Te parí, te amamanté y luego jugamos.

Te canté, te bañé, te di biberón y papilla de seis cereales y frutas. Elegí muñecos blandos para ti. Te busqué guardería. Te disfracé de demonio, de chino, de payaso, de conejo, de león, de margarita y de Axl Rose. Decidí que un cursillo de natación te gustaría. Nos fuimos de vacaciones. Supe encontrarte un cole donde enseñaran inglés desde párvulos y la comida fuera de mercado. Te compré una cartera. Te acompañé cada mañana y accedí a cuidar el hamster de la clase cada vez que fue necesario. Te enseñé a patinar, te llevé a que practicaras taekwondo y te puse el kimono blanco reglamentario. Dibujamos y completamos álbumes de cromos de Son Goku y de las Tortugas Ninja. Disfrutamos en el parque cada tarde que tuvimos libre y, si te acuerdas, éramos los últimos en irnos.

Cada año, cuando llegaba el buen tiempo, pasábamos un día entero en el Tibidabo y nos subíamos a todas las atracciones.

Algún que otro domingo merendamos en el cementerio, junto a las lápidas más viejas, e hicimos justicia robando flores a los muertos recientes y repartiéndolas por las tumbas que ya nadie cuidaba.

También fuimos al cine y vimos a Batman, a Eduardo Manostijeras, a la Familia Adams, a los Rescatadores, al Rey León y a tantos más que ya no recuerdo. Comimos cucuruchos de helado en verano y castañas asadas en invierno.

Hicimos guerras de cosquillas. Te enseñé a nadar en diferentes playas (porque el cursillo en la piscina no fue suficiente). Organicé tus fiestas de cumpleaños. Miramos micromachines juntos durante horas, días y semanas hasta que juntamos el dinero para comprar uno. Hicimos deberes, pintamos el ciclo del agua, viajamos en tren, te conté las historias de Tutankamon Cuando era Pequeño y de La Familia de la Casa Plegable (historias que ningún otro niño ha oído todavía). Te regalé un plumier en forma de sarcófago y traté de responder a todas las preguntas que formulabas.

Te di un beso de buenas noches y te arropé cada vez que te fuiste a dormir hasta que cumpliste doce años.