Está en clase de sociales, pero Magalí pinta. No pinta un mapa, sino las esquinas del libro. Una margarita. Una rosa. Un pez.

Y canta. Por lo bajo.

El profesor no habla ahora. Está sentado en su mesa, repasando los erpas. Por encima flota un suave murmullo general y el goteo de una cisterna que nunca para. Los chicos están con las miradas sobre los cuadernos pero los rabitos de los ojos en todo lo demás.

De repente Juan, el maestro, llama. Con acento andaluz, de Granada.

—Magalí, por favor, ven —se oye. Y el murmullo también se eleva, pero muy poco.

La niña asoma la cabeza, mira al docente, hace una mueca. Piensa en su ejercicio aun en blanco. Suelta el lápiz de color rosa con disimulo, como quien esconde una prueba definitiva. Se pone en pie.

Sergio Márquez, el que una vez sufrió convulsiones y se abrió la cabeza con el canto de una silla, le dedica una sonrisita maliciosa. Mario Abad, el del padre camionero que regala almanaques de bolsillo con fotos de mujeres en bikini, le roba la goma. Pero luego se la devolverá y ella lo sabe.

Magalí camina despacio, llega hasta el profesor y se planta frente a la mesa. Éste, sin la menor intención de reprenderla le hace una seña para que se acerque más, para que se ponga a su lado. Parece que quiere decirle algo en voz baja.

La niña obedece. No sabe por qué, pero ya no tiene miedo de que le regañen por el ejercicio. El cuaderno se quedó allí, a salvo, en el otro extremo de la sala.

Desde donde está ahora, la clase es un mar de batas azules y de cabezas peinadas. El profesor tiene en la mano su expediente. Señala arriba, en las primeras líneas, y le pregunta:

—¿Por qué has dejado esto en blanco?

La voz de Juan es serena. Es una voz de profesor joven, inmigrante y nuevo.

Magalí siente que debe apresurarse. Quiere responder con una palabra o dos, a lo sumo tres, y dejar el asunto zanjado. Pero se le hace un tapón en la boca. Un tapón enorme. Un tapón de tiempo o de nada.

—Dime, Magalí, ¿por qué no lo has llenado? —vuelve a decir el profesor. La niña mira un instante las ventanas. Luce el sol. Es otoño. Dos metros más allá alguien susurra a un compañero «¿te sabes la cinco?».

—Es que no tengo —responde, sin más. Y se acuerda de todas las clases que ha vivido llenando formularios.

—No tienes, ¿qué?

Magalí va a decirlo. Un día pensó «la próxima vez lo digo», y está segura de que va a cumplir. Y lo hace.

—Padre.

Juan saca del cajón un bolígrafo bic con capuchón de elefante que hace un momento ha requisado a un alumno de la segunda fila. En teoría, todo parece fácil. A la práctica, no lo es.

—Bueno, pero aunque no tengas, podemos poner aquí el nombre, ¿no?

Magalí no dice nada, está pensando. Cursos atrás se lo inventaba: Luis, Guillermo, Pedro, Joaquín. Pero ahora le da vergüenza, y también le da rabia no atreverse a decir la verdad. En segundo o tercero con un nombre al azar y un «murió» ya estaba todo arreglado. Pero ahora está en quinto, ya no quiere. Le quema la mentira, la mentira de los grandes, y se ha propuesto ser valiente.

—No sé qué nombre.

Juan, el nuevo, el granadino, da las clases de dibujo, de música y de ciencias sociales. Tiene los ojos vivarachos, la cara chata, y una barba negra y escasa que está ahí como por pereza. Todavía no sabe que pronto esas tres, las suyas, van a ser las asignaturas favoritas de Magalí. Es cuestión de semanas. Cuestión de que se le ocurra coger la guitarra mientras los chicos dibujan. Cuestión de que se siente en los pupitres vacíos del fondo y desde allí toque y vigile.

—¿Murió tu padre, Magalí?

—No.

—¿Entonces?

La niña no titubea. Sólo se concede un segundo, tal vez dos. Cruza un pestañeo fugaz con Rosabel García, la que siempre saca nueves pero es un cero a la izquierda manejando el yo-yo. Ve cómo a Mario Abad se le cae la goma robada, su goma, y rueda hasta meterse debajo del asiento de Sergio Márquez. A Magalí, cada vez que mira a Sergio Márquez, le viene a la cabeza el momento en que creyó que iba a morir asfixiado y se le pone la piel de gallina.

—No sé. Nunca estuvo —dice al fin. Y lo dice como quien recita. Como quien camufla un crimen en un verso y lo llena de domingo para hacerlo santo. Y añade con firmeza—: Es verdad lo que digo, profesor, no me lo invento. No sé su nombre. Nunca lo vi.