseñados así para que la gente con problemas de movilidad pueda aliviarse cuando sale de su casa, igual que hace el resto de la población terrícola. De otra manera, tendrían que hacérselo encima o quedarse contínuamente en sus domicilios por temor a que les vinieran ganas de hacer pis.

Por lo tanto, hay algo de suma importancia que la población en general debería saber, y es: que no está bien, pero nada bien, que los que tienen dos patitas sanas y veinte baños a su disposición, se metan dentro de ese único aseo que va marcado con un simbolito azul que quiere parecer un señor en una silla de ruedas. ¿Y por qué? Pues por todo lo expuesto más arriba. ¿Y por qué más? Pues porque si usted, persona que va a donde quiere cuando quiere y a la velocidad que quiere, ocupa uno de estos baños, el individuo discapacitado que viene detrás suyo, no puede usar ninguno de los otros aseos por más que se lo proponga, y tiene que esperar hasta que a usted le de la gana de soltar la última gota y salga de ahí, que normalmente no es enseguida porque para colmo es tan astuto que cree que al baño de los discapacitados no va nunca nadie, excepto gente lista como usted. Pero permítame advertirle que el mundo está lleno de cerebros con ideas repetidas. Y le digo más: usted no debe usar el baño de las personas discapacitadas si no es persona discapacitada por una cuestión de sentido común: una persona discapacitada necesita un baño limpio. Usted también, por supuesto. Pero una persona discapacitada lo necesita más, porque muchas veces tiene que poner las manos u otras partes del cuerpo en lugares donde usted no las pondría ni bajo amenaza. Es decir, que a menos tráfico de gente en ese baño, en mejores condiciones se mantiene para cuando alguien que de verdad lo necesita hace uso de él. Pero sobre todo, usted no debería utilizar el baño para discapacitados si no es discapacitado, por respeto.

Ahora bien, si su problema fundamental es comprender el significado de la palabra respeto, yo le doy una pista infalible: el baño grande, el que tiene en la puerta el muñequito blanco en silla de ruedas sobre fondo azul, es para discapacitados FISICOS. Para discapacitados SOCIALES, imbéciles y caraduras, son todos los demás.